Víctor Morales Lezcano | Viernes 11 de mayo de 2012
Esta primera semana de Mayo ha sido rica en cúmulos informativos y riada de acontecimientos relacionados con la guerra que Estados Unidos y sus aliados vienen manteniendo contra las tribus insurgentes de Afganistán. Coincidiendo con el primer aniversario de la “liquidación” de Osama Bin Laden en la localidad de Abbottabad, sita en territorio paquistaní, Barack Obama no ha podido hacer menos que recurrir al viaje sorpresa y a la visita fugaz a la base aérea de Estados Unidos situada en los alrededores de Kabul (Bugram).
No incidiremos aquí en la serie encadenada de “incidentes” perturbadores de la voluntad americana y talibán misma, de alcanzar en un futuro (¿próximo?) el avenimiento entre las partes todavía en estado de guerra. Añadiremos, en cambio, que todos estos incidentes han ido obstaculizando el entendimiento trilateral entre el maleable presidente Karzai (a través de su “Alto Consejo para la Paz”), la Casa Blanca (a través de Petraeus/ Panetta) y las Delegaciones del frente talibán comisionadas para allanar la ruta conducente a la paz en Afganistán; no del todo desvinculadas aquéllas de su retaguardia paquistaní.
Se trata, en suma, de pergeñar la retirada gradual del contingente militar estadounidense a partir de 2013, para culminarla un año más tarde; es decir, del escalonamiento de una retirada que presupone la capacidad suficiente de las fuerzas militares y de orden público afganas para repeler asaltos y emboscadas terroristas aislados que puedan llevar a cabo comandos insurgentes, que serían previsiblemente residuales después de 2014. Esta perspectiva causa inquietud manifiesta al gobierno en Kabul. No en vano ha puntualizado el coordinador del “Comité Parlamentario” para la seguridad interior de Afganistán, “que la visita de Obama (a la base de Bugram) revela que Estados Unidos permanecerá en la Región y no repetirá el error que cometió a raíz de haber acabado con el régimen comunista de Afganistán”. Proceso que se materializó entre el final de la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán en 1989 y el derrocamiento del gobierno afgano por parte de los muyahidines en 1992.
Sin embargo, ni la visita que realizó Obama, de seis horas de duración, ni alguna que otra puntualización verbal emitida para afirmar la victoria americana sobre Al-Qaeda y el terrorismo islámico, impidieron que la insurgencia talibán hiciera estallar “algunas bombas” en el centro de Kabul dos horas escasas después de “haber zarpado” el presidente de Estados Unidos. A propósito, hubo algunas víctimas mortales de resultas del atentado, todas afganas.
No tanto el Air base speech de Obama, sino las afirmaciones de John McLaughlin (ex-director de la CIA y supuesto numen de las actividades terroristas que amenazan Estados Unidos) no parecen ser las más adecuadas para coadyuvar a la candidatura demócrata en las elecciones presidenciales que se avecinan a zancadas ineludibles.
De otra parte, el “Centro de Lucha contra el Terrorismo”, que tiene su sede en la Academia militar de West Point, acaba de iniciar la desclasificación de documentos aprehendidos en la última residencia de Bin Laden en Abbottabad, antes de su “liquidación” hace de ello ahora poco más de un año. Habrá que esperar un tiempo prudencial hasta que los documentos desclasificados puedan ser consultados. Por la difusión que se ha hecho de algunos contenidos, Bin Laden sopesaba un cambio de estrategia bélica -encaminada preferentemente a la desaparición del presidente Obama y del general Petraeus-, calculando que la decapitación política y militar del contrincante americano abriría en su trayectoria un paréntesis, de aprovechable debilitamiento. Paréntesis muy favorable para la causa yihadí en los reductos de musulmanes dispersos que también seguían siendo fieles a La Base en la persona del lugarteniente de Bin Laden, Ayman al-Zawahiri.
No cabe la menor duda de que los documentos en vías de desclasificación en West Point, contienen apuntes, y hasta es posible que reflexiones, sobre la Primavera Árabe y su incidencia en el estado de guerra existente entre Estados Unidos y Al-Qaeda desde hace diez años. Y ello, en tanto en cuanto los levantamientos populares de Túnez y Egipto no poseyeron ab initio los visos de ser alimentados por el Islam radical, aunque no habría que descartar una posible conjetura de sello propio, por parte de Bin Laden: que, a la postre, el Islam (y no sólo el violento) sería el vencedor indiscutible de las revueltas de 2011. Cábalas que, si bien sopesadas, podrían llenar miles de cuartillas con planteamientos contra-fácticos, suficientes para rematar alguna que otra tesis doctoral, e incluso más de uno de esos best-seller destinados a ser literatura fugaz de los tiempos que corren. Lo que nadie, empero, logrará cambiar es el curso de los hechos que en esta guerra de América en Afganistán han sucedido -o no- hasta el momento.