Antonio Domínguez Rey | Sábado 12 de mayo de 2012
La remoción causada por las elecciones francesas a la presidencia del Estado se concentra poco a poco en algo ya conocido. La crisis no se resuelve mirando a la tasa de intereses cada vez más alta de los países endeudados. Se precisa un salto decisivo en la orientación europea sin detenerse obsesionados con el coste del coste de las cuentas que no cesan. El reto es reconvertir la deuda en palanca de impulso. El objetivo, encontrar una fórmula mágica que retorne productiva la amortización de intereses. Reduciendo los gastos de la deuda y orientando con estrategia estudiada el ahorro de las restricciones inevitables, los países ahora más problemáticos, como Portugal y Grecia, pero sobre todo Italia y España, estos por el volumen de su presupuesto en el cómputo europeo, podrían invertir en nuevas infraestructuras, empresas, la industria aérea, marina, terrestre, telemática, la sociedad de la comunicación, turismo, y conocimiento. Producir ahorrando y crear investigando, tal es la cuestión, para lo cual se impone reconducir, en varios aspectos, las sociedades minadas por el virus del consumismo sin aporte rentable de cosecha.
Todo esto requiere girar el timón del Banco central europeo y, con él, la bitácora y ruta del presupuesto general, unos cincuenta mil millones de euros previstos para reducir a la mitad la deuda de los países citados.
Y ahí entra Francia, o más bien, piden al nuevo presidente francés que entre accionando la palanca de la política social monetaria. Se convertiría, una vez más, en altavoz mediático del sur de Europa y Bruselas. Francia ha perdido la representación económica frente a Alemania. Quiso compartirla durante la legislatura que se cierra con Sarkozy y la expectativa que abrió Mitterrand hacia los Balcanes y el Mediterráneo, continuada, en parte, por Chirac. No pudo. Le queda aún el resquicio, siempre ambicionado, de representar la cultura europea en el mundo y de reconvertir la crisis y su fondo económico en una forma de cultura. Unir a la sabiduría social la magia del gurú mediático.
Es improbable que François Hollande y, con él, Francia se contente solo con esta imagen internacional que, sin duda, está gestionando. Las sociedades francesa e inglesa conocen los vericuetos de la política nacional e internacional. Es difícil darles consejos y, menos, lecciones. Los franceses han optado por una decisión socialista en un concierto monetario de políticos y Estados ahora mismo liberales o, cuando más, socialdemócratas. Tal es la tentación, reinventar la socialdemocracia con un tinte de socialismo libertario, pero no está el horno para experimentos. El peso de la burocracia y compromisos de Estado se imponen desde el principio y lastran la energía que requieren los eslóganes de las elecciones legislativas inmediatas. Mientras no se conozca la nueva composición del parlamento francés, desconoceremos el horizonte y alcance auténticos de la política presidencial. Sabemos que Francia quiere ser el contrapunto de Alemania en la imposición europea de reajustes. Y esto requiere contar con los países de la franja sur y algunos del norte de Europa. Estemos atentos al programa socialista de las próximas elecciones a la Asamblea Nacional.
De lo que no cabe duda es de la apuesta por la cultura y educación en un momento de incertidumbre económica y de cambios productivos importantes, ya históricos. Francia fue referente de estudios básicos y medios, de Bachillerato, en gran parte del mundo. Heredó el subsuelo de los jesuitas y lo lustró con el liberalismo de la Enciclopedia, titulada Diccionario Razonado de las Ciencias, Artes y Oficios, y el eco mundial de la Revolución de 1789. Tal es el trípode de la República, el método, la expresión y el trabajo bien hecho: pensamiento, lenguaje y técnica.
Uno de los errores de Nicolas Sarkozy fue el ataque y desprestigio de la intelectualidad francesa surgida en torno al revuelo de mayo de 1968. Se ganó la enemistad de buena parte de la burguesía y creadores comprometidos con la historia de Francia. Y no porque todos hubieran participado en los disturbios. Más bien, por el halo simbólico que adquirió como remoción de conciencias. Varias organizaciones intelectuales y académicas pidieron al presidente que surgiera de las urnas, el que fuera, que el latín retorne con fuerza a las aulas. Inglaterra y Alemania, países no latinos, lo mantienen. El Papa aboga por él a menudo y le recuerda a Europa su fondo latino. La petición francesa no responde solo al legado histórico que está, a través del cristianismo primero y de la Revolución francesa después, en la base de los Estados modernos, sino principalmente al hecho de que el latín es la levadura y espejo de la lengua francesa. El diccionario latino sintetizó el fondo conceptual de los vocablos griegos más representativos de la democracia y el logos, la comunidad y asamblea pública, a los que ha añadido otros nuevos, o derivados suyos, como Razón, Justicia, Libertad, Dignidad, Civilización, Derecho.
Si el latín pervive, la lengua francesa se mantiene. Sin el Latín, se titula una obra colectiva publicada estos días en Francia, el francés moriría de amnesia. Perdería el fondo de su memoria histórica.
Y con el francés, añadamos nosotros, las demás lenguas latinas, incluidos el español y portugués, heredero del gallego, con sus expansiones en Iberoamérica. Occidente vive un fenómeno sociolingüístico de relieve. Mientras Europa cede ante el “impacto” de la cultura anglosajona abandonando sus referencias históricas, jurídicas, filosóficas, religiosas y, en general, intelectuales, la vertiente americana del inglés absorbe las fuentes latinas, su vocabulario, mima a los pensadores desprestigiados por políticos o pseudointelectuales de renombre público, atrae y “compra” a cerebros jóvenes ya bien formados, reinventa el “creacionismo” y nos devuelve la onda filtrada de pragmatismo y urgencia económica de competencia salvaje. Las universidades de Harvard, Cambridge, Yale, de las más prestigiosas en el mundo, disputan hoy a Francia la compra de los manuscritos de Foucault, como hicieron ayer con los de Lévinas. Tuvo que intervenir Mitterrand personalmente para retener estos. La cultura aún es cuestión de Estado más allá de los Pirineos. Y Francia sabe que el mundo grecolatino de Europa pesa más que la herramienta alemana.
La economía europea tiembla, como su cerebro, cuando América del Norte reestructura capitales y focos de inversión orientándolos hacia América del sur, Méjico, Chile, Perú, Colombia, seguramente Argentina, Brasil, la India, Japón, China, Australia. Todo esto, en parte, porque políticos y economistas europeos piensan solo por reacciones inmediatas de frases y gestos cortos. Confunden la síncopa mental del lenguaje instrumentalizado con el algoritmo, sin conocer la proyección, el “oficio”, la estrategia que hay dentro de una fórmula matemática y gramatical. El dominio de la tecnociencia es también asunto de tecnolingüística.
El latín sigue avanzando con la romanización del inglés, pero se venga de quienes, usándolo, lo ignoran en Europa y se desprestigian creyendo que reinventan y salvan el mundo. En realidad, borran de sus mentes el flujo que las potencia. Estados Unidos ha iniciado hace más de una década una política lingüística que aproveche y controle la expansión hispánica de su territorio. Dominando la imagen internacional del español unirá al fondo latino de su vocabulario una de las potencias creativas de la historia.
Y España, de perfil en el puerto de Europa, viendo alejarse las velas que surcaban, otrora, el Atlántico. Y sin subirse, a gusto, en el tren de alta velocidad europea.
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