Cultura

Un lugar donde quedarse: Sean Penn a ritmo de Sorrentino y Talking Heads

crítica de cine

Domingo 13 de mayo de 2012
Sean Penn y Paolo Sorrentino se conocieron en 2008 en Cannes y de aquel encuentro surgieron las bases para esta, en principio, sorprendente colaboración. Ese año, el director napolitano se presentaba al prestigioso festival con su cuarto largometraje, titulado Il Divo, y el presidente del jurado, que otorgó su Premio Especial a la cinta biográfica basada en la vida de Giulio Andreotti, no era otro que Sean Penn. Ambos cuentan que, a partir de entonces, se hicieron amigos y ahora demuestran con “Un lugar donde quedarse” que su unión, además de a ellos mismos, puede hacer feliz a algunos otros cinéfilos a través de una historia más o menos sencilla, aunque cargada de complejos sentimientos y protagonizada por un irreconocible Sean Penn que, siempre genial, sabe jugar a la perfección con la ternura que inunda al personaje alumbrado por el director italiano.

Se trata de un personaje tan peculiar por dentro como lo es su apariencia exterior. Anclado en la adolescencia, han pasado ya dos décadas desde su éxito como Cheyenne – su nombre artístico – y ahora no se atreve a empuñar una guitarra. Vive en un castillo en Dublín rodeado de lujos y acompañado por su mujer, una bombero de nombre Jane a quien interpreta la eficaz Frances McDormand, que le quiere de verdad a pesar de todas sus extravagancias. Cheyenne pasa los días medio deprimido, vagando por la ciudad con otra chica de look gótico que, como él, parece encontrarse muy lejos de los demás. Visita también de forma regular las tumbas de dos jóvenes fans que se suicidaron, “entregados” por completo a las deprimentes letras de las canciones que componía y cantaba Cheyenne en sus buenos tiempos y, en definitiva, se aburre profundamente y continúa huyendo de si mismo, escondido detrás de su exagerado maquillaje, su encrespado peinado y sus negros modelitos.

Hasta que el guión escrito por el propio Sorrentino, junto a Umberto Contarello, trae una excusa al personaje para que salga de la monotonía y de sí mismo. El anuncio de que su padre, un judío afincado en Nueva York con quien no se había hablado en los últimos treinta años, ha fallecido le lleva, inexplicablemente, a salir de su acomodada y vacía existencia para viajar a Estados Unidos y asistir al funeral de ese desconocido que era, en realidad, su padre. Y es precisamente después de su fallecimiento cuando Cheyenne empieza a conocer más cosas sobre él, sobre todo en lo que se refiere a su pasado en un campo de concentración y a la búsqueda que durante toda su vida llevó a cabo para encontrar al nazi que le vejó, con la idea fija de vengarse de él.

Los diarios escritos por su padre le conducen a continuar la persecución y con la ayuda de un buscador de nazis “profesional”, la ex estrella glam-punk que interpreta Sean Penn se convierte, de repente, en un detective que consigue en unos pocos días lo que su padre no consiguió durante años: acercarse a la familia del nazi y, a través de ellos, intentar llegar a su escondite. Sí, el guión aquí puede parecer que se ha vuelto loco, o quizás, sólo presuntuoso, pero lo cierto es que lo importante no es tanto lo que ocurre, sino la forma que tiene el protagonista de acercarse a aquellos que, en definitiva, son sólo otros seres humanos tan perdidos como él y las decisiones que va tomando al respecto. Y la ternura de este personaje, que muchos han comparado ya con el Eduardo Manostijeras de Johnny Deep, marca sus relaciones hasta que consigue que le veamos sin su máscara porque ya no la necesita para volver a casa.

En los últimos premios Donatello – los más prestigiosos del cine italiano - la película, cuyo título es el de una canción de Talking Heads “This must be the place”, se llevó los galardones correspondientes al Mejor Guión, Dirección de Fotografía, Maquillaje (por supuesto), Peluquería, Canción Original y Música. Este último para el escocés David Byrne, miembro fundador y compositor de Talking Heads, que además interviene en el filme interpretándose a sí mismo y precisamente en una de las escenas más conseguidas, aquella en la que, por fin, el protagonista confiesa todos los demonios que le están consumiendo por dentro.

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