CRÍTICA
Domingo 13 de mayo de 2012
Peter L. Bergen: Manhunt. The Ten-Year Search for Bin Laden-from 9/11 to Abbotabad. Crown Publishers. New York, 2012. 362 pages. 11,77 €
No por casualidad el último libro de Peter L. Bergen ha aparecido en el mercado americano coincidiendo con el primer aniversario del raid de Fuerzas Especiales americanas que acabó con la vida del notorio terrorista Osama Bin Laden. Bergen, conocido periodista inglés activo en los Estados Unidos desde hace ya tiempo y especializado en cuestiones relativas a seguridad, espionaje y terrorismo –de los que regularmente informa en la CNN- ofrece ahora un relato pormenorizado del final del fundador y dirigente de Al Qaida en la ciudad pakistaní de Abbotabad. El libro sitúa la acción en el contexto más amplio de las andanzas de Bin Laden desde que comenzara su lucha contra los invasores soviéticos en Afganistán en los años ochenta y las consiguientes fechorías, culminadas el 11 de Septiembre de 2001 con los ataques en Nueva York y Washington contra las Torres Gemelas y contra el Pentágono. La narración es fluida, el estilo correcto y directo, la lectura fácil y a ratos apasionante. La historia, en efecto, contiene los elementos de la mejor novela de espías que imaginar se pueda.
Para la construcción del texto Bergen ha contado indudablemente con el beneplácito y colaboración de los más altos estamentos de la Administración americana, que, a través de multitud de entrevistas y no menos certificados documentales, le han proporcionado un material imprescindible para dotar de fiabilidad y contundencia al relato. Desde ese punto de vista, Manhunt es, en algún sentido, la versión oficial de los hechos, tal y como los ha interpretado la Administración Obama. Sigue en ello Bergen una conocida línea de publicaciones debidas a periodistas –el más conocido de los cuales es Bob Woodward, indisolublemente ligado a la saga del Watergate- que se apoyan en la confianza que despiertan en medios oficiales para contar con informaciones y revelaciones sólo explicables en el ámbito de la intimidad. El beneficio es mutuo y obvio: el autor puede construir una narración que cuenta con el morbo de haber sido inspirada por fuentes habitualmente discretas mientras que la Administración consigue cristalizar la versión oficial de los hechos. El libro de Bergen se sitúa indudablemente en esa escuela y tiene de ella sus ventajas y sus inconvenientes. Cabe dejar constancia al menos de que está notablemente mejor escrito que los de Woodward: su arquitectura es la de una decente novela de espionaje y acción.
Pero las mismas fuentes oficiales que con tanta generosidad han confiado sus impresiones a Bergen, han limitado también la confesión de lo realmente confidencial, de manera que el libro, aun sin perder interés, es una correcta puesta en perspectiva de lo que el lector normalmente bien informado ya sabía por las informaciones diarias de los medios de comunicación. Es este un texto que seguramente ha sido examinado con lupa por las agencias americanas de seguridad, y en particular por la CIA, para evitar que de su lectura se pudieran derivar riesgos para agentes y fuentes de información. Con lo cual, en esta versión “canónica” de los hechos se observan espacio vacíos de contenido. Por ejemplo, el detalle de las vicisitudes y correspondientes ayudas por las que Bin Laden atraviesa desde que las tropas americanas acaban con el régimen afgano de los talibanes a finales de 2002 hasta que en 2005 se establece en Pakistán, a pocos kilómetros de la capital, Islamabad, y en una residencia situada a menos de dos kilómetros de distancia de la Academia Militar pakistaní. Por ejemplo, tema este que no es ni siquiera abordado en las páginas del libro, el grado de conocimiento que los servicios de inteligencia pakistaníes pudieran haber tenido de la presencia de Bin Laden en su territorio.
Manhunt tiene, como cabía esperar, un villano, Bin Laden, y un héroe, Barack Obama. En el complicado proceso decisorio que lleva a la muerte del terrorista –relatado con vigor no exento de matiz-, el presidente americano aparece como el individuo racional y metódico que con frialdad sabe analizar los pros y los contras de sus acciones y que, en el momento de la verdad, en el que no le falta una capacidad visionaria, apuesta y acierta en la determinación con que se lleva a cabo la arriesgada maniobra. Sus virtudes quedan tanto mejor subrayadas cuanto evidentes son las carencias de sus próximos colaboradores: vacilante Hillary Clinton, atemorizados el vicepresidente Biden y el secretario de Defensa Gates, simplemente silenciosos todos los demás. En una descripción global en la que, además, el presidente americano aparece descrito como cualquier cosa menos como un ingenuo pacifista. Desde sus palabras en Oslo en la ceremonia de aceptación del Premio Nobel de la Paz hasta la utilización masiva de los aviones no tripulados para exterminar a terroristas en varios lugares del mundo, Obama es percibido como un político al que nadie le puede acusar de ser tibio en ordenar el uso de la fuerza. No cabe deducir de ello que Bergen haya escrito un libro al servicio de los intereses electorales de Obama, pero tampoco cabe olvidar que 2012 es precisamente año electoral y que los republicanos tienen en su recámara la acusación de que el presidente es soft en temas de seguridad.
Con intencionalidad o sin ella por parte del autor, todo ello casa perfectamente con la amplia, y por otra parte, lógica y hasta cierto punto justificada, cobertura oficial y mediática que tuvo la muerte del barbudo jeque. Tanta que incluso se llegó a traspasar la frontera de lo que los servicios de inteligencia imponen sobre la información de tales acontecimientos precisamente para evitar comprometer procedimientos y fuentes. No era la primera vez y seguramente no será la última en que la Casa Blanca de Obama recibe las mismas acusaciones: hace pocos días la CIA ha manifestado su queja por las abundantes informaciones aparecidas en los medios sobre agentes dobles que habían permitido el descubrimiento de atentados planificados por Al Qaida contra aviones de compañía americanas y occidentales. ¿Quién filtra? La pregunta debe ser respondida con otra: ¿a quién beneficia? No hace falta dar muchas vueltas para saberlo.
Mucho interés tiene la minuciosa descripción del Bin Laden encerrado en su refugio pakistaní, que Bergen pudo observar directamente antes de que fuera destruido por las autoridades pakistaníes, y que resulta ser un destartalado y sucio espacio donde conviven decenas de personas de variada edad y condición, entra las cuales se incluyen tres mujeres de Bin Laden y decenas de sus hijos. Hay algo de anticlimático en esa historia del que fuera temido aniquilador de inocentes convertido en una sombra encerrada en su laberinto de incomunicación e impotencia. Pero eso no se supo hasta que fue hallado y muerto y, mientras tanto, en la “psique” colectiva americana, quedaba una frustración y una tarea pendiente: encontrar a Bin Laden. Cuando lo encontraron, y admiración produce la capacidad tecnológica y el entrenamiento humano que condujeron a ello, resultó, que, como el viejo del cuento, el personaje apenas tenía camisa. Eso si, le quedaban unos cuantos ordenadores y sus correspondientes discos duros. ¿Nos contará alguna vez Peter L. Bergen lo que contenían?
Por Javier Rupérez