Andrea Donofrio | Domingo 13 de mayo de 2012
Las últimas elecciones administrativas italianas han claramente confirmado dos elementos: si por un lado resulta manifiesta la profunda crisis de la alianza de centro-derecha y el ocaso del berlusconismo, por otro lado no puede infravalorarse la avanzada de los partidos y movimientos antipolíticos. El resultado de las administrativas confirma la existencia de una fragmentación en la oferta política nacional y la posible incertidumbre en el futuro político del país en 2013. Aunque no puede considerarse como una consulta nacional, la presencia de nueve millones de electores ha representado un termómetro de la actualidad política nacional, una buena ocasión para medir el pulso de un país que sale de una larga etapa berlusconiana y, en la actualidad, gobernado por un Gobierno técnico.
El resultado demuestra la avanzada de la llamada “antipolítica”, aunque quizas sería más oportuno tacharla de “demanda de otra política”, ambición a contar con una oferta nueva, diferente a la tradicional clase dirigente nacional. Al igual que en otros muchos países, los italianos nutren una profunda desconfianza respecto a los partidos tradicionales y parecen dispuestos a caer en tentaciones “anti-sistema”, de rebeldía ciudadana. Se evidencia una constante desafección a la democracia representativa y al sistema electoral (el porcellum, en palabras del propio promotor de la Ley), una inquietante tendencia al abstencionismo –con la novedad que, por primera vez, ha se ha votado más en el Sur que en el Norte de la bota.
Las elecciones confirman la profunda crisis del Pueblo de la Libertad (PdL) tanto que algunos analistas políticos italianos hablan de “eclipsis final del berlusconismo”. Aunque pueda resultar aventurado augurar el final político de Berlusconi y el archivamiento de su experiencia, los resultados resultan demoledores. El partido del cavaliere pierde votos, alcaldías y poder, tanto en Palermo como en L’Aquila, ciudad donde, tras el terrible terremoto, Berlusconi había trasladado su sede propagandística. En media, a nivel nacional, el partido ha perdido un 12% de votos. ¿Tan efímera ha sido la gloria? Puede. Resulta claro que terminada la aventura de Gobierno, el potencial político del ex Presidente parece agotarse. La ausencia de Berlusconi en estos días –en Moscú a la coronación de Putin- más que un síntoma representa un claro señal, más simbólica que física. Asimismo este resultado negativo invita a dos reflexiones: por un lado a especular acerca de la inconsistencia de Alfano, de la falta de carisma y liderazgo ante un partido cada vez más fragmentado, de capacidad de atraer a los electores por parte del delfín designado por Silvio; y por otro lado, la ex coalición de Gobierno puede que resulte rota irremediablemente, confirmando su carácter anómalo en el panorama mundial de las fuerzas de derecha, la idea de que representaba una unidad basada en intereses comunes sin valores compartidos, cálculo más que convencimiento.
Pero, la izquierda italiana tampoco puede cantar victoria. Es cierto que obtiene un resultado positivo, más que aceptable, pero sus progresos no parecen suficientes para postularse como fuerza-guía del país. Su capacidad de gobernar sigue representando una incógnita, mientras parece evidente la necesidad de que aclare su proyecto político, su liderazgo y su programa. No genera tranquilidad saber que quien podrá gobernar en futuro, en realidad cuenta apenas con el 25% de los votos y que, por lo tanto, deberá pactar en la esperanza de construir una creíble equipo de Gobierno.
Tampoco se puede minimizar el notable aumento del abstencionismo, ya que votaron 7 puntos porcentuales menos que hace 5 años. Asimismo, merece la pena destacar la desaparición de los partidos de centro, el hundimiento del centro moderado y el sorprendente resultado del Movimiento 5 Estrellas de Peppe Grillo, que obscurece la derrota del PdL, pero merece una atenta reflexión.
Aunque el voto estaba limitado a 942 municipios y un nueve millones y medios de electores (un 20% del total), los resultados de estas elecciones preocupan en perspectiva futura, en términos de gobernabilidad. El voto muestra una situación de difícil porvenir, augurando graves obstáculos no sólo para el futuro, sino para el proseguir de esta legislatura del Gobierno técnico de Monti. Se ha tratado de un voto que ha puesto de manifiesto el deseo de “castigar” a los partidos tradicionales y el deseo de renovarse. Hará falta una renovación profunda.
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