Pedro J. Cáceres | Domingo 13 de mayo de 2012
Estamos con lo puesto. Ni una muda. Ni mercadillo en que adquirirla. Ni espejos en quien mirarse, ni voces que nos guíen.
Chenel significó un revulsivo en una España de cambios sociales y estructurales que ha reflejado con precisión Javier Manzano en su magnífico libro “Antoñete, la tauromaquia de la movida” con prólogo de Jaime Urrutia (Gabinete Caligari), estandarte del movimiento TG (Tierno Galván) nada que ver con este 15M de tufo cutre.
Manzano pone negro sobre blanco la Tauromaquia del Maestro y se complementa con otro volumen presentado estos días por otro clásico de la literatura moderna, Javier Villán (Tauromaquias: lenguaje, liturgia y toreros) que es un compendio filosófico de unos principios taurómacos en vía de extinción.
Ambos son libros de cabecera, ahora más necesarios que nunca, para asimilar la caída en vacío de un arte de torear actual desnudo de esencias esenciales.
Es el 1º San Isidro sin el “mechón” y el paso del tiempo no produce cura de olvido sino que, por estas fechas, cada vez se le extraña más.
Por ello me produce una mayor sensación de impotencia que las dos primeras corridas de esta feria 2012 que venían blasonadas de éxitos recientes “no sirvieran” (El Cortijillo, junio de 2010 y Montalvo, agosto de 2011) y lo poquito que queda rescatable en el escalafón, con valores clásicos, se estrellaran contra un muro. Apuntalado, además, por el desgaste que supone haber pasado por esta plaza decenas de veces como único reducto que hace recelar al aficionado y medirlos por años de servicio produciendo un corto circuito de transigencia y puesta en valor: acaba de suceder con Abellán, Leandro y Uceda con actuaciones muy por encima de lo que les tocó en desgracia.
Abellán es el casticismo de inspiración Chenel y el respeto por el vestido de luces. Hace años sin la erosión de tantas comparecencias venteñas su hacer en chiqueros con el 4º hubiera sido estimado en su valor real y no relativo.
Uceda es el clasicismo y la compostura. Sus tres naturales (robados) de muleta tersa, “planchá”, y el abrochar puro a la hombrera contraria hubieran provocado palabras de admiración en el Maestro desde su púlpito de Canal +. Seguro estoy hubiera apostillado “en mi época esa estocada no se queda en ovación con saludos”.
Hubiera ponderado el “medio pecho” de Leandro y escrutaría si el concepto de David Mora es caudal de fuente “antoñetista”, elogiar su forma de manejar el capote a la verónica e incluso verse reflejado en las “medias” de cierre.
Se que no es suficiente y que estos flecos son flequillos en azabache, castaño o rubio, que no mutan en mechó albino. Pero la nostalgia es el agujero que se hace trinchera en tiempos difíciles.
Buenos toreros (Leandro demostró que lo es, que balbucea el buen toreo cuando el toro no se lo deja decir) que una vez al año se juegan a una carta, marcada por la general mansedumbre y el tipo de toro de Madrid, el futuro… de un año y a esperar que no haya nadie para los siguientes volver a empezar.
Al menos los madrileños tendrán otra oportunidad.
David Mora (felizmente para todos) se encuentra en esa fase de ilusionar por su gran hacer, paradigma del clasicismo, y su condición de novedad o al menos emergente; alternativa seria a ser figura, está en plazo.
Lo mismo para otros “más nuevos” (ya con vicos de toreo moderno) que acuden a confirmar en busca de “El Dorado” tras una alternativa más o menos exitosa y cantada que les lleva, generalmente, a una travesía del desierto para llegar por primera vez a Las Ventas sin más aval que unos triunfos esporádicos veraniegos, tras el esfuerzo puntual al que obliga la necesidad, u orejas de cariño paisano; de aquí y del otro lado del charco. Tiran la moneda, si es cara, a disfrutar el minuto o las horas de gloria, si es cruz a hacer cola en lista de espera para otro año.
Y en el horizonte hay nadie, o casi. El que más “flor de un día”. No ha lugar a la opción “cantera”.
No ocurre lo mismo con el Arte del Toreo a Caballo.
El sábado los tres aspirantes a completar podio con Pablo y Diego dieron toda una lección de raza, coraje y pundonor, rivalizaron como si fuera una promoción de ascenso y con una corrida complicada expusieron, torearon, exhibieron una doma perfecta y un trabajo impecable para presentar unas cuadras de caballos con belleza, expresión y torería.
Cartagena y Sergio Galán abrieron la Puerta Grande, pero méritos hizo Leonardo para acompañarles y conseguir una foto que hubiera hecho historia.
Llenaron la plaza y demostraron que los tres aseguran que las corridas de rejones tiene futuro por delante: porque hacen taquilla, luego dan el espectáculo por el que se ha pagado y provocan que ese personal esté ávido de volver a verlos y aprender, en dos sesiones, el camino del ventanuco que reza “venta de boletos”.
Nunca una feria, en su factor ambiente, tan solo -que la plaza el día que menos ha tenido cerca de 20.000 espectadores- se resintió tanto de la ausencia de una, tan solo una, gran figura como El Juli (Ponce está en la “reserva” y José Tomás rumiando el momento acorde con su responsabilidad).
Y se reproducen los reproches a la Empresa de Madrid, con extensiones a Valencia y Sevilla, por su no contratación, según se suceden sus, por otra parte previsibles, éxitos rotundos (en el ruedo, la taquilla es su asignatura pendiente). En Jerez volvió loco al personal y se entretuvo en cortar cuatro orejas y un rabo.
Al hilo de estos lamentos con dedo acusador y en el primer San Isidro sin el “mechón” no tengo por menos que recordar una anécdota de su compañero de fatigas en la etapa de “jubiletas” y al que igualmente se le añora (su personalidad, su tauromaquia y su bonhomía): Manolo Vázquez.
Me contó que un día, cuajando un toro en La Maestranza el del clarinete (o algo así) se puso estupendo e interpretó, acompañando la labor del Maestro, “un solo”, brillantísimo y sonoro que provocó el murmullo desembocando en ovación del público.
Dijo Manolo Vázquez: “yo me percaté de la situación, paré la serie, le miré, dejé que acabara, recogiera la ovación y luego proseguí.
Cada cual cumplió con su obligación, yo torear hasta triunfar, el hombre tocar muy bien y el público ovacionar en su momento al músico y luego a mí. Cada uno a lo suyo. Como debe ser”.
Pues eso, El Juli a seguir triunfando como máxima figura que es, las empresas asimilando y tomando nota, y el aficionado y la prensa de notarios. Pero cada uno a lo suyo, aquí no hay buenos o malos, hay circunstancias y “más sabe el tonto en su casa que el cuerdo, listillo, en la ajena”
Los libros de Manzano y Villán son la mejor terapia para tardes como las transcurridas y ver la botella medio vacía, pero con un “culín” al que, al menos, dar un sorbo.
Y aunque fuere mentira piadosa, en cualquier detalle se nos aparezca, más nítido o menos, Chenel.
1º San Isidro sin el “mechón”. Es duro, pero así es la vida.
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