Opinión

Aeropuerto de Miami: Apoteosis del caos y la ineficiencia

José Eugenio Soriano García | Miércoles 16 de mayo de 2012
Acostumbrados estamos a admirar, en general y un tanto acríticamente, todo lo que viene de los Estados Unidos de Norteamérica. Un gran país, sin género de dudas, en tecnología, desde luego, pero también en sociedad, en libertades. No en vano pueden presumir de llevar desde 1787 con la misma Constitución, inalterada y solo completada por las Enmiendas y que nunca jamás sufrió un golpe de Estado. Ningún intento de derrocar por vías antidemocráticas el Gobierno, y, siempre y en todo caso constituyendo la apoteosis de la Democracia.

Ello da lugar, se cree, a una sociedad con una Administración al servicio del ciudadano y por ende eficiente. Si así no fuera, si la eficacia administrativa quedara en entredicho, procedería por pura lógica del proceso político, acabar con las deficiencias, incompetencias, ineptitudes, mediante una crítica sostenida por una buena técnica jurídica que, también se supone, pronto acabaría con los estorbos para hacer de la vida ciudadana una continua actuación feliz y apoyada por el poder gubernamental y sus apéndices burocráticas.

A decir verdad, mirado de cerca, la Administración norteamericana, en sentido estricto, no parece haberse tomado su papel como lo teoriza el modelo continental europeo, esto es, respeto muy estricto a los derechos fundamentales, apoyo continuado a la satisfacción del usuario, calidad de las resoluciones administrativas (siempre me refiero a la función pública, no a la que hoy, lamentablemente, tenemos como empleo público que por el contrario hay que reconocer que es pésima en todos los lugares donde el contrato de trabajo ha sustituido a la selección transparente y competitiva que era la típica de la función pública, siguiendo el modelo de Max Weber).

En efecto, quien haya pasado un tiempo en Estados Unidos, se queda asombrado de las inmensas colas, por ejemplo, para sacarse el pasaporte por los propios ciudadanos norteamericanos, o la falta de sensibilidad jurídica para con los derechos de los inmigrantes, dicho esto por poner dos ejemplos traídos al azar.

Y en esas reflexiones me hallo tras sufrir las intemperancias de los burócratas del aeropuerto de Miami que en mi experiencia es, de lejos, el peor de los muchos que he debido cruzar en mi vida profesional.

Por de pronto, aunque se trate de un simple tránsito, te obligan a pasar la cola de inmigración como si fueras a quedarte. Y la cola es ya en sí, un primer síntoma, diríamos en broma, casi soviético. No es propio de un país avanzado tener a miles de pasajeros aguardando con la paciencia al límite ante unos pocos mostradores. Lo primero que se nos ocurre es que no se entiende bien que los pasajeros en tránsito, que ya están perfectamente controlados e inclusive que pueden serlo mucho más en recintos apropiados para ello como ocurre en todos los aeropuertos de países civilizados, digo, que tengan que pasar ese estúpido control. Si hay que controlar y fiscalizar por razones de seguridad, distíngase al pasajero en tránsito del que viene al lugar y adóptese las medidas oportunas. Pero mezclaros a unos con otros, es un síntoma de desorganización, que denota, efectivamente, una completa desorganización.

Y la segunda llamada de atención es que si hay miles y miles de viajeros, pues contrátense o selecciónense a más agentes. Como en una tubería, ocurre que si se llena de agua, hay que aumentar el diámetro. Aquí, tener más mostradores abiertos y no apenas unos pocos que lo único que hacen es generar colas inmensas.

Recuerdo haber visto a pasajeros en silla de ruedas haciendo igualmente la cola enorme, con un calor asfixiante, en una situación pues de claro desprecio a sus derechos, a su situación, en fin, a lo que debería ser un trato apropiado a un viajero.

Pero luego, hay que denunciar el carácter casi fascista de muchos de los oficiales de inmigración que efectúan el control de pasaportes. Su desprecio, mal trato, omnipotencia, abuso, son enormes y evidentes. Puede que haya algún oficial, normalmente de origen latino, más comprensivo, educado y cordial. Pero lo que se puede observar es un trato deficiente desde la perspectiva de la educación, el buen trato y la finalidad de la actuación administrativa, que para nada exige malos tonos y amenazas, como por ejemplo, advertir a voz en grito que disponen de un cuarto para tratar “casos difíciles”. El trato es pues humillante y propio de una república bananera.

Pero no acaban ahí las cosas. Luego hay que pasar la aduana también, lo cual no se entiende en absoluto si tu maleta está ya facturada en origen a tu aeropuerto de destino final. Pero no. Te la bajan. Y tras tener que pasar un primer control aduanero de identificación, tienes que buscar en un muelle inmenso tu valija. Y luego, volver a pasar la cola de la propia aduna, que puede llevar de media hora a hora y media.

Total. Que perder un avión, ahí, en esa estúpida desorganización, es algo frecuente. Tanto que, como a mí mismo me ocurrió, comprobé que la mitad del avión en que viajábamos con destino a España estaba, como yo, reclamando a una compañía que nos alojara, alimentara y transportara durante el día en que, forzosamente, nos teníamos que quedar en Miami por la incompetencia absurda de los burócratas del aeropuerto.

En consecuencia, tanto el viajero como la compañía son netos perdedores de esta anómala desorganización. El pasajero perdiendo sus aviones y las compañías pagando la estancia forzosa.

Todo por una muy mala Administración. A ver si se enteran y de una vez aprenden un poco de organización administrativa.
Por cierto, la compañía aérea que me trasladó, acaba de presentar suspensión de pagos ante el Tribunal de Quiebras. Y entre múltiples argumentos para esta situación, podría añadirse, desde luego, lo que le cuestan los pasajeros por la enorme estulticia de los burócratas de la Administración estadounidense.