Opinión

Carlos Fuentes y el 5 de mayo de 1862

Marcos Marín Amezcua | Jueves 17 de mayo de 2012
Ha muerto el 15 de mayo de 2012 el multipremiado y multirreconocido Carlos Fuentes, hispanista de cepa, escritor universal. Triste resulta hacer la breve esquela de este mexicano de pensamiento lúcido que todos leímos en nuestra juventud, quien falleció diez días después de su última aparición pública conduciendo desde Puebla de los Ángeles un programa especial de televisión, en que narraba el sesquicentenario de la batalla del 5 de mayo de 1862, ganada al ejército francés. Fue un hombre cosmopolita, que se movía con soltura entre las culturas europeas y mexicana y que deja un profundo hueco en las letras en español, yéndose sin el nobel pero a cambio, nutriendo en cada entrevista nuestro pensamiento, con su palabra ágil y sus ideas preclaras. ¿De qué se trató ese sesquicentenario que alcanzó a vivir y ha relatarnos?

“Las armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria…”. Así iniciaba el raudo telegrama que envío el General Ignacio Zaragoza al presidente de la república, Benito Juárez, dándole parte del resultado de aquella tarde borrascosa del glorioso 5 de mayo de 1862, cuando a la vera de los fuertes de Loreto y Guadalupe en las proximidades de la ciudad de Puebla de los Ángeles, el ejército mexicano compuesto de valientes –más portadores de arrojo que provistos con calzado y armas– derrotó al otrora soberbio e invicto ejército francés de Napoleón III, el más poderoso del mundo, que venía de ganar en Crimea, Italia y Austria, Marruecos y Senegal, China y la Cochinchina.

Ocasión propicia para celebrarlo apelando a la memoria histórica, la derrota francesa fue contundente y ha sobrevivido a los siglos, para ser recordada por todo lo alto por el gobierno de México el pasado 5 de mayo de 2012, en su aniversario redondo. Es significativa, pues sin ser el día nacional de México, en muchas partes así se la considera incluso, y Carlos Fuentes pudo rememorarla.

La victoria del 5 de mayo no decidió una guerra, es solo parte de un episodio tremendo denominado “La Invasión Francesa y el Segundo Imperio Mexicano (1861-1867)” que alguien mucho después calificara como “el Vietnam del siglo XIX”. Contra los ejércitos del emperador francés en el marco de su política expansionista, supuso la demostración de un pueblo a defender su libertad, imponiendo una derrota bochornosa para el engreído y petulante general Lorencez y a su desprecio por “los indios mexicanos” y fue una derrota que tuvo repercusiones mundiales y levantó el ánimo de un país que de la nada, estaba siendo invadido para instaurar en él un protectorado que sirviera a muchos intereses, menos a los de los mexicanos. En las cercanías de la Angelópolis se decidió en mucho, el futuro de la libertad de América toda.

México, país rico pero arruinado por tantas contiendas internas y externas, afrontó el reclamo tripartita de Gran Bretaña, España y Francia para no suspender el pago de su deuda. Ya con sus flotas en Veracruz, Gran Bretaña y España aceptaron la realidad y se retiraron mediante las satisfacciones juaristas. Cabe el homenaje merecido al general Juan Prim (uno de los políticos más destacados de la segunda mitad del siglo XIX español) por su entereza y su solidaridad con México. Francia, apeada al pretexto del cobro de dineros, prosiguió su invasión ahora abierta, hacia México, un país libre y soberano. Pero se topó con Juárez, el indio oaxaqueño que enarboló la bandera nacional defendiendo a México con su idea de país que le pertenecía solo a su gente, consiguiendo preservar su existencia y dejando en claro a todos que América no sería más el botín de advenedizos. Ello engrandece a Juárez. México salió airoso defendiendo su soberanía y su lugar en el mundo, que nadie le regaló. Tuvo que pelear por él y en episodios como los del 5 de mayo sacó la casta para hacerlo, uniéndonos así con el 2 de mayo matritense.

La invasión francesa acarreó la instauración de la monarquía en México, trayendo al archiduque Maximiliano de Austria, descendiente de Carlos V, a reinar como emperador junto con su esposa Carlota de Bélgica, ambos de triste memoria (él fusilado en 1867, ella loca, sobreviviéndole sesenta años), que conformaron una tragedia innecesaria, si los conservadores mexicanos alcahuetes hubieran acatado las reglas que impusieron los liberales al ganar la guerra civil y si no hubieran violentado la voluntad mayoritaria del pueblo de México. Mas su madre escribió al emperador “un Habsburgo jamás abdica”.

Los intentos monarquistas en México se eclipsaron después, aunque aún hoy exista una página de nuestra casa imperial (www.casaimperial.org) –más pintoresca y folklorista que nada– que en opinión del finado estudioso español Juan Balansó, nunca perdió su rango de imperial, igual que la de Bonaparte, no obstante que nuestras leyes vigentes desconocen sus efectos o pretensiones. Como sea, es innegable que los mexicanos nos ganamos el título de “matarreyes” . No es para menos: fusilamos a nuestros dos emperadores, Agustín I y Maximiliano I. Peor carta de presentación ante los monárquicos no podemos tener. Solo puedo esbozar una sencilla explicación en tono jocoserio: es que somos muy temperamentales. Para Fuentes el episodio fue rotundo.

Más allá de esta efemérides, el 5 de mayo tiene una peculiar trascendencia que nos desorienta a los mexicanos al confundírsele con la fiesta nacional, el 16 de septiembre. En muchos países las comunidades y las empresas mexicanas trasnacionales aprovechan la ocasión para promover fiestas y ventas especiales. Me lo confesaba hace poco mi amiga Amarilis. En Puerto Rico, su querida patria que tan buen cartel tiene en España y en México, el 5 de mayo tan republicano él, es aprovechado para efectuar grandes fastos amenizados con una cerveza mexicana que, paradojas de la historia, porta una corona. Y así, este 5 de mayo de renombre se proyecta como el 2 de mayo matritense. Marcan momentos decisivos, en que sus respectivos pueblos supieron sacar fuerzas de flaqueza por lo que consideraron que era justo. No por nada el telegrama citado párrafos arriba cerraba clamoroso con esta frase: “…Deseo que nuestra querida patria, hoy tan desgraciada, sea feliz y respetada por todas las Naciones- Ignacio Zaragoza”.

Ha pasado siglo y medio y las relaciones con Francia otra vez, no son buenas. Crece nuestra esperanza para que se recompongan, pues quiso la fatalidad que el día de la muerte de Fuentes, en París asumiera la presidencia Hollande. Carlos Fuentes amó a Francia como amó a España. En la primera fue embajador, la segunda lo condecoró y premió. Su capacidad para interiorizarse y amar la cultura francesa marcó un camino para desglosar la naturaleza de ambos países, Francia y México. Siguiendo su espíritu recomponedor, hoy puede haber una oportunidad para un mejor entendimiento. Sería un gran homenaje a su persona y al mismo tiempo, saldría avante la Hispanidad que tanto alardeó el pensador, cuyo nombre colocó el Instituto Cervantes en la biblioteca de su sede en Praga, como muestra de su universalidad hispánica.

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