Opinión

Duelo de titanes

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 18 de mayo de 2012
Desde Roma cuando menos, la dinámica de los Imperios ha sido siempre la misma. Bizancio, la España de los Austrias, la Sublime Puerta de los Mehamets y Solimanes, la Francia napoleónica, la Inglaterra victoriana, la Rusia stalinista y la Norteamérica de la segunda mitad del siglo se movieron por idénticos ejes. Su predominio y seguridad fueron invariablemente colocados en el peso principal de la balanza de sus relaciones de poder con otros estados y pueblos, con los que la marcha del mundo les puso en relación. Muchas veces, grandes palabras e, incluso, sugestivos ideales recubrieron sus programas y objetivos, indeficientemente encaminados, no obstante, a su hegemonía y preservación. Así fue en todo tiempo y así continuará siendo en el porvenir; aunque, ciertamente, en el horizonte multipolar en que se describe ya por cualificados comentaristas la política internacional del inmediato futuro, la relación fuerzas y el choque de intereses y ambiciones entre las principales potencias planetarias es posible que se acomoden a esquema bien distinto del acabado de describir.

En los últimos cincuenta o sesenta años, de los dos grandes bloques o imperios en que se dividiera el mapa mundial fue el estadounidense el que suscitara mayor número de adversas críticas en los miembros de la intelligentzia occidental. Motivos, desde luego, no faltaban para tan acerba pintura. Aparte de las lacras habituales en la trayectoria de las superpotencias, la yanqui presentaba sin duda un plus de manquedades y desmañas. Llegada con demasiada rapidez a la cumbre del poder, sin la preparación “histórica” requerida para ejercer con plenitud un liderazgo de escala universal –bagaje diplomático, cuadros dirigentes, visión supranacional, cultura del mando y del poder…-, una Norteamérica siempre solicitada por el legado de los “padres fundadores”, para los que el paraíso se colocaba en el futuro y muy lejos de cualquier retorno a los jardines del Edén bíblico, tardó largo tiempo en adquirir “maneras” y eficacia en su acción hegemónica. La Costa Este logró imponer sus hábitos y pulsiones –cercanas a los de la otra orilla atlántica-, pero no sin que por ello desapareciera la herencia del Far West, la de los hombres –y mujeres- de Texas, Arizona y aun de la misma California del oro… Estudios y comentaristas estaban así abastados, y bien abastados, para toda suerte de censuras y anatemas a su despliegue como adalid y heraldo de la causa -¿mejor: de las causas?- de Occidente desde la postguerra mundial a la invasión de Irak.

Y pocos, muy pocos pensadores y ensayistas de alcurnia como el octogenario Josep Fontana Lázaro tan idóneos y competentes para desvenar en toda regla la anatomía del, hoy por hoy por antonomasia, “Imperio”. Ya a lo largo de las décadas finales de la centuria precedente, el catedrático barcelonés sometió, al hilo de los numerosos trabajos acometidos por su incesable y acribiosa pluma, a implacable y meticulosa requisitoria diversos aspectos de la política exterior de la Casa Blanca, tomando al judío alemán yanquerizado Henry Kissinger –historiador especialista en la época del Congreso de Viena- como predilecto blanco de sus buidos dardos y ataques. Jubilado hoy de los servicios burocráticos al Alma Mater, pero en modo alguno de los de una de sus principales linfas, la adusta y severa Clío, ha gozado por fin del tiempo necesario para dar cima a un proyecto encetado desde muchos años atrás: la reconstrucción, en el plano internacional, de su propio tiempo, de sus vivencias, creencias, gozos y frustraciones deparados por la evolución de una sociedad –la occidental- presidida y rectorada por y desde Washington, con mandatarios republicanos y demócratas, entre los que nuestro mayor especialista en la crisis del Antiguo Régimen español no establece demasiadas diferencias a la hora de establecer un calendario norteamericano vigente en todo el globo…

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