José Antonio Ruiz | Viernes 18 de mayo de 2012
The countdown begins… para España y para la final copera. Las masas empiezan perdiendo la fe en la Copa del Rey y acaban perdiéndola también en la Constitución. Así de cruda, sin anestesia, fue la premonición que dejó escrita Vázquez Montalbán en su testamento epistolar.
España entera es una metáfora sórdida del Copón con orejas que hace ahora un año se le escapó de las manos al tira penaltis Sergio Ramos y acabó, siniestro total, atropellado bajo las ruedas del autobús merengue. Waiting for Godot. La parodia nacional.
Hubo un tiempo, después del NO-DO franquista, en el que la España balbuciente de la Transición se mantuvo unida gracias al fútbol, al Corte Inglés y a la Guardia Civil; un tiempo en el que el fútbol todavía era un deporte o algo parecido, en el barrizal del orfanato de Los chicos del coro, en la estirada imposible del portero seminarista que inmortalizó Ramón Masats, o en la Historia de un beso de Garci. Luego pasó a ser otra cosa.
Desde entonces, la Cataluña provinciana, paleta y cejijunta de las intrigas palaciegas (que nada tiene que ver con el pueblo de Cataluña que se resiste a ser pastoreado por caudillos indigenistas con vocación de cabreros, como sucede con el pueblo vasco), pierde el juicio, se dispara al pie con el trabuc, como el Infante, y renuncia a ser tan hermosa como la soñó el padre de Juan Villoro, convencido de que el fútbol depende de los pases oblicuos porque la Diagonal conduce al Camp Nou.
Hoy, la casta política desnortada (censurada en sentido genérico por su envilecimiento imperdonable) y el nacionalismo resentido que se atrinchera en la senyera o en la ikurriña, parece definitivamente empeñado en bendecir la ocurrencia estatutaria de Flaubert, que fue de los primeros en percatarse de que todas las banderas están manchadas de sangre y mierda.
Lástima que a falta de héroes que nos guíen como Mandela a su tribu, tengamos que cargar con una clase política que no está a la altura de las circunstancias pero a la que tenemos que aguantar como animal de compañía.
Por culpa de la democracia orgánica del nirvana, nos habíamos quedado sin argumentos para refutar a Cánovas cuando dijo aquella estupidez de que era español el que no podía ser otra cosa.
Da que pensar Ezequiel Fernández Moores cuando dice que en América Latina y en el África negra, el fútbol distrae, pero sobre todo tiene un efecto lenitivo, al actuar a modo de bálsamo que ayuda a sobrellevar con resignación el alarde de mediocridad y maledicencia de las clases dirigentes. Claro que muy mal deben estar las cosas, no sólo en el Nuevo Mundo y en el Tercero, sino también en España, cuando todavía hoy la principal esperanza sigue estando en los estadios.
Lo mismo incurrimos en la ligereza de tomar a broma en lugar de haberlo tomado muy en serio a Alfonso Guerra cuando, sacando a pasear su vena ácida, frívola y socarrona, anunció de manera premonitoria, «cuando gobernemos, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió».
Raúl del Pozo da por cumplida la premonición: «Nos van a follar. Pero a mí como si quieren llamar a Cataluña Imperio Mediterráneo con capital en Atenas. Ya he tirado la toalla». Y Albert Boadella (para quien el nacionalismo cavernario es, por encima de cualquier otra connotación, «un negocio» alentado por mendas que viven del cuento de la tribu okupa desposeída), mucho se teme que lo mismo estamos asistiendo a la Tragicomedia de España. ¡Mater dolorosa! (Álvarez Junco) ¡Pobre España!
«A mí España es que me pone», confesó en cierta ocasión el populista ex presidente de Cantabria Miguel Ángel Revilla ¿España? ¿Y eso qué es lo que es? (…) España, como dejó escrito Umbral, es ese pueblo que está a mitad de camino entre Napoleón y Manolita Malasaña, la novia de Velarde; entre Goya y Esquilache; entre el Barroco y el misticismo; entre Churriguera y Juan de Herrera.
Lo mismo va a estar en lo cierto Fernando García de Cortázar cuando habla de la «España inacabada», esa España irreconocible de los nacionalismos antiestatalistas, reaccionarios, secesionistas y totalitarios, alentados por medradores que tratan de hacer valer los argumentos del odio para enfrentar a las Españas machadianas previa vuduización de una España sin remedio, siempre enfrentada consigo misma.
¿España «Una, Grande y Libre»? ¿España «Una e Indivisible», como la Francia jacobina que ha sobrevivido a Sarkozy? (…) Como decía, desde el compadecimiento colectivo, el pesimista Ortega, «hay problemas que no se pueden resolver, pues a lo sumo se pueden conllevar». De modo que, si en los tiempos cartesianos de Manuel Azaña, jacobino convencido, ya estábamos fuera de plazo para seguir soñando con la idea de una España unitaria… ¿No nos habremos pasado a estas alturas más de tres pueblos?
Qué pena –como se lamenta el compungido Le Bon– que la multitud ignota no haya conocido jamás la sed de la verdad. Sencillamente porque no suele figurar entre sus prioridades vitales, siendo como es la atonía mental una de las grandes plagas bíblicas de nuestro tiempo. Jean Baudrillard escribió que las masas (el vulgo rocinante de encefalograma plano, esa especie gregaria de la que habló Cocteau) se resisten escandalosamente a la comunicación racional, probablemente porque sólo quieren espectáculo.
Cierto es que hace ya dos siglos que el jesuita francés Joseph de Orleans se barruntaba la que se nos venía encima cuando dijo de España que es un gran país, si no fuera porque «de vez en cuando se dividen los españoles, se enfrentan entre sí y echan a perder a España», esa España cazurra, «hemipléjica, idiota, totalitaria» de la que reniega Erasmo con conocimiento de causa periodística. «¡Triste país el nuestro como siga por estos derroteros!», exclamó Pío Baroja. ¡Pobre España! «Pueblo de sublevaciones y toros», que dijo Silvela.
Mientras el 12 de octubre sigan desfilando por el Paseo de la Castellana veteranos de la Columna Leclerc y de la División Azul, falangistas y republicanos, franquistas y maquis, seguiremos teniendo una España de cada bando, lanzándose guijarros con el tirachinas con el Ebro de por medio, con la asignatura de la reconciliación nacional pendiente desde el 56, sujeta a un nuevo revisionismo a la luz traicionera del discurso identitario y de una arquitectura etnocéntrica.
Claro que siempre nos quedará la irreverente cabra de la Legión, dispuesta a mearse irrespetuosamente a los pies del catafalco de autoridades de la madrileña Plaza de Colón al cierre del desfile marcial del aciago Día de la Hispanidad. Cualquier cosa menos desenfundar de nuevo el espadón y exhumar el cadáver de Espartero.
¿Es el fútbol lo que somos? -se pregunta Borja Hermoso. Jorge Valdano no lo pudo expresar de manera más lúcida cuando dijo que «el fútbol y la política a lo mejor se asemejan tanto porque estamos más preparados para pensar con los pies».
Al contrario de lo que parece, el fútbol y el deporte en general no son sólo la crónica frívola de una futilidad. Su apariencia visible es la política. Y su quintaesencia el secreto mejor guardado bajo la mirada de pértigo de la zarina Yelena Isinbayeva y en las «manoletinas de braga» de Sharapova, la «princesa del tenis mundial con el talle más esbelto e inverosímil» que soñáramos nunca Vladimir Nabokov, Umbral que estás en los cielos, y un servidor que no tiene ninguna prisa por hacerle compañía al maestro (…) porque, como cayó en la cuenta Andrés Montes (in memoriam), «la vida puede ser maravillosa», aunque los haya empeñados en que la España de las necedades siga siendo un país de fanáticos, alienígenas y ladrones de gallinas. (…) Y el carro de Manolo Escobar sin aparecer.
La casualidad o el destino han querido que fuera un Maragall, Joan, abuelo de Pasqual, quien dejara escrita la Oda a Espanya, en la que despide el verso con un lacónico «Adéu, Espanya», la crónica premonitoria de una elegía funeraria.
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