Sábado 19 de mayo de 2012
Corrupción viene de corromper y corromper de romper con. El significado de con en este caso es más opaco, pero originalmente quizá tenga un sentido de colectividad o reflexividad. La corrupción es una ruptura reflexiva o colectiva y, por tanto, algo corrupto es algo roto por sí mismo, o de forma colectiva. Un cuerpo puede ser corrupto o incorrupto. No existen, que se sepa, cuerpos acorruptos o descorruptos. Los cuerpos humanos, por ejemplo, son en general corruptos. Es decir, se acaban corrompiendo, rompiendo por ellos mismos, por mucho footing o dieting que hagamos. La corrupción de los cuerpos orgánicos es algo interesante. En esencia, corrupción es tan solo una forma de llamar a un cambio de estado, de uno más animado a uno menos animado. Lo que pasa es que la corrupción es más compleja de lo que parece. Suele ir acompañada del mal olor del metano y de coloraciones y licuefacciones. Y de los famosos gusanos, tan literarios y cinematográficos, al menos si nos movemos en el universo de Tim Burton. Pero, ¿qué significa la corrupción? ¿Es realmente un paso al estado inanimado? Y, un cuerpo con gusanos, ¿está más o menos vivo que uno sin ellos? Difícil responderlo.
La literatura española no se ha interesado mucho por los gusanos, sobre todo desde Quevedo, curioso buscador de formas corrumpentes. Becquer los tuvo en aprecio, pero tras él han dado poco de sí. A Dalí también le interesaron, y en una insustituible grabación defiende que el huevo cósmico, el del Bing-Bang, era un queso, ya que de la misma manera que los gusanos salen de un queso sin que nadie los haya puesto allí, la vida surgió de ese huevo cósmico lácteo. Lo que lo llevaba a la vía láctea transitada por su amigo/enemigo Luis Buñuel. Dalí tendió desde pequeño a la fascinación por los cambios de estados: la ceguera, lo blando, las imágenes dentro de otras imágenes… Y en la última parte de su vida, tendió a la incorruptibilidad física y mental, igual que Gala.
La incorruptibilidad es la cualidad de algunos cuerpos de no corromperse tras la muerte. La iglesia tiene toda una lista oficial de incorruptos, bastante extensa, y es de destacar que casi todos estén en Italia y en menor medida en Francia. Los santos y beatos españoles nunca tendieron a ser incorruptos, parece ser. San Francisco Xavier, una excepción viajera, se conserva incorrupto en Goa, pero los saqueos, no de los gusanos sino de los humanos, han hecho mella en su incorruptibilidad.
Las sociedades, como los cuerpos, también se pueden corromper. Al fin y al cabo, nuestro cuerpo es una extraña sociedad de células empeñadas en ser una unidad de destino en lo universal. En pura lógica, cuando una sociedad se corrompe es que está muerta. O que tiene necrosis parcial, ya que se puede corromper una parte de un organismo vivo: la nariz, la pierna derecha, el dedo meñique izquierdo, una encía… En fin, las partes de nuestro cuerpo no son nada. De igual forma, a una sociedad se le puede corromper una parte sin que eso signifique que está muerta del todo: se le puede corromper el consejo superior de justicia, o una sociedad de derechos de autor, o un cuerpo de policía autonómico, o el senado, o la monarquía, o sus partidos políticos… Cuando eso ocurre, como en los cuerpos, salen gusanos que dan mucho miedo y asco. Pero todos nos reconocemos en esos gusanos.
A España le han salido últimamente algunas partes necrosas. La larga ristra de escándalos desde hace ya uno o dos años, indica, sin lugar a dudas, que la corrupción está ahí. Algunos dicen que son casos aislados; otros, que eso mismo ocurre en todos los países de “nuestro ámbito”, que los ingleses, pongamos por caso, están igual o peor. Hay gente que se empeña en sonreír cuando las cosas están mal, y no está mal que así sea. Pero lo cierto es que Madoff, por ejemplo, hace ya tiempo que está en la cárcel, y Murdoch sentado en el banquillo. Es decir, los médicos, los cirujanos, parecen actuar en esos países intentado separar la necrosis del cuerpo de la sociedad. ¿Y qué ocurre aquí? Aquí, casi no hay cirujanos. Los escándalos se repiten, se acumulan, adoptan variaciones y variantes sociológicas, regionales, pero siguen. ¿Adónde nos llevará esto?
Muchos piensan que ahora mismo hay otros problemas más importantes. El cuerpo financiero del mundo occidental parece empeñado en ser el huevo cósmico de Dalí, en el que los gusanos brotan como setas de otoño, y el paro sigue su avance ajeno a los gritos de escarnio de los políticos. Pero ¿y si la corrupción estuviera debajo de todo? ¿Y si de verdad fuera el mal mayor, la madre de todos los males? ¿Y si el PER o los prejubilados fueran la guinda del cake de la financiación de los partidos, por ejemplo? ¿Y si la corrupción no se definiera solo por la naturaleza humana –siempre dispuesta al desfalco y al favorecimiento del clan propio--, sino por la capacidad de reaccionar frente a ese desfalco o ante ese favorecimiento con transparencia y medidas? ¿Y si de verdad en España hubiera una parálisis ante el desfalco o el favorecimiento y, en consecuencia, una corrupción generalizada? Quizá nos conviniera empezar a pensar en cirujanos y bisturíes. Porque la otra opción es esperar la muerte de nuestra sociedad con fe ciega (por falta de ojos) en la santificada incorruptibilidad. Y ya se sabe que, entrar en la lista de incorruptos sin ser italiano o francés, es sumamente difícil.
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