Cultura

“Es una putada que en esta profesión se siga separando lo alimenticio de lo artístico”

DIRECTOR Y ACTRIZ DE [i]LA GAVIOTA[/i]

Sábado 19 de mayo de 2012
El actor y director Rubén Ochandiano ha echado a volar con La Gaviota, de Chéjov, la obra que siempre ha soñado con trabajar y que ahora se puede ver en una exquisita adaptación en el Teatro Galileo hasta el próximo 10 de junio. Y por si cumplir un sueño fuera poco, Ochandiano lo hace con su amiga y musa Toni Acosta. La intérprete se pone en la piel de Arkadina, una actriz obsesionada con su decadencia que ayuda a componer la reflexión sobre el arte subyacente en el texto del autor ruso. En una entrevista con El Imparcial, Ochandiano y Acosta revelan los entresijos de este montaje y aseguran que los grandes temas de Chéjov, el amor, el arte, la vocación… siguen más que vigentes en la actualidad.

¿Por qué La Gaviota? ¿Alguna relación especial con la obra de Antón Chèjov?
Rubén Ochandiano (R.O.): Es mi texto preferido de la dramaturgia universal. De hecho, ahora estamos valorando qué vamos a hacer después y por muchas cosas que leo, aunque algunas me entusiasman, termino pensando: “pero no es La Gaviota”. Me gustaría hacer esta obra mucho más tiempo, nos queda un mes aquí y ahora estoy cruzando los dedos para que salga algo más: gira, Barcelona, el circuito de festivales internacionales… La Gaviota habla de todo lo que a mí me interesa en la vida, fundamentalmente de la vocación, del arte, de la vocación, de la familia, la herencia genealógica por encima de la genética, la vida, la muerte… todo. Es un texto que me ha elegido más a mí que yo a él.

Siendo un texto escrito hace más de un siglo, y a pesar de que ha introducido elementos actuales como móviles u ordenadores en su adaptación, es una obra que trata temas universales y atemporales…
R.O.: Recurriendo a una frase hecha pero real, diría que los textos grandes de la dramaturgia universal, como La Gaviota o Hamlet, están absolutamente vigentes porque hablan de los motores que mueven el mundo, que siguen siendo los mismos: el amor, la vocación, el deseo, el miedo…

Se conocen de hace mucho tiempo y, Toni, usted ha participado en las incursiones de Rubén como director. En este caso, ¿cómo termina en la piel de Arkadina, la actriz obsesiva decrépita de La Gaviota?
Toni Acosta (T.A.): Nosotros fantaseamos con hacer La Gaviota desde hace mucho tiempo, pero yo no estaba aún para hacer a Arkadina, por la edad. Creo que cuando hicimos su corto hace dos años, Rubén pensó que ya podía hacerlo y luego, cuando nos pusimos, ya no lo dudó… a pesar de que mucha gente sí lo hiciera.

R.O.: Es verdad que es un poco joven para el personaje, una mujer que está llegando a su decrepitud. En todas las versiones que hemos visto de La Gaviota Arkadina suele ser una mujer de cincuenta para arriba… ha sido un viaje muy largo. Al principio La Gaviota iba a ser una película porque nos parecía más fácil hacerlo para cine que para teatro en cuanto a ayudas y producción. Se llegó a avanzar bastante en reuniones con una productora catalana y con Televisión Española y fueron los productores los que nos dieron el empujón final para que lo hiciera Toni. Ellos, que no conocían el texto original en el que Arkadina ronda la cincuentena, nos sumaron criterio de realidad, de realidad actual.
Ahora mismo, vivimos en una época tan obsesionada con el aspecto y el éxito inmediato, que las actrices de cuarenta son las que se enfrentan a la preocupación por su físico, por sus arrugas, viendo a las niñas de veinte que llegan detrás. Ahora es totalmente posible que una actriz de cuarenta se sienta en su decrepitud, de una manera neurótica porque evidentemente está en la flor de la vida, pero esta sociedad y, sobre todo, en esta profesión nuestra, lo que te devuelve es el mensaje de “corre, consume el éxito ya y cuidate…”



Arkadina es un personaje al que se puede amar con locura, pero también odiar profundamente… ¿Llegó a entenderla mientras preparaba el papel?
T.A.: Yo la amo, la defiendo y no he entrado nunca a juzgarla. El papel lo he sacado partiendo de mis experiencias con un trabajo de adentro hacia afuera y fiándome mucho de Rubén para conseguir un envoltorio adecuado para el personaje. La hemos dotado de una ‘fisicalidad’ y de una composición estética específicas. Rubén y yo somos un equipo que funcionamos muy bien. Yo me dejo hacer y él hace conmigo.

R.O.: Toni y yo hemos llegado a conocernos de una forma muy íntima, a pesar de que ella no es fácil de conocer en ese aspecto. Una vez que la vida nos ha ido adentrando al uno en el otro, nos conocemos con tanta precisión que es muy placentero trabajar juntos. Ella saca lo mejor de mí y yo saco lo mejor de ella.

En la obra, el arte que quiere expresar el joven Kostia es menospreciado por la mayoría de los adultos, curtidos ya en el mundo del espectáculo. ¿Han sentido alguna vez, en sus vidas profesionales, este choque generacional, esta necesidad de hacer cosas nuevas, rompedoras?
R.O.: A nivel de inquietudes yo sí he sentido a veces la necesidad de dar un zapatazo en el suelo y, de alguna manera, esta obra es ese zapatazo. Pero creo que esas inquietudes no se dividen tanto de un modo generacional como de una diferencia de estilos de vida o de concepciones del trabajo. He conocido gente más mayor que yo y modernísima y gente más joven que ya era antigua cuando debutó.

T.A.: No es tanto generacional como de gustos. Y luego también va por países. Rubén vivió en Argentina y yo creo que se ha traído de allí una actitud de pronto, de hacer las cosas por nuestro propio pie y tirar para delante. A mí me daba más miedo y fue él quien sacó la fortaleza de hacerlo, como decimos, ‘a la porteña’. En Argentina se han visto sin nada y aún así hacen un teatro maravilloso. En el estilo, en la manera de hacer, nos ha contagiado también de esa influencia.

En este sentido, y en los tiempos que corren, ¿cuánto cuesta, no sólo en términos monetarios, sino también en cuanto a esfuerzo personal, sacar un espectáculo como este adelante?
R.O.: El esfuerzo no se pone en un cheque, das por hecho que no hay ceros, lo haces porque quieres. Esta es la manera que tenemos de entender el trabajo, y pasa en cualquier profesión: seas arquitecto, neurocirujano o actor, te lo puedes tomar de la manera funcionarial o con un extra que no va en el cheque. Además, en este espectáculo sólo tiene ese extra, porque carece de retribución monetaria. Hemos conseguido una inversión inicial de un mecenas privado, ya cuando debutamos en el Teatro Lara, de 6.000 euros para el mínimo de escenografía y las altas en la seguridad social, y ahora en el Galileo, otros 7.000 en promoción y publicidad. El resto es como una cooperativa: nadie ha visto un duro. Hay cosas que uno hace por prestigio, otras por placer, otras por pasta… En este caso, si tuviéramos que pagar el alquiler y comer con lo que entra de dinero, desgraciadamente no podríamos vivir. Es una putada que en esta profesión se tenga que seguir separando en muchas ocasiones lo artístico de lo alimenticio, pero si te dedicas a esto, tienes que hacer de vez en cuando cosas con las que te vayas a gusto a la cama. La Gaviota está hecha, como decía Toni, absolutamente ‘a la porteña’ y ojalá termine siendo un puente para poder alcanzar la fusión.



Ambos han estado recientemente inmersos en series televisivas, Toni en Con el culo al aire y Rubén en Toledo, ¿qué hay de estos proyectos? ¿Seguirán adelante en el futuro?
R.O.: A nosotros nos cerraron el chiringuito.

T.A.: Con el culo al aire sigue. Empezaremos a grabar otra vez en verano y es una de las cosas que puede que nos permita seguir con La Gaviota u otros proyectos en teatro. Intentas, con parte del dinero que sacas de estas cosas, invertir en sacar adelante tus sueños personales. Hay que encontrar el equilibrio.

R.O.: La cosa es aprender a conjugarlo todo. Hace falta hacer televisión porque si nosotros no fuéramos, de algún modo, rostros reconocibles, probablemente no habríamos tenido acceso a esta sala ni la pasta para poder estar haciendo esto.

La Gaviota, la única obra de Chéjov que reflexiona directamente sobre el arte, dibuja una imagen del artista casi como esclavo de su profesión: siempre querer más, no estar conforme con lo que se hace, vivir para el arte, para convencer a los demás y a uno mismo… ¿No se quitan un poco las ganas de dedicarse a esto?
T.A.: No, no… Yo, por ejemplo, soy muy exigente con mi trabajo y es verdad que hay momentos en que una se exige a sí misma más, quiere más… Pero luego es verdad que cuando estoy trabajando lo disfruto, no lo vivo como una esclavitud. Lo otro, el querer avanzar, hacerlo mejor, sentir lo estás haciendo mal… eso me lo quedo para mí, forma parte de otro proceso mío como actriz y como persona. Pero yo cuando trabajo, lo disfruto.

Siendo este proyecto algo tan especial, ésa obra que siempre han querido hacer… ¿no da un poco de vértigo enfrentarse a lo siguiente, que nada de lo que venga después les convenza como esto?
R.O.: No… tengo claro que ahora nos toca hacer otra cosa, aunque probablemente desde otra perspectiva. Quiero hacer muchas otras cosas, textos tan grandes como La Gaviota, pero probablemente lo próximo que toque sea desde otro lugar. Además, a mí me pasa como a Toni, que soy muy ‘disfrutón’ y al final me lo paso bien haga lo que haga. Esto es caviar ruso, pero también comemos hamburguesas y nos gustan.

Para cerrar, ¿Cómo les gustaría que saliera el espectador de la sala después de ver La Gaviota?
R.O.: A mí me gustaría que, durante la obra, no le diera tiempo a pensar en su cotidianidad, en su pareja, en la compra de mañana… y que saliera movilizado, afectado.
T.A.: Yo querría que saliera con alguna reflexión sobre alguno de los temas potentes que se tratan aquí, obviamente cada uno con el que llegue a identificarse más. Y que cada uno que saliera nos mandara a dos, ¡eso sería genial!

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