Los Lunes de El Imparcial

Leopoldo Panero: En lo oscuro

RESEÑA

Domingo 20 de mayo de 2012
Leopoldo Panero: En lo oscuro. Edición, prólogo y notas de Javier Huerta Calvo. Cátedra. Madrid, 2012. 328 páginas. 11,80 €



Cuando se lee a Leopoldo Panero –algo que se había vuelto un empeño harto difícil en las últimas décadas, demasiadas décadas-, el lector queda inmediatamente atrapado por esa expresión austera pero nada enfática, sino familiar y directa que, en su contención, trasmite una profundad veracidad. Cierto que no siempre fue así, pues sus comienzos literarios en los años treinta, al compás de la II República, se caracterizaron por un impostado juego vanguardista muy lejano de su verdadera voz poética, que solo lograría descubrir tiempo después en La estancia vacía (1944), y más aún en Escrito a cada instante (1949). Aquí es donde se produce ese hecho, siempre milagroso, donde un artista –en este caso, un poeta- descubre su propia voz, su mirada singular e intransferible, a través de la que nos aporta una perspectiva del mundo radicalmente distinta y novedosa.

El profesor Javier Huerta Calvo, autor de esta antología esencial de la poesía de Leopoldo Panero, recoge en su exhaustivo estudio preliminar, los testimonios de otros grandes poetas –próximos o distantes políticamente a él- que celebraban la contención expresiva de esa nueva voz que nacía de entre las ruinas de la catástrofe histórica. Juan Ramón Jiménez fue quien tuvo el oído más fino para percibirla con mayor precocidad, al señalar que Panero manifestaba claramente un “cansancio de la poesía ingeniosa y su anhelo por la poesía natural, directa, y sobre todo espiritual.” El profesor Huerta Calvo también aporta el testimonio de alguien tan apartado ideológicamente a Panero como Luis Cernuda, quien afirmase desde su exilio: “¡Cuánto me gusta oír ese acento tan austero, después del predominio andaluz que hubo en mi generación!” Más cercano, Gerardo Diego subrayaba sobre Leopoldo Panero y Luis Rosales: “Aparece en la poesía lírica el diálogo, la conversación familiar, el monólogo irrestañable.”

Es obvio que una voz nueva se alimenta de grandes referentes que son asimilados para trasfigurarlos. En Panero esos referentes procedían de un retorno a la sensibilidad prevanguardista que conectaba con la poesía existencial de Unamuno, y, más aún, con la expresión directa y popular de Antonio Machado. En absoluto es un noventayochista rezagado, sino que esa tradición nutre su estilo personal, en consonancia con la célebre glosa de Eugenio d’Ors según la cual “lo que no es tradición, es plagio”, apuntando a que lo más personal proviene de una transfiguración de las afinidades encontradas en el pasado.

En este sentido, no se puede olvidar el gran peso que tiene en Panero la lectura de la poesía romántica británica. Su estancia en el Reino Unido le facilita que explore, saboree, desentrañe y traduzca al castellano a Shelley, a Keats, a Wordsworth… Todos le dejan una impronta de su estilo y de su doctrina, sobre todo, de un modo preeminente, William Wordsworth, de quien le llega esa aproximación de lo poético al lenguaje conversacional y la propensión a sustentar el poema en una autobiografía lírica. Por ello, no debe sorprender que, tras una descalificación política de Josep Maria Castellet, Leopoldo Panero responda con un irónico poema: “Por lo visto”, que reproduce las técnicas expresivas de la poesía de la experiencia según el modelo de Jaime Gil de Biedma. No es una parodia del entonces ultraizquierdista Gil de Biedma, sino que conoce sus recursos digamos que desde dentro, casi con toda seguridad por esa conexión común con Wordsworth.

¿Por qué el profesor Huerta Calvo ha titulado su antología En lo oscuro, siendo Panero un poeta tan diáfano? Con muy acertado criterio se ha basado en una cuestión neurálgica del antologado: su experiencia religiosa. El autor de Canto personal ve al hombre como un animal religioso, de cuya pulsión surge la poesía. En contra de los que han creído ver en él a un propagandista católico –lo que ya delata no haberlo leído-, su espiritualidad procede de una crisis religiosa que tiñe su obra de una angustia muy alejada del sosiego del simple devoto: “Para inventar a Dios, nuestra palabra / busca, dentro del pecho, / su propia semejanza y no la encuentra”, escribe en “Escrito a cada instante”. Para continuar: “Y su nombre sin letras, / escrito a cada instante por la espuma, / se borra a cada instante / mecido por la música del agua.” La divinidad no es una certeza, sino una intuición intermitente, palpitante, que se muestra y se retira, y cuya oscuridad solo puede ser combatida por la esperanza.

Ese animal religioso combina, por lo tanto, certeza y penumbra en la intuición de la divinidad, lo que proyecta, a su vez, esa obsesiva negrura a la mirada de todo lo que el hombre observa, por más que lo oscuro esté trascrito en él con sobria claridad, como sucede en el poema “Canción en lo oscuro” que comienza: “Y nos dejaste confiadamente en lo oscuro, / y nos hiciste creer en Tus enigmas, alentar en lo íntimo de Tus profecías, / y nos contemplaste para siempre en lo más oculto de Tu espíritu, / y nos hiciste parecidos a la sombra.”

Se trata de la sombra que se lanza sobre el resto de los ámbitos de la existencia, siendo el oxímoron “oscura certidumbre” el que mejor identifica la visión personal de Panero y la que justifica plenamente el título de este volumen. Por cierto, que a lo oscuro del título cabe atribuirle otro significado no previsto ni por Leopoldo Panero ni por Javier Huerta Calvo, en este caso de carácter político, pues el poeta fue arrojado durante casi medio siglo a la oscuridad del silencio, el ninguneo o la descalificación sin paliativos por su adscripción al régimen franquista. De nada ha servido insistir en que no fue un poeta oficial y que siempre estuvo ligado a los sectores más liberales junto a nombres como Dionisio Ridruejo o Laín Entralgo, una constatación quizá infructuosa porque la muerte le impidió completar su evolución política y realizar su “descargo de conciencia”, como sí pudieron hacer sus compañeros generacionales.

Pero ¿la implicación auténticamente brutal de Céline con los invasores nazis ha obstaculizado valorar como una obra extraordinaria su Viaje al fin de la noche? ¿El colaboracionismo de Ezra Pound resta algún valor a su influyente producción poética? Resulta tedioso volver a recordar que la biografía personal no sirve como baremo para medir la valía literaria de una creación. Quien quiera fajarse con la biografía política de Panero, muy lejos del extremismo de los dos autores antes citados, puede obviamente hacerlo, pero no es legítimo tasar la calidad de una obra poética con arreglo a las opiniones políticas de su autor, máxime si hacemos caso a la prudente y sabia advertencia de Manuel Azaña cuando afirma que “cada hombre es un misterio impenetrable, en vida y en muerte.”

¿Se le ha levantado el castigo a Leopoldo Panero? Al menos, recuperamos la posibilidad de volver a leer su extraordinaria poesía, con la reciente edición de Andrés Trapiello de Escrito a cada instante, con la publicación, bajo la dirección del profesor Huerta Calvo de su Obra completa, y ahora con esta escrupulosa antología, que sabe a reparación.


Por Rafael Fuentes