Cultura

[i]Rienzi[/i]: una gran ópera, con permiso de Wagner

Crítica de ópera

Martes 22 de mayo de 2012
Anoche tuvo lugar en el Teatro Real, la primera de las tres representaciones en versión concierto de Rienzi, la ópera menos “querida” de Wagner, y que se saldó con una entusiasta acogida por parte del público madrileño.




Pocas veces se ve el escenario del coliseo madrileño tan densamente poblado. Hay que aprovechar el espacio al milímetro para que cada uno de los 230 intérpretes tenga su sitio: 13 solistas, cerca de 100 cantantes del Philharmonia Chor de Viena y el Coro Titular del Teatro Real y 122 músicos de la Orquesta Titular del Teatro Real. Al frente de todos ellos, el director Alejo Pérez, en una comunión absoluta, que viene exigida por la propia ópera de Wagner, la que menos visita los escenarios líricos del circuito internacional. Los motivos, como recordaba el propio Alejo Pérez, son de índole estrictamente extra musical y, por si aún quedaban dudas aquí acerca de la enorme calidad de la obra, llegaron los aplausos y los bravos de anoche, para disiparlas. Y, de paso, para llevar la contraria al maestro Wagner, dueño absoluto de su obra pero también del veto que, desde su muerte, prohíbe subirla al escenario de Bayreuth, y primer motivo, por tanto, de que se prodigue tan poco.

Junto a la orquesta y a su director, también el coro –titular y visitante-, protagonista de grandiosos momentos de la obra, y su director, Andrés Máspero, fueron ampliamente premiados por el público, que reservó para las dos cantantes femeninas las mayores aclamaciones dirigidas a los solistas: a la soprano alemana Anja Kampe, a cargo del papel de Irene, y a la mezzosoprano, de la misma nacionalidad, Claudia Mahnke, que brilló con garra en su interpretación del complicado papel de Adriano. El tenor austriaco Andreas Schager fue el encargado de dar voz y vida a Rienzi, completándose el compacto reparto con el bajo Stephen Milling, el barítono británico James Rutherford, el bajo alemán Friedermann Röhlig, Jason Bridges, Carsten Wittmöser y, por último, la soprano española Marta Matheu, con su breve papel de mensajero de la paz, ese bello sentimiento que unos y otros parecen proclamar en la obra y al que todos, acaban por traicionar de una forma u otra.



El caso es que cuando Wagner aún no era Wagner, es decir, cuando no había alcanzado la fama y el dinero no le llegaba para pagar las facturas, empezó a componer esta ópera, considerada obra de juventud en la que todavía andaba el maestro buscando su propio lenguaje. Se basó en la novela de Bulwer-Lytton que narra la historia de Cola di Rienzi, el tribuno romano que en 1347 convocó a su pueblo en el Capitolio y, con el apoyo del representante papal, promulgó una serie de leyes que pretendían devolver el orgullo al pueblo romano, según el añorado modelo de la antigua Roma. La acción le convirtió en héroe, si bien bastante efímero. Su primer error, escuchar las peticiones de clemencia, “cantadas” por su hermana Irene y el amado de esta, Adriano, para salvar la vida de los nobles Orsini y Colonna, tras su tentativa de magnicidio. Y el pueblo, a quien al final no perdona es al propio Rienzi, advirtiéndole de que quien perdona a los orgullosos, provoca, aún más, su odio. De hecho, así se lamentan los propios perdonados en el inteligente libreto del compositor: “ultrajados y humillados a causa del perdón”.

Para acabar de añadir más enemigos a su lista, Rienzi, inflamado al ver que su pueblo ha recuperado el orgullo de ser romano, pretende ampliar las fronteras y clama por una Italia unificada, ahora que ya existe, otra vez, una “Roma grande y libre”. Y eso, claro, levanta ampollas incluso en el Papa, que le había apoyado desde Avignon y ahora ve peligrar los Estados Pontificios. Excomulgado, es su propio pueblo el que acaba con Rienzi, prendiendo fuego al Capitolio, donde el tribuno aún intenta comprender en qué ha fallado a los suyos. Se ha quedado solo con su fiel hermana Irene, que rehúsa salvarse junto a Adriano, el personaje con más conflicto interior de la trama. Enamorado de la plebeya Irene, en un principio admira a su hermano, hasta que su padre, el cabeza de los Colonna, no escapa una segunda vez del castigo por atacar a Rienzi. Igual que el pueblo, una vez quemado el Capitolio, no escapará de la ira de los nobles.



Wagner compuso la obra en diversos periodos, a los que seguían momentos de pausa, y, además, en distintas ciudades. Asumió el modelo de la grand opera francesa – el más exigente e innovador de la época – y la estructuró en cinco actos con una trama histórica, de una parte, y otra, individual, el amor imposible entre Irene y Adriano. Con tantas intrigas que contar y tantos personajes, no sorprende que a Wagner, nada parco en detalles, le saliera una ópera de seis horas, ballet incluido. De modo que, desde su estreno en Dresde, con el que tuvo, por cierto, el mayor éxito de su vida, el maestro empezó a hacer recortes y reformas en la obra, para acabar, finalmente, renegando por completo de ella. Porque después de Rienzi, Wagner ya era Wagner y podía hacer con su obra lo que quisiera. Una pena que lo que ya no pueda hacerse es ver aquella primera partitura, la original. Hitler – y este es el segundo motivo extra musical al que aludía el maestro argentino para justificar la injustificable ausencia de esta ópera en las temporadas líricas – quedó fascinado con Rienzi cuando la vio por primera vez a los 17 años, es decir, cuando aún no era Hitler. Más tarde, cuando, por desgracia, lo llegó a ser, la “coronó” como su favorita, la utilizó para la inauguración del Congreso del NSdAP, en Nüremberg en 1939 y se hizo con la partitura original, que desapareció con él en el Führerbunker tras la toma de Berlín.




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