Opinión

Fútbol y propaganda

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 26 de mayo de 2012
El triste incidente de la pitada al himno nacional en el partido de la Copar del Rey ha traído de nuevo al debate público el uso del fútbol, el deporte de masas por excelencia en España, con fines propagandísticos. Los futbolistas y los entrenadores pueblan la mitología de la sociedad del espectáculo junto a las estrellas de cine y ciertos músicos. La mayor hazaña nacional de los últimos años –sentida como propia por millones- fue la victoria en el mundial de Sudáfrica. En ese día “todos” ganamos a Holanda en una gesta deportiva que rescataba nuestra Historia futbolística.

Los estadios de fútbol, pues, son formidables escaparates cuyas imágenes repiten y amplifican la televisión, la fotografía y las redes sociales. La exaltación del público inducida por gritos, cantos y rituales se exterioriza en símbolos que se exhiben con la impunidad que brindan la alegría y la tensión del momento. Por eso, los movimientos más radicales y violentos se sirven del espacio simbólico de los estadios. Si vivimos –como dice Maffesoli- el tiempo de las tribus, es claro que, en el campo de juego, los grupos más violentos se encuentran, se insultan y, a veces, combaten junto a sus equipos. Afortunadamente, son una minoría pero esto no disminuye su peligrosidad.

En España hemos visto cosas tremendas en el futbol. En los estadios españoles, se han cantado himnos nazis con el brazo en alto. Las hinchadas más violentas corean cánticos que llaman a la lucha mientras las pancartas exhibían esvásticas, cruces célticas y las siglas –más o menos veladas- de Adolph Hitler y sus seguidores. Un conocido grupo radical lucía como lema un remedo del que tenían las SS. En el entorno de los estadios hay locales donde los exaltados siguen el encuentro celebrando o lamentando los goles como si fuesen conquistas o abandonos de trincheras. La exaltación se alimenta durante la semana en gimnasios y bares. Las redes sociales y los blogs permiten a los nazis, neonazis, extremistas de derecha e izquierda y nacionalistas de todo pelaje coordinar y difundir sus acciones. El círculo de la propaganda radical se cierra en los conciertos donde el alcohol y la música refuerzan una identidad que se manifiesta en el imaginario simbólico del graderío.

En nuestra tierra, se han coreado gritos racistas mientras las hachas dobles del régimen de Vichy y las runas vikingas pretendían identificar a los radicales con la herencia fascista y la defensa de una supuesta pureza racial de Europa. Los ultras del Real Madrid, el F.C. Barcelona, el Español, el Atlético de Madrid y otros equipos compiten en creatividad mientras mantienen el mismo nivel de violencia simbólica que, por otro lado, sólo los iniciados entienden por completo. Así, “88” sustituye a “HH”, siglas del saludo nazi “Heil Hitler!” La octava letra del alfabeto español se convierte, de este modo, en la cifra de un mensaje que sólo los iniciados comprenden. “18” esconde las iniciales del Führer (A.H.) mientras las llamadas al honor y la lucha evocan la mitología de las SS que Himmel cultivó mezclando racismo, mística y violencia.

Todas estas cosas hemos visto y vemos en España. Por eso, la pitada de ayer en la Copa del Rey es una buena ocasión para analizar qué se debe hacer con este uso perverso del imaginario del fútbol. Suspender el partido podría parecer una solución de urgencia complementada por las condenas institucionales (clubes, federación, políticos, etc.), pero el problema sigue sin resolverse. Los nazis, los filoterroristas de toda condición y, en general, los enemigos de la libertad y la democracia seguirán utilizando la tribuna que el estadio les brinda para difundir un mensaje de odio, rencor y violencia. Sólo desde la firmeza y desde la extensión de la responsabilidad a quienes fomentan y apoyan a estos grupos se podrá acometer el problema. Es verdad que las leyes se han cambiado para combatir la violencia en el deporte pero la incitación al odio sigue siendo la Cenicienta de los delitos, aquella que casi nunca se persigue y menos veces aún se condena.

Algunos creen que los grupos radicales sólo son peligrosos cuando tienen armas como si los símbolos, los mitos y las consignas no fuesen peligrosos. Como si las palabras no contasen. Como si no fuesen ellas las que terminan poniendo las armas en las manos de los asesinos.