Los Lunes de El Imparcial

Clara Usón: La hija del Este

RESEÑA

Domingo 27 de mayo de 2012
Clara Usón: La hija del Este. Seix Barral. Barcelona, 2012. 448 páginas. 19,50 €

Todas las críticas, para bien y para mal, parten de unos conceptos, unas definiciones y unas estructuras con las que el crítico trabaja. En realidad, en esto, el crítico no es diferente de cualquier lector. Uno de los conceptos más populares en crítica literaria es el “horizonte de expectativas” que, resumiendo, podemos decir que alude a las expectativas del lector a la hora de afrontar un texto, y cómo dichas expectativas entran en un juego de fuerzas en el que se satisfacen, se frustran o se modifican durante la lectura. La diferencia del crítico respecto al lector es que concreta ese horizonte de expectativas y las tensiones que sobre él operan en un discurso que tiende a sistematizarse. A su vez, la sistematización del discurso origina (o degenera en) definiciones y modelos a los que recurre como herramientas.

Entre los modelos críticos a la hora de analizar un texto están los que tratan de clasificar las narraciones. Las clasificaciones son casi infinitas y diferencian los textos por géneros, temas, ideologías… Una de estas clasificaciones, por ejemplo, es aquella que llega directamente desde el modernismo anglosajón y que divide las novelas en función de que se trate de novelas de personajes o de novelas de situación. Hay novelas en las que el autor se cuestiona qué será de sus personajes, dada una situación determinada. Hay otras en las que lo que el autor examina es, más bien, cómo evolucionará una situación una vez haya sido expuesta a la naturaleza de los personajes que ha trazado. La hija del Este se alinea en el primer grupo.

El conflicto de los Balcanes sigue siendo relativamente desconocido. Conocemos los nombres, las fechas, algunas caras… Hay una serie de ciudades que, para el europeo de hoy, siguen siendo, casi por instinto, sinónimo de muerte y de vergüenza. Porque el conflicto de los Balcanes fue durante años el conflicto de la vergüenza, la mancha negra de la Europa triunfante, de la Europa inmaculada que había depurado el fantasma que la recorría, el demonio acantonado más allá del telón. La Europa que marchaba hacia una construcción civilizadísima del proyecto europeo, y a la que le había salido un conflicto armado en la espalda, en aquel melón yugoslavo del que, una vez abierto, comenzaron a salir reivindicaciones nacionales de pueblos que, más al oeste, tenían nombre de leyendas antiguas. Eslovenia, Macedonia, países que parecía que llegaban de un cuento de caballerías y que, de repente, estaban ahí, en una guerra moderna, en el patio de atrás de la civilizada Europa, en la cola de la modélica caída del comunismo y la aún más modélica construcción europea.

Nos cuesta diferenciar las corrientes que movieron el conflicto, la maraña de intereses y rencores que desató, en un territorio relativamente reducido, una guerra sangrienta entre pueblos vecinos, imbricados unos con otros hasta el punto de que habíamos llegado a creerlos uno. Es difícil entender cómo se llegó a ese grado de descomposición de un Estado y cómo el proceso de descomposición pudo generar un odio tan profundo y unos personajes tan sanguinarios a las puertas mismas de una Europa que, por entonces, vivía su sueño de prosperidad y armonía.

Uno de estos personajes inconcebibles es Ratko Mladic, general del ejército serbio. Un héroe para el nacionalismo extremista serbio y un criminal para el resto de Europa. En este mismo momento, Mladic está siendo juzgado por genocidio y crímenes contra la Humanidad. Se le acusa de ser uno de los mayores monstruos de la Europa contemporánea, de participar en los crímenes de guerra más virulentos que se han producido en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, de participar en el sitio de Sarajevo y en la matanza de Srebrenica.

La hija del Este expone un personaje en una situación, aunque la situación casi se puede concentrar, a su vez, en un personaje, en un nombre. La situación es Ratko Mladic, es la guerra de los Balcanes y el personaje es Ana Mladic, la hija de 23 años de Mladic que se suicidó después de un viaje a Rusia en el que, supuestamente, habría recibido información de las actividades realizadas por su padre durante el conflicto. Ana Mladic había sido hasta ese momento una estudiante modélica. Al volver de su viaje por Rusia, se constató un cambio en su carácter que, finalmente, la llevó a suicidarse utilizando la pistola favorita de su padre. ¿Qué llevó a Ana hasta ese punto? ¿Qué pasa cuando un personaje tiene que correr a través del infierno?


Por Miguel Carreira