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Vasconia: ¿Actos sin ideas?

TRIBUNA

Martes 29 de mayo de 2012
A pesar de las preocupaciones de esta época, la gente acude a las convocatorias culturales. No sólo a los conciertos, al teatro, a los museos, sino también a las presentaciones de libros. Esta semana lo hicimos con uno de Bruno Camus Bergareche, en una céntrica librería de Madrid, titulado “Para entender la cultura vasca”. El autor es profesor universitario de lingüística y ha conseguido una obra de divulgación muy apreciable. Está muy bien escrita, con una redacción clara y elegante, y va más allá de un escrito de síntesis: su contenido se acerca al ensayo, y yo (que le acompañé en la presentación) no tuve duda cuando afirmé que su libro vislumbra el futuro de la cultura vasca, y por lo tanto, el futuro de las comunidades vascas.

Camus Bergareche tiene una idea de la cultura que es científica, alejada de las esencialidades de algunas corrientes políticas. Para él, la cultura, la vasca en este caso, es plural, diversa, que ha ido cambiando con el tiempo; no es eterna, y sus manifestaciones —desde la alta literatura hasta la popular gastronomía- se han construido al relacionarse con otras culturas: la cultura española, la francesa, la europea (que a su vez son múltiples).

El primer capítulo trata del “territorio de los vascos”; cuestión polémica. Bruno Camus sostiene con soltura que esa cultura (que reitera: diversa) comprende políticamente a las dos Comunidades Autónomas españolas (País Vasco y Navarra) y a los territorios vasco-navarros franceses.

Esa diversidad cultural, que atrae a la vez por su arcaísmo y por su modernidad, se despliega en un territorio pequeño (20.568 km2) y cuya población no puede ser grande: alrededor de 3 millones de habitantes, siendo la parte española, con mucho, la más poblada.

La denominación del conjunto está sometida a las discusiones nominalistas, que vienen de antiguo. Sin remontarnos a tiempos de Cervantes y de Tirso de Molina (entonces se hablaba de “vizcaínos”, pues se refería a su condición social como hidalgos, más que por su origen territorial), esos territorios fueron conocidos como: Vascongadas, Vasconia, Euskal Herria, Euskadi, País Vasco, etcétera.

Mario Onaindía, comentando las polémicas nominalistas, afirmó con socarronería que los vascos creen que toda cosa que tenga un nombre será real, acabará existiendo.

El idioma vasco unifica el espacio territorial. Se habla en los tres territorios que forman parte de los dos Estados. Camus Bergareche analiza su origen. Los mitos sobre esa lengua fueron muchos: el idioma que hablaba el nieto de Noé (cuando fundó España); o que estaba relacionado con el que se comunicaban los íberos, antes de la llegada de los romanos a la península. (No hace muchos años, la Universidad Complutense publicó una tesis en la que su autor interpretaba “el íbero”, empleando fonemas vascos. Se lo pregunté a Juan Luis Arsuaga, como profesor de esa universidad. ¡Estaba escandalizado! Las palabras vascas que empleaba para traducir “el íbero”, ¡las había inventado Sabino Arana, en el siglo veinte!).

Bruno Camus se decanta por los estudios que indican que el vasco actual procede del antiguo aquitano, un idioma extinguido que se conoce como “vasco antiguo”. El vasco, euskera, o euskara, alcanzó su máxima difusión territorial en la Edad Media. Los locativos en vasco se extienden por todo el territorio de los tres espacios políticos, en comarcas que dejó de hablarse desde la Baja Edad Media; por ejemplo, las Encartaciones vizcaínas, la Llanada alavesa, las tierras navarras estructuradas por el Ebro o el entorno de Bayona, en el Labort francés. Muy posiblemente, el vasco sirvió para crear locativos en Burgos y en la Rioja.

Estamos asistiendo a una revitalización de esa lengua. Como ocurrió en la Edad Media, su mayor difusión geográfica y social está asociada a su unificación como idioma hablado y escrito.

Territorios, idioma vasco… ¡los Fueros son el tercer elemento distintivo! Por el azar de la Historia, las dos Monarquías conservaron durante muchos siglos unos ordenamientos legales medievales. Sin duda, leyes e instituciones que eran antiguas en comparación con las pautas estatales, por ejemplo, de un Luis XIV de Francia, o de su nieto Felipe V de España. Los Fueros chocaron con el centralismo modernizador de los Borbones (y después con el posterior Estado). Pero los británicos, por los mismos años, estaban transformando sus antiguas leyes y sus instituciones medievales —el “parliament”, entre otras varias- en lo que después serían el modelo de “Gobierno representativo, con separación de poderes y con Derechos individuales”.

Hubo mucha gente en la presentación de ese libro. Poquísimos políticos de hoy. Muchos del pasado. Los asistentes se interesaron por el futuro de la cultura vasca, y por lo que pueda pasar en “Vasconia”, especialmente, en las dos Comunidades españolas. Yo tengo una impresión (que expuse en el coloquio): mientras el conglomerado de la “izquierda abertzale” está lanzada en crear una nueva tradición nacionalista (“the invention of Tradition”), los demás partidos políticos se parecen a lo que Carlos Marx dijo de algunos españoles cuando se enfrentaron a Napoleón: “actos sin ideas”.

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