En su última visita a la capital Micah vino solamente acompañado de un amigo al que había enseñado a tocar la batería semanas atrás y dos guitarras prestadas con la fotografía de su chica en la acústica. Le habían robado el coche con todo el material dentro.
Tocó hasta la saciedad, estuvo cercano a pesar de su timidez y al terminar recogió sus cosas y bajó a saludar. No eran sus mejores días. En esta ocasión vino acompañado, más suelto, con temas nuevos, y su chica, desde hace unas semanas es su mujer, después de que el cantante parase un concierto en el Unión Chapel de Londres y se lo pidiese. Todavía lleva su foto en la guitarra.
Arranca el concierto a solas con Abilene, I keek having these, y la romántica Theres only one name. Ha roto la barrera de la timidez, pedir matrimonio en público debe ser buena terapia. Y poco a poco va hablando. Lo primero para asustarse del lleno que había llevado a la Heineken madrileña, hasta en los pasillos, baños y escaleras había gente. Va cambiando de guitarra eléctrica a la española según las canciones, y en su actitud se denota un cambio profundo, esa alegría que hace que la vida de los hombres se llene de un sentido vital.
Dolor, ilusión y optimismo en su vozLa primera ovación de un aforo enmudecido viene con Beneath the Rose, una de sus canciones más sinceras. Que enlaza con She dont own me.
A partir de aquí se van incorporando un banjo y una batería a las confesiones de Micah y sus nuevas composiciones. When we embreacer, Tell me it aint so y Brothers and sisters, no dejan indiferentes ante la novedad. Micah arranca su voz, la dobla y la rompe en mil pedazos en temas que van del susurro al berreo, y que dejan lugar al dolor, al optimismo y a su ilusión.
Diggin a grave es un ejemplo de dos minutos que expresa todo lo que el cantante tejano ha pasado en los últimos años, y la toca rápida mientras cava esa tumba a la luz de la luna.
Vestido de traje negro, camisa negra y corbata blanca se dirige al público en largas introducciones que se pierden en su fuerte acento y la terrible costumbre de hablar más rápido que en casa. “Lo siento, pero estoy muy a gusto”, explica justificándose.
Va encarando el final con una preciosa serie que bien resume sus últimos años. Close your eyes, Across the sea, The day the volume won, para despedirse de Madrid con un soberbio Patience, que rasga el silencio, las conciencias y las esperanzas.
Concierto largo y completo que deja esa agradable sensación de haber visto algo diferente, a un artista que todavía se sorprende de la atención y el cariño que recibe en España, y que se vacía en cada una de sus actuaciones ofreciéndose a si mismo como ejemplo de que las cosas pueden ir siempre mejor, eso sí, se necesita un poco de paciencia.