José Eugenio Soriano García | Miércoles 30 de mayo de 2012
En el Banco de España, como en todas nuestras Administraciones, lo primero que han hecho los políticos – esos que presumen de sacrificarse por todos y que ganan menos dinero de lo que ganarían en el sector privado – ha sido destruir la función pública. Y lo han hecho por cuanto un funcionario que ha ganado su puesto con una selección seria, objetiva, rigurosa, es una persona con una fuerte autoestima, que ni teme ni espera nada del poder, que todo se lo debe a sí mismo, que no es dependiente del partido político, ni del favor del Romero Robledo de turno.
Por eso, fueron los políticos ignorantes a por ellos, a por los funcionarios. Primero, reblandecieron los sistemas de selección. El ejemplo escandaloso de lo que está pasando ahora mismo en la Universidad, ¡donde el propio candidato designa al “Tribunal”!, sin ejercicios comprobables tampoco (cuenta su leccioncita aprendida de antemano sin someterse a la criba de un programa), donde una misteriosa amiga oculta que se llama ANECA saca, literalmente, miles y miles de profesores al año (unos 3.500) sumando ya como hazaña única en la historia científica mundial nada menos que unos 14.000 profesores y catedráticos en los últimos años (¿Dónde están los Premios Nobel que deberían aparecer en una masa de ¿acreditados?, superior ya a la suma de varios países de la Unión Europea?), en fin, en un país con la broma de más de ¡70! Universidades, donde la “regla de oro” consiste en la máxima endogamia de forma que todo profesor que entre de joven en la Universidad sabe que se hará catedrático de la misma, nunca de otra, pero que nadie de fuera vendrá a “robarle” su puesto, nos da idea de la endogamia, amiguismo, falta de calidad, mediocridad, gremialismo, que presiden la función pública. Basada, en este caso, en el lamido diario al Rector de turno, esto es, en el eclipse completo de la excelencia, dignidad y falta de competencia del aspirante local, que todo se lo debe a “sus” autoridades.
En segundo lugar, lo que hicieron los políticos fue, sin más, cambiar la función pública por el empleo público. Esto es, reglas laborales no administrativas, con el fin de que la Administración fuera el “empresario” y como tal, nombrara a quien quisiera. Ahí está, claramente, el inmenso número de auxiliares administrativos por debajo y de asesores por arriba que todo Alcalde que se precie, por poner un ejemplo, tiene. Asomarse a un Ayuntamiento es una experiencia que muestra y demuestra lo que hacen de verdad los políticos en cuanto llegan a un lugar. Nada de un programa racional de plantilla administrativa. Nada. Se trata de ir improvisando para así justificar de continuo, en compadreo con los sindicatos, lo que desean hacer con el personal. Y lo hacen. Consiste el invento en que, evitando toda transparencia y competencia (en el doble sentido de aptitud y de concurrencia en la selección) se nombra primero “provisionalmente” al amigo/a, vecino/a, pariente/a, y así, sin selección alguna, comienza a conseguir “puntos”; una vez que ya tiene suficientes “puntos” por calentar la silla e ir de paseo a la compra o de vacaciones con sus “moscosos” y demás gabelas, se “saca” a “concurso” la plaza, que naturalmente queda adjudicada al enchufado/a de turno, aunque no sepa hacer la “o” con un canuto, y queda fuera, con burla y candonga el pobre opositor libre, el cual, incluso, muy bien puede quedar el primero en la fase de oposición previa, pero luego, se suman los “puntos” por haber calentado la silla y ese desgraciado opositor que creyó en el esfuerzo, sacrificio y trabajo, se queda fuera. Esto es, la excelencia queda expulsada y la mediocridad y enchufismo – corrupción en definitiva – queda dentro. Es muy importante, además, que para quedarte dentro tengas, o bien amistad íntima con el que selecciona o bien que tengas algún carnet sindical, ya que el reparto aquí se hace como botín entre políticos y sindicatos. Hoy tener un carnet sindical en la función pública, vale su peso en oro. Pero eso sí, luego, hay que obedecer al sindicato toda la vida, en pura devoción.
Al final, el funcionario ya no es tal. Se convierte, en la mayor parte de los casos, en un puro empleado que todo lo debe a “su” político y a “su” sindicato. En consecuencia, nunca hará una inspección seria y solvente. Primero porque no la sabe hacer. La sabían hacer los “antiguos”, los funcionarios que efectivamente sabían y conocían, pero ya quedan pocos. Además, en segundo lugar, si por casualidad se le ocurre al empleado de turno hacer algo, será, siempre, siguiendo las instrucciones, orientaciones e incluso órdenes directas del político correspondiente, el cual, convenientemente, puede torcer el sentido del informe hasta retorcerlo a su placer. Finalmente, se puede presionar al empleado público sin límite alguno, ya que si se le ocurre mantener su dignidad profesional, puede acabar con un expediente abierto.
Esto, además, ha sido sostenido como bueno por una parte de la “intelectualidad” cercana a partidos políticos y sindicatos. La “Freundschaft“ (amistad, literalmente) ha pasado a ser teorizada inclusive como una buena fórmula para seleccionar al personal, diciendo que si uno tiene como amigos a los mejores, pues los mejores son los amigos, y por tanto hay que elegirles.
Esta es la situación. Por eso se está cayendo este país. Porque la dignidad ya no existe. Nos la han robado entre una clase política mediocre – con las excepciones que se quieran citar – y unos sindicatos que responden a intereses gremiales, no generales.
Recuperar la dignidad significa apostar por reglas objetivas, evitar la arbitrariedad y volver a permitir que cada uno sea responsable de lo que hace y lo que firma, de como se desenvuelve y de como responde. El camino para la sociedad está claro. Claro que así, sindicatos y partidos, pierden poder. Basta ver el Consejo de Administración de Caja Madrid, luego Bankia, para comprobar quien manda en este país y cómo llegan a conseguir mandar. Por la Gracia del Partido y del Sindicato. Y eso, exactamente eso, la pérdida de nuestra propia identidad en manos de ambos poderes soberanos, partidos y sindicatos, es lo que está dañando toda esperanza de recuperación.
Volver a las reglas. Ésa sería la solución. Claro, que perderían poder quienes ahora, a costa de todos, lo tienen, partidos y sindicatos.
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