Los Lunes de El Imparcial

Marta Sanz: Un buen detective no se casa jamás

CRÍTICA

Domingo 03 de junio de 2012
Marta Sanz: Un buen detective no se casa jamás. Anagrama. Barcelona, 2012. 314 páginas. 19, 90 €

Hace dos años, con la aparición de Black, black, black, Marta Sanz confirmó la absoluta solidez de su narrativa y el compromiso con una literatura exigente que no se conforma con sucedáneos ni modas tan efímeras como inconsistentes. En ese momento, tras haber publicado, entre otros títulos, El frío, reseñado en estas mismas páginas, Susana y los viejos –finalista del Premio Nadal 2006- y La lección de anatomía, ofreció una novela que, sin dejar de poder leerse como un absorbente relato policíaco iba mucho más allá del género, planteando un inteligente cuestionamiento, desde dentro, de sus propios resortes que, de manera paralela, resultaba también un homenaje a la novela negra, de la cual Marta Sanz se ha confesado seguidora. Especialmente de la línea encarnada por Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Maj Sjöwall, que pone el acento en la crítica social, y de figuras como Patricia Highsmith, que nos introduce en un turbio ámbito de complejidades psicológicas de alto calibre.

Precisamente, Un buen detective no se casa jamás está encabezada por una cita de Apuntes de la novela policíaca, de Chandler, en la que se explicita taxativamente la máxima que da título a la obra, donde, también, la turbiedad de Patricia Highsmith está muy presente en su trama y en personajes como Marcos Cambra, atractivo y exitoso podólogo que se parece a Alain Delon, actor que interpretó a Tom Ripley en el filme A pleno sol, basado en la novela El talento de Mr. Ripley de la autora norteamericana. Sin duda, uno de los mayores aciertos de Black, black, black fue la creación de Arturo Zarco, un singular detective que da una vuelta de tuerca al investigador clásico: Zarco, cuarentón y homosexual, está enganchado a Olmo, un seductor jovencito que le lleva por el camino de la amargura, y, a la vez, sigue dependiente de su exmujer Paula Quiñones, una lúcida inspectora de Hacienda siempre con los pies en la tierra. Y, sobre todo, Zarco es un detective que no resuelve los casos que se le encomiendan. En Black, black, black será su exmujer quien lo haga, y en Un buen detective no se casa jamás es incapaz de ver lo que se cuece ante su vista.

En su nueva entrega, Marta Sanz retoma el personaje de Zarco, voz narradora en buena parte de la novela, quien “con el corazón roto” por las infidelidades de Olmo y los sarcasmos de Paula, prácticamente huye de Madrid para instalarse en un riurau de la costa mediterránea, a donde ha sido invitado por su antigua amiga Marina Frankel. Allí no solamente se encuentra con Marina, sino con su adinerada y peculiar familia caracterizada por la profusión de gemelas monocigóticas en tres generaciones: la primera formada por Amparo Orts y su hermana Janni, la segunda por Marina y Ilse, y la tercera por las hijas de Ilse. Gemelas en las que “llegará un día en que esas mujeres idénticas comenzarán a separarse. Una será fea y la otra guapa: por lo que sé de Janni, ella y Marina son los miembros agraciados. Amparo e Ilse, los muñoncitos. Los rasgos son idénticos: la separación entre los ojos, la zona del cráneo donde empieza a nacer la cabellera, la disposición de los dientes, las huellas dactilares…; sin embargo, no el paso del tiempo, sino las acciones que se emprenden a lo largo de él, modifican las fisonomías”. En las gemelas Orts se cumple, como decía Albert Camus, que al llegar a cierta edad cada cual es responsable de su propio rostro.

Amparo, la matriarca del clan, se hizo cargo de las hijas de su hermana Janni y las ha criado y cuidado como propias. Tras tener varios novios y amantes, se casa, ya en la madurez, con Marcos Cambra, más joven que ella, y se dedica a incrementar sus negocios de carácter especulativo, que le reportan pingües beneficios, con mano tosca pero muy eficaz y cierto toque mafioso (su gato, por el que siente un gran cariño, se llama Corleone). A todas las mujeres que rodean a Zarco –“en este confortable riurau, hay demasiadas mujeres –niñas precoces, menopáusicas, solteras, frígidas, oscuras, luminosas, enfermas, mantenidas, amas, cuidadoras, sirvientas, hijas, sobrinas, prensibles, asqueadas, ausentes, extranjeras, autóctonas…”- se suma la voz fantasmática de su exmujer, cuyas puntualizaciones Zarco escucha constantemente como si llevara un Pepito Grillo dentro de la oreja. Porque el sui generis detective ideado por Marta Sanz continúa no únicamente sin poder zafarse de la dependencia de Paula, sino también en proceso de establecer otra de Olmo. Al llegar al riurau, Zarco desconecta el móvil, pero no hace otra cosa que mirar si tiene mensajes, esperando con ansiedad que la una y el otro se acuerden de él.

Si en Black, black, black aparecía el microcosmo de una comunidad de vecinos, ahora será el núcleo familiar la base, al igual que sucedía en otras novelas de la autora como Susana y los viejos. Así, en la familia de Amparo Orts se esconden no pocos secretos y muchas mentiras. Muchas envidias y muchos viejos rencores acariciados a lo largo del tiempo que estallan al hilo de los intereses y el deseo de poder y control. La familia de Amparo Orts está en el punto de mira de la crítica a una corrupta clase burguesa, aunque tampoco se salvan otros estamentos, pues “vivimos en un mundo en que sólo despiertan simpatía los sinvergüenzas, los bon vivants, los ricos que no lloran porque no tienen motivos, los que sacaron provecho de todas sus oportunidades y vendieron por más de lo que compraron y metieron en la incineradora el absurdo código moral que dicta que la codicia o el incesto deben ser castigados por las leyes.”

En Un buen detective no se casa jamás se entrelazan la crítica, propia de la novela negra de Chandler, con el espinoso universo de Patricia Highsmith, en una propuesta donde lo que importa no es ya la investigación policial, sino el descubrimiento del trasfondo, de las duplicidades, del misterio de la personalidad: “Ya he dicho que he cambiado los policiales por las series de cirujanos: no conviene llevarse el trabajo a casa ni confundir el ocio y el negocio -, mis habitaciones interiores, parecen a ratos el camarote de los hermanos Marx: Paula, Sigfrido, un bailarín, Grillo… Nadie puede saber, a ciencia cierta, cuánta gente lleva dentro”, dirá Zarco. Y también: “Qué pasa dentro de Cambra. A veces me gustaría desmontarlo como los niños destripan los relojes”. Lo que importa, pues, es cruzar al otro lado del espejo. En Un detective no se casa jamás Marta Sanz nos invita a ese fascinante viaje, servido en un estilo tan ambicioso y potente como personal, que nos sitúa en el corazón mismo de un relato que, en otra conseguida vuelta de tuerca –como la que llevara a cabo en el personaje de Zarco-, sobrepasa lo policial para convertirse en una fábula perversa, en un moderno y atractivo cuento de hadas, con su madrastra, cenicientas, y príncipes que no lo son tanto. Acepten la invitación. Pasen al otro lado del espejo. No se arrepentirán.


Por Rafael Fuentes

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