Víctor Morales Lezcano | Lunes 04 de junio de 2012
Hay períodos en el transcurso de la Historia que se empecinan en despertar ancestrales temores, como parece ser todo el lapsus de tiempo que media entre el 11 de septiembre de 2001 y -para España, al menos- el annus horribilis que está siendo 2012.
A lo que parece, cuando se concita un concurso de factores desreguladores de la normalidad que venía gobernando la vida de las gentes -su oficio y ganapán; su garantía de seguridad y bienestar- la toma de conciencia crítica, fundamentada en el análisis de la observación, conduce a la noción de crisis, crisis multiforme: económico-financiera, social y laboral; de las expectativas crecientes que habían prevalecido hasta que la crisis -larvada, probablemente, desde años antes de su exposición flagrante- hace acto de aparición ubicua en las sociedades pertenecientes a un área geocultural determinada.
Evitemos deslizarnos con entreguismo incondicional al leit-motiv de la decadencia de Occidente, tan magnético como irracional desde que la obra de Spengler impactara a los lectores de medio mundo en vísperas de agosto de 1914. Aquella evitación es advertencia de salud pública a no ignorar.
Sin embargo, cuando intelectuales de envergadura considerable vienen haciendo indicaciones y, hasta formulan diagnósticos sobre el estado insano de “la economía, la sociedad y la civilización” actuales (epígrafe del subtítulo con que aparecieron en el París de los años treinta y tantos del siglo XX, los Annales, compilados por Marc Bloch y Lucien Febvre), es que algo irregular, desconcertante, está ocurriendo en la esfera de la Historia, sin que los coetáneos acierten a entender con exactitud de qué se trata.
Véanse en apoyo de esta señal de advertencia, la serie de reflexiones que Tony Judt, Niel Ferguson y Paul Berman, entre otros, han publicado recientemente; y además, publicadas en castellano, como se puede comprobar todavía en la Feria del Libro madrileña de 2012.
El hecho de la crisis multiforme, empero, pone énfasis en la desregulación que viene sufriendo toda la Unión Europea desde hace unos pocos años, no sólo porque las aguas turbulentas -y traicioneras- de la globalización están dando al traste con buena parte del espíritu que insuflaron los padres fundadores de la Comunidad Europea a partir de la segunda posguerra del siglo XX, sino debido también a la incautación de un proyecto continental pensado para quinientos millones de europeos, aunque manipulado a la postre por cancilleres y burócratas en sus reductos bruselenses.
Jürgen Habermas y Hans Magnus Enzensberger, por su parte, han echado más de un cuarto a espadas a favor de la “depuración” de una eurozona amenazada desde dentro y por lo pronto -más allá de que el “faldón” cristiano ortodoxo de Grecia y católico de Italia y la Península Ibérica sean los escenarios financieros y sociales críticos por excelencia, al menos a día de la fecha.
En rigor, sería deshonesto pasar de largo por el atolladero de la actual ¿crisis o decadencia? del Occidente euro-americano, si se pretende escudriñar, entre otras cosas, la relación que puede haber entre las atávicas amenazas generadoras de inseguridad y la gradual progresión del fenómeno islamofóbico que impregna muchas de las manifestaciones mediáticas, callejeras y político-sociales de Francia, Holanda y Alemania. Es aquí donde se impone un punto y aparte, dada la reiteración con que se produce en la eurozona una islamofobia sintomática; y se impone, además, buscar, a la luz de ello, la relación de sentido que ésta pueda tener con la fenomenología de la eurozona en crisis. Lo veremos en la segunda parte de esta columna.