Opinión

En el centenario de Marcelino Menéndez Pelayo

David Ortega Gutiérrez | Martes 05 de junio de 2012
Es importante que no olvidemos el vivo recuerdo de nuestros grandes pensadores, y celebrando en este año el primer centenario de su muerte el 19 de mayo de 1912, vamos a dedicar unas breves líneas a recordar la vida y obra de don Marcelino Menéndez Pelayo. De entrada, estamos ante un gran erudito. Único español que logró pertenecer a las cuatro grandes Reales Academias: la de la Lengua o Real Academia Española, la de Ciencias Morales y Políticas, la de Bellas Artes de San Fernando y, por último, la de la Historia -de la que fue director en 1909-. También este santanderino universal -que vivió 56 años- fue director de la Biblioteca Nacional. Hablaba por lo demás ocho lenguas clásicas y modernas. Dentro de sus amplios conocimientos destacó en la historia de las ideas y en la historia y la bibliografía de la literatura española e hispánica. Su obra es verdaderamente amplia, de ella podríamos destacar La ciencia española (1876), Historia de los heterodoxos españoles (1880-82, ocho volúmenes de más de 500 páginas cada uno), Historia de las ideas estéticas en España (1883-91), Obra de Lope de Vega (1890-1902) y sus dos Antologías de los poetas líricos, una sobre los castellanos y otra sobre los hispanoamericanos.

Don Marcelino hizo los estudios de Filosofía y Letras en Barcelona donde encontró una primera influencia en la persona de Francisco Javier Lorens y de Milá. Sin embargo, fue en Valladolid donde trabó amistad con quien influiría más decisivamente en su persona y obra: Gumersindo Laverde. Éste le ayudo a elegir una parte importante de los temas que Menéndez Pelayo abordaría en su obra y a ahondar en el gusto por la filosofía. En 1875 se doctoró en la Universidad de Madrid, de la que fue Catedrático de Literatura, con tan sólo 22 años, después por cierto de conocer parte de las más importantes bibliotecas europeas.

En su época polemizó con el pensamiento krausista, era conocida su admiración por Juan Luis Vives, se le podría situar dentro del pensamiento monárquico liberal cristiano, aunque su figura fue bastante posteriormente radicalizada en los años de la Segunda República, Guerra Civil y dictadura de Franco. En 1956, aprovechando el centenario de su nacimiento, el régimen franquista buscó apropiarse y utilizar su obra y figura. Optaba Menéndez Pelayo por la armonía entre la fe y la razón. Sentía además un profundo orgullo por todo lo español, que estudió y puso en valor con fruición y brillantez, superando cualquier complejo de inferioridad que a veces nos agarrota a los españoles. A su muerte fue su discípulo Adolfo Bonilla quien heredó su testigo académico y memoria, sin olvidar a otro, el más brillantes e influyente de todos, Menéndez Pidal. Fue después Laín Entralgo posiblemente su mejor biógrafo.

Fue Don Marcelino sin duda un hombre de una especial erudición, que le llevó a buscar síntesis en pensamientos que para otros serían antitéticos. En él se puede encontrar cierta mezcla de tradicionalismo y modernidad; profundo sentido cristiano combinado con un claro sentir liberal fruto de su curiosidad intelectual; su casticismo y pasión por lo español se combinaba con su admiración por Europa, en una línea similar a la de su contemporáneo Unamuno; su gusto por la metodología de Taine no era incompatible con su atracción por el historicismo romántico de Herder, positivismo e idealismo convivían con naturalidad en su pensamiento y obra.

Fue Menéndez Pelayo, sobre todo, un trabajador incansable, la perseverancia y el rigor, junto a su excepcional memoria, impulsaron su trabajo. Hoy es importante recuperar a los grandes maestros para orientar a nuestra querida y desorientada España, a principios de la década de los años diez del pasado siglo, resonaban en la Real Academia de la Historia las siguientes claves y necesarias palabras para el devenir de nuestra Nación, muy en la línea del pensamiento de otros grandes como Ramón y Cajal, Giner de los Ríos, Costa o el propio Ortega: “A esta soledad llegan voces amigas que nos exhortan a perseverar sin desfallecimiento: voces las unas de compañeros y discípulos; voces las otras venidas de lejos y que no habíamos escuchado antes. En todas ellas palpita un mismo anhelo: la regeneración científica de España “

El amor a España guió a toda aquella generación de ilustres intelectuales, que buscaron la regeneración de España desde diferentes perspectivas y compromisos. Quiere don Marcelino despertar al pueblo español, orientarle frente al despropósito, utilizar lo mejor de nuestra historia para proyectar el futuro y evitar nuestros periódicos y habituales naufragios. Después de la experiencia de la Semana Trágica de Barcelona y en un discurso de homenaje a Balmes nos dice: “Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, y corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es el único que redime a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación del pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia nos hizo grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía”.