Opinión

El Estado avasallador

Enrique Aguilar | Miércoles 06 de junio de 2012
Decía el gran economista francés Jacques Rueff que “la gente pierde la libertad por el déficit fiscal”. Nunca he olvidado esta frase desde que la escuché y a estas horas, en una Argentina donde el Estado se permite alegremente violar derechos individuales para paliar sus propios descontroles, me parece plenamente vigente.

El artículo 14 de la Constitución Nacional señala: “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber: de trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender.”

De los citados derechos, cuando menos los que refieren a la posibilidad “de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino” y, asimismo, “de usar y disponer de su propiedad”, están siendo claramente conculcados debido al cerrojo impuesto a la compra de dólares, las mil y una explicaciones que cualquier hijo de vecino que pretenda trasladarse al exterior debe dar a la Administración Federal de Ingresos Públicos, o aun la propia injerencia de este organismo que ha avanzado sobre competencias que no le corresponden ejerciendo una vigilancia policíaca sobre los ciudadanos que sólo se explica por el hecho de que nuestra democracia se ha venido despojando de todo atributo que la relacione con el imperio de la ley y las máximas del gobierno limitado.

No se puede creer lo que estamos viviendo. Ciudadanos que no pueden comprar siquiera un dólar (sí, leyó Ud. bien, un dólar) porque la AFIP, organismo al que debemos solicitar autorización, responde: “Usted no tiene capacidad contributiva”. Y esa respuesta es recibida por miles de contribuyentes que son profesionales, ahorristas, comerciantes, empleados públicos, etc., quienes deben comprar un insumo extranjero, o desean realizar una operación inmobiliaria (las cuales desde hace décadas se realizan aquí en dólares) o meramente intentan salvar su dinero de una inflación que ronda el 25 % anual pese a lo que digan las estadísticas oficiales de las que el propio gobierno (que autoriza aumentos salariales cercanos a porcentaje) evidentemente descree.

Un Estado hipertrofiado y corrupto se está apoderando de nosotros, con funcionarios que ahorran (dicho sea de paso) en moneda estadounidense (empezando por la presidenta, que declara tener plazos fijos por tres millones de dólares). Mientras tanto, los índices de confianza en el gobierno descienden sensiblemente, el sector agrícola se lanza de nuevo a la protesta, los cacerolazos se reiteran y la mentira oficial crece intentando ocultar una realidad que tarde o temprano terminará por vengarse. ¿Por qué tanta obstinación? Quizá la explicación no se encuentre en la superficie sino en zonas más insondables que hacen a la conducta misma de los protagonistas. En mis épocas de estudiante leíamos un viejo libro del sociólogo norteamericano Harold Lasswell titulado Psicopatología y política. Volveré a leerlo para ver si en sus páginas puedo encontrar alguna respuesta.