PASO CAMBIADO
Viernes 08 de junio de 2012
Los españoles estamos encontrando en los últimos tiempos una gran cantidad de amigos generosos que nos quieren comprar la bala para que nos suicidemos. Europeos del euro, europeos de la libra y americanos del dólar nos instan a que de una vez por todas dobleguemos la cerviz y pidamos un rescate, que es una palabra ambigua que parece significar ayuda cuando es el lastre que lleva inexorablemente al fondo del pozo.
Cualquiera se permite opinar, como ese ignoto funcionario de Bruselas que nos ha acusado de “arrogantes” (cuyo anonimato no le ha impedido ser primera página en periódicos extranjeros y nacionales). Y lo que es peor, esa opinión de presunta verosimilitud pesa en el crédito de España, porque ha llegado el momento en que un comentario de un cuidador de canguros australiano termina por afectar nuestra prima de riesgo.
¿Arrogante España? España no lo es, ni soberbia ni altanera, desde el siglo XVI, y casi ni entonces. Desde luego, cualquier resto de orgullo patrio se difuminó justo antes del siglo XX, en 1898, para ser exactos, y, desde luego, poco hizo para conservar nuestro orgullo un dramático siglo con guerra civil incluida y con una dictadura que poca soberbia mundial nos dio, pues más bien terminó con una amplia sensación de vergüenza colectiva. Y por si nos faltaba poco, cuando parecía que empezábamos la homologación civilizada, un tipo con tricornio nos volvió a sacar los colores…
¿Arrogantes? Más bien los españoles hemos intentado ser los buenos de la clase para que los profesores (nada arrogantes ellos) nos aprobaran el curso. Pues cuando intentamos, en la época de Aznar, ser respetados como interlocutores solventes, después de ganárnoslo con un esfuerzo titánico, pronto llegaría un oportuno atentado que nos devolvería al papel subordinado de España en nuestro entorno.
De arrogante, España no tiene nada. Otra cosa es que los españoles queramos suicidarnos para demostrar nuestra humildad. Pues, hay que repetirlo, un rescate estatal supone una catástrofe social y política, pero, sobre todo, económica, porque si ya tenemos dificultades para ser financiados desde el exterior, esa financiación huiría en desbandada en el momento de explicar al mundo que no sabemos valernos por nuestros medios. Una financiación, por cierto, que iría directamente a aquellos países desde donde se pide insistentemente que acudamos al rescate.
Hay muchos que quieren que pase exactamente eso, que pidamos un rescate que sólo tiene condiciones angustiosas pero que no da ni una rendija de esperanza, salvo la de portarse muy bien (ajustes, despidos, destrucción de lo que quede del Estado de Bienestar) para conseguir que nos concedan otro nuevo rescate, que lleva a nuevos ajustes, hasta el siguiente.
Hasta los más tontos en Europa saben que España tiene problemas que resolver, pero sólo uno significativo. La desconfianza hacia nuestro país, no siempre producida por propios errores, aunque los haya habido, ha llevado a nuestras finanzas a una situación muy difícil de sostener si no se inyecta liquidez. Nada extraño puede sonar esto para Alemania, que metió 108.000 millones de euros a su banca. O a Gran Bretaña, con más de 100.000. O a Estados Unidos, con cientos de miles de millones de dólares a la suya.
Y es verdad que hemos desajustado nuestras cuentas, con un déficit del 8,9 por ciento. ¿Y Gran Bretaña, que tiene un 8,8? ¿Y Estados Unidos, con un 10? Incluso ¿y Francia, que tiene un 5,3?
Y es cierto que nos hemos endeudado. Pero bastante menos, por poner un ejemplo que Italia, y tanto como nuestros estrictos gobernantes (más bien estrictas gobernantas) europeos. Y no digamos nada la gran superpotencia del mundo, la sel señor Obama, que ya ha terminado por abrir una cuenta directa a China para que le compre deuda pública.
A todos ellos les cuesta financiarse infinitamente menos que a nosotros. Y todos los días, una agencia de calificación, un periódico (también los nuestros) o un funcionario de Bruselas sueltan un mensaje que todavía nos lo pone más duro. Y cada euro que podría venir a comprar nuestra deuda se marcha corriendo a Alemania, que ya casi cobra por tener el dinero ajeno.
Este ya no es un asunto en el que importa si un alto cargo tiene coche oficial o no, o sobre si un juez se gasta dinero en un restaurante. Pues está bien aprovechar la crisis para reforzar la moralidad pública, pero ése no es el problema. Basta recordar que si el señor Dívar se ha gastado dinero en viajes a Marbella, el señor Strauss Kahn se lo pulía con señoritas de nada dudosa reputación, y no por eso subía la prima de riesgo francesa.
Está bien el examen de conciencia, pero que quede claro que Europa, en sus miembros más conspicuos, ha jugado en la crisis por intereses particulares que recuerdan a los antiguos Balcanes. Unos se han beneficiado de las crisis de otros, y muchos han decidido poner en el ara del sacrificio a las doncellas ajenas para evitar ir ellos por delante.
Sólo que han jugado tan duro, que ahora se empiezan a dar cuenta que ellos serán los siguientes. La todopoderosa Alemania ha sufrido el descenso del rating para cinco de sus bancos por parte de las agencias de calificación (americanas, por supuesto). Francia está a punto de bajar de su querida triple A de solvencia. A ambos dos les pesa como una losa su exposición a la crisis griega… incluso a la italiana y la española. ¿Qué creen, que se van a ir de rositas con un eurito para media docena de socios?
Bien, si quieren matarnos, y matar al actual euro, que lo hagan. Pero no nos pidan a nosotros que nos suicidemos, porque una cosa es no ser arrogantes, y otra no tener instinto de supervivencia.
Ya nos han reñido suficiente. Ahora, si quieren echar una mano, háganlo. Y, si no, pues habrá que apañarse como se pueda y, ahí sí, ser arrogantes, ya que no tendremos nada que comer. Pero ya basta de ser el pim pam pum del mundo, que hasta las amas de casa de Kentucky nos ponen como ejemplo para asustar a sus niños.
O se refunda el sueño de unidad política y económica (fiscal, bancaria), que incluye apoyar a los socios en sus momentos difíciles, o se les acaba el chiringuito a los funcionarios, anónimos o no, de Bruselas, que ellos sí que se llevan una pasta a cuenta de nuestros impuestos que ya quisieran nuestros denostados políticos. Y ya veremos la gracia que le hace a la señora Merkel pagar ella solita la burocracia europea, que ése sí es un agujero de señores de negro que se han atribuido el papel de jueces de la horca, generosamente pagados por los ahorcados.
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