teatro
Viernes 08 de junio de 2012
Lo de Tribueñe sí que es Teatro, me dije mientras consultaba en el Diccionario de la Real Academia Española esta voz, una de cuyas acepciones es “el Arte de componer obras dramáticas y de representarlas”. Y es que la primera vez que acudí a la Sala Tribueñe me sorprendió tanto la calidad de su trabajo que, de pronto, la palabra Teatro me pareció llenísima de contenidos y matices. Se representaba un auto sacramental, “Dónde mira el ruiseñor cuando cruje una rama”, creación dramática de Hugo Pérez con música de Mikhail Studyonov, genial incursión en el arte dramático sacro; un placer para los sentidos, de enorme calidad literaria, pictórica y musical. Este Hugo Pérez conoce mucho Teatro, dije finalmente, sirviéndome de uno de los usos y cerrando el diccionario. Seguí acudiendo al Tribueñe: “Ligazón”, de Valle-Inclán, “La casa de Bernarda Alba”, de Lorca, “El Jardín de los cerezos”, de Chejov... Siempre salía presa de una grata ensoñación, envuelta en “esencia de Teatro” ……..qué bonito –me decía-; eso lo resumía todo.
Hugo Pérez e Irina Kouberskaya hicieron del Teatro Tribueñe su proyecto hace casi ocho años, porque -como ellos mismos dicen- no encajaban en ningún modelo de Teatro existente en Madrid. Ellos querían el suyo, al tiempo que crecer como artistas y personas. Anhelaban investigar, sumergirse de lleno en el maravilloso mundo de la creación y contagiar a otros su pasión. Sólo así se explica que Tribueñe sea, a la vez que teatro, cantera de artistas, gracias a sus clases de dramaturgia e improvisación, a las que acude gente de muy distintas edades, incluso niños, que, en alguna ocasión, han pasado, de ser meros alumnos, a completar el reparto del Tribueñe. Sólo así se explica, también, que en Tribueñe actúen varias sagas de actores, alguna de las cuales abarca ya tres generaciones, como la que forman la misma Irina Kouberskaya, su hija, Katarina Azcárate, y su nieta, Candela Pérez, de doce años de edad y que ya protagoniza obras. Y sólo así se explica, en suma, que las piezas representadas en Tribueñe sean tan diferentes entre sí, pero siempre convincentes y capaces de conmover, por su original concepción de la obra, por su riqueza musical, por su tremenda plasticidad.
La obra que se volvió a estrenar anoche, “Por los ojos de Raquel Meller”, lo hace por aclamación. El público la demandaba y ya cumple su sexta temporada, sin haber bajado de los escenarios desde 2006. Revive el personaje de la cupletista y actriz española Raquel Meller, modesta costurera aragonesa que saltó a la fama en los años veinte en Barcelona y tuvo un éxito nunca antes visto, en España y en Francia. “Por los ojos de Raquel Meller” repasa, con infinidad de números musicales, las actuaciones de esta impresionante artista -pionera en la liberación femenina y hoy en día casi olvidada- en los teatros de la época: el Teatro Arnau, París, Londres, Los Ángeles, Nueva York, Madrid, Buenos Aires, El Liceo… y va repasando, al tiempo que recorre el ambiente de los Cafés Cantantes, las varietés o la Revista internacional y nos sumerge de lleno en el ambiente de la belle époque y en la frivolidad –y también ingenuidad- de sus musicales, varias décadas de la Historia española –de 1910 a 1940-, con una simpática visión crítica.
Llevaba tiempo obsesionado con la figura de esta mujer, comenta Hugo Pérez, creador de la obra hasta en sus últimos detalles (desde el decorado de los telones hasta algunas de las piezas musicales, pasando por el vestuario), quien -a decir de Irina Kouberskaya-, ya en el primer ensayo hacía vestirse a los artistas, empezando por la ropa interior y terminando por la última horquilla del pelo, para que se sintieran dentro del personaje, y todo ello ¡con sesenta cambios de traje! Sin duda consiguió el objetivo deseado: “Por los ojos de Raquel Meller” es una maravillosa locura visual y sonora que merece la pena experimentar.
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