Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 09 de junio de 2012
Estoy harto de escuchar a xenófobos que culpan a los extranjeros de la crisis, de la delincuencia, de la prima de riego y hasta del mal tiempo. Me he cansado del olvido y el silencio que rodea a los miles de extranjeros que viven entre nosotros, trabajan o van al paro con nosotros, pagan impuestos como nosotros y hasta derraman su sangre por España en misiones internacionales llevando el uniforme de nuestro ejército. Alguien que vive aquí, trabaja aquí, cría a sus hijos aquí y hace suya nuestra suerte no merece la culpa que los más radicales arrojan sobre ellos. Si además de ser extranjeros son pobres, mejor ni les cuento. Al que no lo acusan de borracho o de vago lo tachan de maleante o de machista, como si lo llevasen en la sangre. Así que he decidido contar la historia de aquellos que no salen mucho en la prensa ni en los telediarios y que –día a día- contribuyen a que España siga siendo el gran país que es. Quiero hablarles de esos extranjeros que no se rinden ni abandonan la esperanza de construir su futuro aquí junto a nosotros.
Hoy les presento al primero: Alexander Chepurnoy. En torno a los cuarenta años, nacido en Ucrania, padre de familia, llegado hace más de veinte años, empresario y presidente de AIPEA, la asociación de los europeos del este en Alicante. Lo de ser padre es encomiable, lo de haber nacido en Ucrania interesante pero –coincidirán conmigo- lo de ser empresario en estos tiempos es simplemente heroico. Hay cientos de miles de extranjeros que están capeando la crisis con nosotros. Entre ellos, en España, muchos son rusos o rusohablantes como Alexander. Además de dar empleo a españoles y extranjeros, Alexander preside una asociación que da apoyo social a los extranjeros y asistencia a todos lo que la necesitan. Sí, a todos: ahora con la crisis han abierto un banco de alimentos que distribuye comida a extranjeros y españoles. Todos son voluntarios.
Este sábado celebran en Alicante el Día de Rusia en España y Alexander me invita a celebrarlo. Junto al puerto de Alicante hay conciertos, puestos de comida rusa, ucraniana, búlgara. El paseo se llena de acentos y lenguas eslavas. Mientras cae la tarde, suben al escenario del pabellón musical de la Concha grupos de danza y canto, dos flamencas, un grupo de rock fantástico y hasta un grupo de música búlgara que pone a bailar al público en un danza en círculo que me recuerda al kolo, la danza de los Balcanes. Patrocinan el acto la Embajada de la Federación Rusa, dos periódicos rusos, una emisora de radio rusa, la Diputación de Alicante, el Centro Ruso de Ciencia y Cultura y Alekspress entre otros. La tarde va cayendo mientras sigue el festival. En Alicante viven el 35% de los rusos de España y el turismo que viene de Rusia es una de las oportunidades de crecimiento del sector. Ya hablaremos otro día de las oportunidades económicas que los extranjeros residentes en España abren para la internacionalización de nuestras empresas.
Alexander tiene amigos españoles y habla nuestra lengua mejor de lo que yo hablaré ruso jamás. Trabaja a brazo partido y dedica a la asociación un tiempo precioso que beneficia todos y sirve para acercar a España el mundo eslavo. Sin Rusia, la historia de Europa –y por supuesto la de España- serían incomprensibles.
Alexander habla con verdadero afecto de España y de los españoles. Con la que está cayendo, sigue apostando por el futuro. Le gusta Alicante y conmueve escuchar las palabras de agradecimiento que tiene para esta tierra.
El sol se va poniendo sobre el mar mientras sigue sonando la música. Al otro lado, allá lejos, está la costa de África y si seguimos navegando el Egeo, el Adriático y el mar Negro; los puertos, los ríos y las llanuras de Bulgaria, Ucrania y Rusia y la extensión infinita de la estepa. Por cierto, otro día les hablaré de Rusia y de su música, que tanta afición despierta en España.
A Julián Marías le gustaba recordar que a España se la llamaba también las Españas. Igual que hay una América española hay una España americana, una africana… y a mí me gusta imaginar que, entre otras, terminará habiendo una eslava. Tal vez en esta diversidad –en este mestizaje- radique parte de nuestra esperanza y nuestra salvación.