Los Lunes de El Imparcial

Margaret Mazzantini: Nadie se salva solo

RESEÑA

Domingo 10 de junio de 2012
Margaret Mazzantini:Nadie se salva solo. Traducción de Carlos Gumpert. Alfaguara. Madrid, 220 páginas. 18 €

“Durante los dos primeros años de matrimonio las relaciones con mi mujer fueron, hoy puedo afirmarlo, perfectas… La presente historia pretende explicar cómo, mientras yo seguía amándola y no juzgándola, Emilia, por el contrario, descubrió o creyó descubrir algunos defectos en mí y me juzgó y dejó, en consecuencia, de amarme’. No, esta cita no es del libro que nos ocupa hoy, Nadie se salva solo, de la actriz y escritora italiana Margaret Mazzantini (Manola, 1999; No te muevas, 2001; La palabra más hermosa, 2008). Pero, cómo no rememorar las primeras líneas de El desprecio, de Alberto Moravia, aquella historia magistral de crisis matrimonial, de desamor y de ruptura a la italiana, en los años 50, convertida ya en un clásico de la literatura y también del cine bajo la cámara del mítico Jean-Luc Godard. El libro de Mazzantini vuelve sobre el tema de las relaciones conyugales en el contexto de hoy, sin más pretensión que la de presentar “un mortal ejemplo de pareja contemporánea”, como apunta la propia autora. Delia y Gaetano son los protagonistas, una pareja urbana y corriente, recién separada y padres de dos hijos de corta edad, Nico y Cosmo. El relato transcurre a lo largo de una velada en un restaurante al que acuden para hablar. A partir de este eje central se va tejiendo una conversación salpicada de pensamientos y recuerdos de ella sobre él, de él sobre ella, de la idea que cada uno se había hecho del futuro teniendo a sus respectivas familias como modelo y su propio pasado como referente de lo que vendría después.

Se evocan así pinceladas de sus primeros años juntos, de la llegada de los hijos, de la irremediable separación que les lleva ahora a tener que repartirse los días de vacaciones con los niños: “Dos hatillos tristes en el coche. Como si él no fuera el padre sino un ladrón de niños (es así como los jueces hacen que te sientas)”, dice Gaetano en un momento. Esta unidad de tiempo y de espacio confiere a la historia una dimensión teatral, escénica, a pesar de ser una novela donde no abunda el diálogo de tú a tú, sino que son precisamente las reflexiones no pronunciadas en voz alta, los comentarios de soslayo y en cursiva que rondan la cabeza de Delia o de Gaetano durante la soirée las que hacen avanzar la historia: “Cuántas veces se le ha ocurrido pensarlo, ¿por qué se mete uno en un bolsillo en vez de otro? Sólo para acabar así de mal… ¿Quién te conoce? ¿Quién eres? ¿Por qué me toca aguantar todo lo tuyo? Tus olores más íntimos y todo lo demás. Tu cara desilusionada sentada delante de mí.” Mientras que en la obra homónima de Moravia el desprecio mutuo es lo que arrastra al fracaso de Ricardo y Emilia (y quién no recuerda la interpretación de Michel Piccoli y Brigitte Bardot en la gran pantalla), la desilusión es el pan cotidiano de Delia y Gaetano. “Para él, el matrimonio no era gran cosa, una combinación de infelicidad y sentimentalismo. Pero era algo, por lo menos. Unos pilotes inestables sobre los que dejar una canoa, un ideal”.

Estamos ante una gran novela cien por cien contemporánea, una fotografía novelada de una pareja rota que propicia una reflexión, por otra parte universal, sobre el tema del amor “ideal”, del amor simplemente que dura y de las causas que hacen que, por el contrario, se termine. “Los deseos confundidos con las desilusiones, mal entremezclados. No han sabido compartir. Han sido ávidos, ingenuos. Y nadie los ha ayudado”.

El lenguaje coloquial utilizado por Mazzantini pone la nota moderna y realista a esta ficción, tan veraz como la vida misma. No faltan alusiones cómicas o más bien tragi-cómicas referentes al papel desestabilizador de los niños pequeños y a su fragilidad (sus ‘”cacas”, sus “llantos”, el “chupete”, las “pizzas”, los “purés”, “las varitas de merluza congelada”…), en contraste con otros dulces momentos de la vida doméstica de los que la autora nos regala sublimes imágenes: “Ponen las tazas para el desayuno, espían las miradas, los silencios. Dan besos aquí y allá, con el terror a equivocarse de momento, a equivocarse de mejilla. Esperan ellos también. A que el amor vuelva”. Margaret Mazzantini tiene el mérito de lograr un perfecto equilibrio entre lo real (los trapos sucios, el trabajo cotidiano que les engulle, el ritmo de la vida en la gran ciudad, las disputas, los insultos, las manías de ambos, los “joder”, “cojones”, “mierda’”…) y la aspiración de sosiego, la aceptación, al fin y al cabo, del final de una historia de amor en la que no hay víctimas ni verdugos, tampoco héroes. Una historia aparentemente banal y en un contexto minimalista, con la que muchos lectores se sentirán en algún momento identificados. Gracias a su capacidad para evocar el sentido trascendental que adquieren las pequeñas cosas del día a día, los gestos, los objetos, las miradas, los silencios, adivinamos que Margaret Mazzantini ha querido precisamente rendir un homenaje al “gran amor”, si esto existe, puesto que “también el amor se merece un santuario, una memoria”.


Por Pepa Echanove