RESEÑA
Domingo 10 de junio de 2012
Arnost Lustig: Una oración por Katerina Horovitzová. Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Impedimenta. Madrid, 2012. 168 páginas. 16,95 €
Arnost Lustig (1926-2011) es uno de los nombres más importantes de la narrativa polaca de la segunda mitad del siglo XX. Ha conseguido premios como el Frank Kafka y su nombre sonaba en los alrededores de la Academia sueca. Sin embargo, su obra estaba muy poco publicada en España donde solo contábamos con traducciones de Ojos verdes, la más famosa, (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2006), y Sueños impúdicos (Seix Barral), esta última en el ya lejano mil novecientos noventa. Impedimenta recupera ahora uno de sus títulos más reconocidos, Una oración por Katerina Horovitzová.
La obra de Lustig gira poderosamente alrededor del judaísmo y del holocausto nazi. En su juventud conoció los campos de concentración y esa experiencia condicionó su trabajo posterior. Una oración por Katerina Horovitzová no es una excepción: trata de la historia de un grupo de judíos, ciudadanos americanos que han sido apresados en territorio italiano y, al inicio de la novela, se disponen a ser intercambiados por el Reich, a cambio de una serie de mandos alemanes. A su grupo se une, por mediación de uno de ellos -el Sr. Cohen, que ejercerá una triste función como guía ciego de su grupo–, Katerina Horovitzová, una joven significativamente hermosa cuyos sueños de convertirse en una gran bailarina se han visto frustrados por la guerra.
Durante el viaje en tren que lleva al grupo al barco que los transportará al lugar del intercambio, los hombres son obligados a firmar las facturas supuestamente derivadas de los costes de la operación. Hasta el más mínimo detalle -desde la gasolina del barco hasta el precio de la comida– es anotado y cobrado onerosamente al grupo que, poco a poco, va encontrando desagradables y crecientes imposiciones que hacen más y más evidente el hecho de que la suya no es una operación de rescate, sino un expolio y que los supuestos costes no son otra cosa que el precio por su supervivencia. Mucho antes que ellos, nosotros ya sabremos que se trata de algo peor. Desde que el locuaz oficial del Reich que los acompaña pronuncia por primera vez, casi con indolencia, las palabras solución final.
El mayor mérito de Lustig es su habilidad para jugar con esa información que nosotros tenemos pero los personajes no. Esta no es una novela de misterio. El déficit de información de los personajes no se irá compensando poco a poco añadiendo datos nuevos para que vayan resolviendo una trama. Aquí Lustig convierte esa información terrible de la que nosotros disponemos en una intuición sombría para los personajes. Cuando el robo de sus bienes se haga más y más evidente veremos a Lustig presentarnos un relato magistral del miedo en las reacciones de los distintos personajes. Unos se dejarán arrastrar por el pánico, otros conservarán la esperanza. Otros llegan incluso a colaborar involuntariamente con sus verdugos, dándoles la oportunidad para abundar en sus atropellos y extender su extorsión hasta los familiares y allegados de las víctimas. Y, finalmente, Katerina, que en la última escena adquirirá una nueva dignidad al revivir el orgullo de su pueblo vistiendo la leyenda de una antigua heroína hebrea.
Aunque por extensión podría ser una novela Una oración por Katerina Horivotzkova funciona más bien como un cuento, al menos en el sentido novecentista. No importa tanto el desarrollo de los personajes como el correcto funcionamiento de una trama que avanza movida por el único impulso de la idea primera, que Lustig extiende con extraordinaria habilidad para mostrar los mecanismos de un mundo en el que la lógica, la razón, el honor o la legalidad quedan desarmados por la preponderancia de una voluntad fatal, de un poder macabro y absoluto que no necesita dictar la ley, porque su palabra es la ley, que no necesita juicios, porque su misma acción es una sentencia contra la que no se puede apelar. Por algo decía Quevedo que, donde hay poca justicia, es un peligro tener razón.
Por Miguel Carreira