Los Lunes de El Imparcial

Novalis: Poemas tardíos

RESEÑA

Domingo 10 de junio de 2012
Novalis: Poemas tardíos. Edición, traducción e introducción de Antonio Pau. Linteo. Orense, 2012. 188 páginas. 16 €

Una de las mayores dificultades a las que se enfrenta el lector contemporáneo de Poemas tardíos resulta el insoslayable muro que la Modernidad y la Posmodernidad han construido en torno a un cierto tipo de romanticismo, precisamente el de estos textos de Novalis (no tanto el que aparece en sus Himnos a la noche). La desconfianza hacia la Verdad, el cuestionamiento del Cristianismo y la entrada en crisis de la idea platónica del amor constituyen algunos de los pilares de esas dos tendencias de lo moderno; y precisamente la defensa de los mismos es lo que hallamos en los últimos textos de Novalis.

La herencia intelectual y artística de Baudelaire, Nietzsche, Freud y tantos otros consigue que el tono de muchos de los poemas que el libro recoge resulte inocente e ingenuo (a pesar de que la elección de esos atributos por parte de Novalis sea del todo consciente). Parece que la literatura occidental ha seguido más otras sendas abiertas por el romanticismo: la de Goya y sus monstruos; la de Turner con su disolución de la línea, el contorno y los límites; la de Blake y su puesta en cuestión del fenómeno religioso en El matrimonio entre el cielo y el infierno, etc.

A lo largo del libro publicado por Linteo, traducido y editado por Antonio Pau, podemos encontrar algunos poemas muy destacables como «El extranjero» (perteneciente a la primera sección: “Poemas de Freiberg”), «Se cubría de verde la primavera», «A Julia», «Cuando cifras y figuras» (de la segunda sección: “Poemas del regreso”) y «Hay en la piedra un signo misterioso» (de la tercera sección: “Poemas de la novela Heinrich von Ofterdingen”). Sin embargo, al lector contemporáneo se le hará dificultoso conectar con los textos del escritor alemán en los que se insiste en ideas como Verdad, Amor, Dios y Arte. No se trata de la temática, el panteísmo de san Juan de la Cruz también plantea esos mismos asuntos con resultados, a mi juicio, mucho más interesantes, sino el empleo de la ingenuidad y el tono melancólico presente en gran parte de los textos.

Al leerlos uno echa en falta la pasión whitmaniana por la naturaleza, la intensidad de Poe al recordar a la amada o bien el tono coloquial, próximo a lo popular y sus personajes, que aparecía en las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge. En mi caso, encuentro más al gran Novalis en los Himnos a la noche y en sus aforismos (por su capacidad para tensar el lenguaje y la idea, y dispararlos con certeza al intelecto del lector): “Nada más accesible al espíritu que lo infinito”, “Cada línea es un eje del mundo”, “Toda ceniza es polen y su cáliz el cielo”, “El espacio traspasa al tiempo como el cuerpo al alma”. En cualquier caso, quizá se trate de una incapacidad o de una debilidad por ese breve género de quien escribe esta reseña. Por tanto, lo más recomendable es que el lector se acerque al libro y haga su propia lectura. En Poemas tardíos siempre se podrán descubrir textos de gran valor que posiblemente desmientan mis palabras como sucede en «Se cubría de verde la pradera»: “No pude saber qué me ocurría, / ni lo que vi, cómo ocurrió. // Nos protegió el bosque de la luz del sol. / ¡Ya es primavera!, pensé entonces. / Y de pronto vi cómo en la Tierra / todos los hombres debían hacerse dioses. / Entonces supe bien qué me ocurría, / y cómo sucedió lo que veía.”


Por Óscar Curieses