Opinión

¿Quién se fía de los abogados?

Alicia Huerta | Miércoles 16 de abril de 2008
Me quedo mirando fijamente la fotografía del nuevo edificio que, en el llamado Campus de la Justicia, albergará el Juzgado de Guardia unificado de Madrid y no tengo más remedio que rendirme sin condiciones ante su apabullante vanguardia. Magníficas elipses que se superponen formando un cilindro revestido de una membrana de cristal. Sí, definitivamente, es el futuro de la justicia. Por lo menos en cuanto a su aspecto externo, porque por lo que se refiere a su interior, a ninguno se nos han olvidado todavía las recientes y sorprendentes imágenes de un juzgado, en el que los sagrados expedientes yacen olvidados y, sobre todo, descuidados, formando montones en pasillos, tramos de escalera y cuartos de baño. Claro, que si tales heterodoxos métodos de archivo funcionaran bien y no hubiera que lamentar las graves consecuencias de peligrosos asesinos sueltos que deberían llevar años encerrados y de pequeños delincuentes, con su pena cumplida, que han de aguardar varios meses para que les suelten, poco habría que objetar.

La gente en general, suele confesar que tiene miedo cuando debe acudir a un juzgado, que se pone nerviosa entre togas, vistas y sentencias, y a los abogados nos toca intentar tranquilizar, como podemos, a los clientes que acuden a nuestros despachos. Sin embargo, lo más terrible es que tampoco se fían de los abogados, ni siquiera del suyo propio. En realidad, en los abogados se confía mucho menos aún que en la justicia, ese valor absoluto que debería sosegar al ciudadano en vez de causarle turbación. Nos tachan de mentirosos, pero cuando alguien se ve con el agua al cuello, que es normalmente el momento en el que acude a un bufete, suplica que le saquemos del farragoso pantano de la justicia, que le arranquemos de las garras de jueces, fiscales y demás funcionarios judiciales. ¿Incluso mintiendo?, preguntamos entonces los letrados con esa mirada de pulcra inocencia que tan bien se nos da, y en ese instante, se olvidan de todos sus prejuicios y nos miran extrañados. Pues claro, lo que haga falta.

Como una de las pocas, muy pocas, lo reconozco, virtudes que tenemos los abogados como colectivo, es la falta absoluta de corporativismo, estoy convencida de que ninguno de mis colegas se va a molestar cuando lea la definición que el genial periodista estadounidense Ambrose Pierce hace de abogado en su agudísimo Diccionario del Diablo. Al contrario, seguro que se sonríen igual que yo. Dice así: “Persona que tiene legalmente el derecho de desarreglar los asuntos de quienes no tienen la habilidad para fastidiarlos por sí solos”.

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