Javier Rupérez | Jueves 14 de junio de 2012
Las Naciones Unidas, a través del encargado del contingente de observación, acaban de expresar su convencimiento de que Siria se encuentra en el comienzo de una guerra civil. El Gobierno de los Estados Unidos, a través de la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, se ha quejado públicamente de la venta de armas, y en especial de helicópteros de ataque, que Rusia estaría entregando al Gobierno de Damasco. Otros, posiblemente Turquía y Arabia Saudita, estarían haciendo lo propio con los opositores al régimen. Parece evidente que ambos bandos cuentan con una no despreciable cantidad de armamento pesado. La misión de pacificación de las Naciones Unidas dirigida por su ex Secretario General Koffi Annan no ha conseguido sus objetivos –por no decir abiertamente que ha fracasado- y el enfrentamiento sigue cobrándose centenares de vidas entre los insurgentes.
Las matanzas de civiles se multiplican mientras el Consejo de Seguridad, paralizado por la obstrucción sistemática de Rusia y China, se muestra incapaz de adoptar medidas eficaces de presión sobre el régimen de Al Assad: Moscú y Beijing son incluso contrarios a la imposición de sanciones económicas. La posibilidad de una intervención armada patrocinada por el Consejo de Seguridad aparece como una alternativa por completo descartable. La opinión pública occidental asiste con horror e impotencia al desastre y mientras algunos evocan las situación de los Balcanes en los años noventa del pasado siglo, cuando la comunidad occidental no tuvo mas remedio que intervenir para impedir la continuación de las matanzas, otros, en tonos todavía mas sombríos, recuerdan el holocausto de Ruanda, precisamente cuando la comunidad internacional se abstuvo de intervenir. La opinión pública americana y el Gobierno Obama se debaten entre la crisis de conciencia provocadas por la barbarie y la reticencia a participar de nuevo en un conflicto exterior. Tanto más cuanto que 2012 es año de elecciones presidenciales. Y analistas de todos los colores intentan por todos los medios averiguar quiénes son los integrantes de la oposición al régimen, entre en los que en un primer recuento se encontrarían banderías varias de fidelidad suní que y tendrían como único y tenue lazo de unión su aversión a la minoría alauita a la que pertenece el Presidente. Minoría a la que suman chiitas y cristianos.
Y siendo sintomáticamente grave todo lo descrito, lo resulta todavía mas si observamos que en realidad los enfrentamientos sirios apenas esconden una nada velada batalla por la supremacía en el Oriente Medio. Turquía, Arabia Saudita y los emiratos de Golfo han apostado abiertamente por el derrocamiento de Al Assad mientras que Irán -que desde hace tiempo mantienen relaciones privilegiadas con Al Assad- Irak, Rusia y China, por razones varias, han tomado posiciones en apoyo del brutal autócrata sirio. Los Estados Unidos seguirán buscando soluciones diplomáticas al conflicto pero sus simpatías se alinean claramente en el campo contrario al actual Presidente e Israel, en tensión permanente con Siria, contempla todavía con más prevención si cabe la posibilidad de una Siria convertida pura y simplemente en un satélite de un Irán nuclearizado. Las descripciones aplicadas a los países que hace todavía pocos meses atravesaron lo que de manera harto optimista se calificó como la “primavera árabe” tienen en Siria poco alcance. Está en juego no solo la desaparición de la escena de un dictador brutal sino además un tablero de intereses cuya complejidad anuncia un conflicto de largo y complicado alcance.
Washington no puede permanecer inactivo ante esa situación. Lo mismo debe aplicarse a sus aliados en la OTAN. Nadie debería descartar en principio una intervención militar por razones humanitarias, cuyas complejidades todo el mundo comprende pero cuya inevitabilidad puede presentarse en cualquier momento si el alcance de la sangría alcanza limites intolerables para las opiniones públicas occidentales. Tema este al que son por completo insensibles los líderes rusos y chinos, atentos únicamente a la promoción de un esquema de poder que favorezca sus propias zonas de influencia y sus derivadas políticas y económicas. Pero si de la crisis resulta una alteración radical del por demás inestable equilibrio en que actualmente se encuentra el Oriente Medio, tendríamos razones suficientes para temer el desencadenamiento de una grave crisis internacional. La que seguramente está buscando Al Assad para garantizar su permanencia en el trono ensangrentado que ya ocupó su padre. El rompecabezas sirio se esta convirtiendo en una de esas situaciones que afectan a la “paz y a la seguridad internacionales”, en los términos del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, y que en consecuencia reclamaría una acción contundente y preventiva del Consejo de Seguridad. ¿Serán capaces sus miembros de ponerse de acuerdo para conjurar el evidente peligro?
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