Opinión

Crisis por partida doble en la región mediterránea

Víctor Morales Lezcano | Viernes 15 de junio de 2012
El Foro estival de la pequeña ciudad marroquí de Assilah -a mitad de la ruta que une Tánger y Larache- organiza este verano coloquio y debate sobre un tema candente y complejo: Trastornos y Transformaciones en las sociedades ribereñas, tanto europeas (Grecia, Italia, España y Portugal) como norteafricanas (Egipto, Túnez, Libia y Marruecos, en particular).

En rigor, ha sido un acierto centrar en el Mediterráneo tumultuoso de hoy (y de siempre), las jornadas que se anuncian. Las penínsulas mediterráneas o están al borde de un precipicio (Grecia), o se han ido deslizando por la pendiente de los recortes de soberanía durante los últimos tres años (Portugal primero, España a continuación). Los ánimos ciudadanos no están muy altos en esos parajes meridionales de la Unión Europea, a sabiendas de que pretenden combinar austeridad a rajatabla con estímulo al crecimiento y disminución de la tasa de paro, pero ello exige arte económica, disciplina cívica y líderes adecuados. Se trata, además, de una constelación de países insertos en plenos procesos electorales, como es el caso de Grecia (16 de junio próximo), y acaba de serlo el de Francia (legislativas del pasado domingo 10 de junio).

Coincide esta situación de trastorno y transformación con no pocas alteraciones, cuyas causas y epicentro distan de ser sólo euro-mediterráneos, puesto que no es desatino atribuir a Bruselas y Berlín un alto porcentaje de protagonismo financiero en la zozobra que castiga el flanco sur de la Unión con perseverancia. Si bien se reflexiona, Bruselas y Berlín están jugando ahora el papel del maestro de escuela, severo en las advertencias y prescripciones que se ve obligado a dispensar a sus pupilos, embelesados hasta no hace mucho tiempo por la bonanza que trajo la prosperidad de los años 1995-2008.

Un cuadro de composición diferente, aunque de resultados bastante similares, presentan las sociedades al sur del Mediterráneo. En todo el norte de África, hemos asistido, hasta hace menos de dos años, a una verificación lamentable. Y es, lector, la siguiente: los regímenes autocráticos de Egipto y Siria, Túnez y Libia no tuvieron la precaución de reformar -desde arriba, naturalmente-, el estado social y económico de sus países, castigados por la ley de la concentración creciente de beneficios en manos de los núcleos gobernantes y de sus esferas limítrofes, de tónica clientelar y cleptócrata manifiesta.

En un proceso de empobrecimiento generalizado a escala regional -norteafricana-, amplios sectores de la población magrebí y egipcia se fueron viendo económicamente maltratados, mientras que los “mandarines” del mundo árabe-islámico, dotado de recursos energéticos con largueza, invirtieron en el exterior suculentas plusvalías que podrían haber mejorado la calidad de varios sectores públicos imprescindibles, como la sanidad, la educación y la investigación.

Al desmoronarse los regímenes “sultaníes”, después de tres o cuatro decenios de apropiación celosa del poder político, nos encontramos ahora ante escenarios diferenciados -no es lo mismo el panorama que ofrece Marruecos, de una parte, y Libia, de otra, por poner un ejemplo-. Todos los escenarios reflejan, sin embargo, el síntoma de un islamismo político en ascenso, que puede confirmarse como vencedor en Egipto merced a la convocatoria de la segunda vuelta de las elecciones generales, prevista para el domingo 17 de junio.

Tanto, pues, en las penínsulas del Mediterráneo europeo como en los países ribereños del norte de África, las clases dirigentes y sus partidos políticos, o los autócratas de turno entre los árabes, han contribuido a fomentar la Dolce Vita (Europa) y la Cleptocracia (Mundo Árabe) indiscriminadamente, con daño, a la larga, para la hacienda y los circuitos financieros. Los gobiernos mediterráneos en Atenas, Roma y Madrid han desoído las advertencias bruselenses, mientras que los autócratas norteafricanos han ignorado paladinamente el Informe sobre Desarrollo Humano en los Países Árabes que produjo la UNESCO en 2002, perseverando todos en un comportamiento tan etnocéntrico como ostentoso.

Concluyendo: por doloroso que resulte afrontarlo en la convocatoria que lanza para “menú de verano” el Foro de Assilah (Arcila en la etapa colonial española), no deja de ser oportuno proceder al análisis en perspectiva (espero) de los errores encadenados que han colocado a los países del Mediterráneo europeo en la situación de deterioro a que vienen enfrentándose de un tiempo a esta parte, mientras que sus partenaires norteafricanos continúan buscando una salida honrosa de la incertidumbre en que algunos de ellos (Egipto, en particular) están involucrados desde el estallido de la “primavera árabe”.