Demetrio Castro | Viernes 15 de junio de 2012
Si Aldous Huxley no hubiese publicado en 1932 “Un mundo feliz”, “1984”, de Georges Orwell estaría considerada sin discusión la mejor distopía del siglo XX, pero siempre será imposible decidir cuál de las dos obras lo es. En el asfixiante universo totalitario de Oceania vigilado por el Gran Hermano, incluye Orwell un asunto aparentemente episódico pero que descubre la entraña misma de la tiranía ideológica: el rito diario de execración del enemigo imaginario, el Golstein cuyo modelo real debió de ser el Trotsky demonizado por el estalinismo. Los miembros del partido y la población en general debían expresar durante unos minutos, día tras día, odio irrefrenable a aquel enemigo del que no sabían demasiado excepto que merecía ser odiado y merecía ser odiado porque era enemigo. Como la realidad imita fielmente al arte, la izquierda universal y la española muy en especial, seguida en esto por los nacionalismos que participan de las mismas querencias totalitarias, se entregan con ardor a los minutos del odio dedicados a todo aquél que osada o imprudentemente desafía el afán dogmatizador y de aniquilamiento de la discrepancia que es propio de las expresiones más conspicuas de esas ideologías, sólo que los minutos no son unos cuantos sino todos los de las veinticuatro horas de todos los días del año.
Un odio que mezcla desprecio y abominación por quienes no se avienen a compartir los mismos entusiasmos participando de las mismas exaltaciones, con encendido afán purificador y punitivo. Porque esa negación a aceptarlos sólo puede proceder, dan por sentado, de una naturaleza pervertida y de propósitos inconfesables. De igual renuencia culpable a la virtud en cuyo nombre y por análogos razonamientos Robespierre y su banda jacobina mandaron al cadalso a centenares de personas sentando con ello escuela frecuentada desde entonces por toda suerte de Incorruptibles y Amigos del Pueblo. Un odio que se alimenta de una drástica amputación de las complejidades de la realidad, de una voluntariosa eliminación de todo tono intermedio entre el blanco y el negro, de un maniqueísmo infantil; entre otras cosas. Si, pongamos por caso, una personalidad de la jerarquía católica expresa, en un recinto cerrado y ante un auditorio allí reunido libremente, los puntos de vista morales propios de esa confesión sobre las relaciones homosexuales, criterios que nada tienen de nuevo ni de especialmente escandalosos y que, quiero creer, la mayoría de quienes no compartimos esas creencias oímos como tantas otras cosas discutibles y complejas, se pone inmediatamente en marcha el mecanismo de minutar el odio, que es el de expresarlo y alimentarlo, y se piden, ya que no las penas del infierno, todas las demás posibles, incluyendo la muerte civil, el procesamiento penal y la penitencia pública en forma de petición de perdón, no está muy claro a quién pero necesario como humillación y escarmiento. Si una personalidad política hace observaciones ponderadas y nada irrazonables sobre la conveniencia de adoptar algunas medidas que disuadan del escarnio colectivo e impune de los símbolos nacionales, se desata la gritería del odio haciéndola objeto de ataques verbales que van de chistecitos pueriles a amenazas de muerte. Si un periodista informado y brillante sostiene argumentos que desagradan, se le somete a una persecución insidiosa que acaba implicando riesgo serio para su integridad física. Todo ello siempre acusando a los execrados de provocadores y contumaces. Como con Golstein, hay que odiarlos porque existen. Por lo que son, sin que lo que hagan o digan sea más que ocasión.
Por descontado que no todo el mundo, quizá la mayoría, procede así en la izquierda y hasta puede que haya algún nacionalista que rompa la disciplina del odio. Naturalmente que en el fondo de esas actitudes hay complejas razones de frustración y otras reacciones que los psicólogos sociales, y los individuales, explican con mayor o menor elocuencia. Pero parece también poco discutible que el furor de los minutos del odio crece y se hace más procaz, revelando una cultura política izquierdista primaria y agresiva, una conducta de exclusión que evoca cuando no reproduce expresiones a las que, inocentemente, se suponía propias de otro tiempo y superadas. Impermeable a la convicción de que uno de los principios esenciales de una sociedad genuinamente democrática es la disposición de sus individuos a garantizar activamente el derecho de cualquiera a sostener libremente toda idea que no sea exaltación del delito aunque lo sostenido resulte personalmente antipático. Lo peor es que el Gran Hermano o el Inner Party, es decir las élites afines que podrían orientar esa cultura política repudiando sus manifestaciones o distanciándose de ellas, promoviendo en cambio una práctica política de confrontación de argumentos en vez de fobias, no lo hacen y en ocasiones incluso las jalean. Saben que Golstein no existe pero resulta imprescindible cuando se prefiere una política de simulaciones y vehemencias, de muchas consignas y pocas preguntas. Como en Oceania; igual de horrible.