RESEÑA
Domingo 17 de junio de 2012
Hans Fallada: El bebedor. Traducción de Christian Martí-Menzel. Seix Barral. Barcelona, 2012. 347 páginas. 19,50 €
Quizá nadie mejor que Dostoievski bajó al infierno de la adicción, en su caso a los juegos de azar, en su novela El jugador, donde, a través de su personaje, Alexei Ivanovich, refleja su propia experiencia como habitual de los casinos, enganchado a la ruleta. Pero, sin duda, no le va a la zaga el alemán Hans Fallada, seudónimo de Rudolf Ditzen ( Greifswald, 1893- Berlín, 1947), alcohólico, adicto a diferentes tipos de drogas, y de conflictiva personalidad ya desde su adolescencia y juventud: las relaciones con su padre, un estricto magistrado del Tribunal Supremo del Reich, empeñado en que su hijo estudiara Leyes, a lo que Fallada se negó, no fueron precisamente idílicas, y a los dieciocho años acordó con un amigo un suicidio conjunto mediante un duelo. El resultado de tan rocambolesca idea, fue que su amigo murió y Fallada salió herido y acusado de homicidio. Fallada poseía todas las papeletas para arruinar su vida, que se convirtió en un rosario de negros episodios, con entradas y salidas continuas en la cárcel y en hospitales psiquiátricos, hasta que falleció, víctima de una sobredosis de morfina.
No importan, sin embargo, las muchas desventuras que acumuló sino cómo trasmutó la desdicha en literatura, abriendo el eterno interrogante que lleva a preguntar una y otra vez sobre el nexo entre sufrimiento y creación. Fallada, sin duda, es en ello un maestro. Las páginas de El bebedor, de título tan austero como contundente, en consonancia con la manera en que Fallada nos sumerge en la cuestión, están impregnadas de una angustia creciente, pero, en ningún momento, hay desmelenamiento ni se nos pide la más mínima compasión, ni siquiera quizá comprensión, ante su debilidad. Parece como si la sombra de su padre planease sobre quien fue incapaz de controlar su tendencia autodestructiva, erigiéndose él mismo en su más severo juez, en su más implacable testigo de cargo. El estilo de Fallada trasmite una frialdad que hace, si cabe, más impactante la historia de Erwin Sommer –protagonista de la novela, y contrafigura del propio Fallada-, empresario que, en primera persona, nos relata cómo sucumbió a la bebida y sus nefastas consecuencias al pasar a ser un esclavo de la botella: graves problemas de trabajo y familiares y constantes peleas con su esposa –que quiere ayudarle sin conseguirlo- hasta un traumático divorcio.
Con tanta precisión como dureza, Fallada disecciona a su personaje, en cuyo centro se alza un monumental autoengaño que niega una y otra vez la realidad (“Me aclara la mente. El alcohol es perjudicial cuando uno no lo sabe llevar, pero no es mi caso”) y un deseo de vivir en un universo sin responsabilidades (“Embriaguez, olvido, ir a la deriva en la corriente del olvido, entrar en el crepúsculo, hundirse en la negritud, allí donde no hay ni fallos ni arrepentimiento…”) y sin la presión de la mirada ajena –quizá sobre todo de la paterna: “Siempre he sido una persona blanda, he necesitado la simpatía y el reconocimiento del mundo, aunque nunca dejara que se notara y siempre aparentara mucha convicción y seguridad en mi mismo”. Así, Erwin Sommer se tortura con pequeños hechos a los que otorga una importancia trascendente, como, por ejemplo, estos dos referidos a su mujer: “En una ocasión se olvidó reofrecerme pastel durante un cumpleaños que celebrábamos en nuestra casa: yo nunca como pastel, pero antes siempre me lo ofrecía. Y en otra ocasión durante tres días pasó por alto una telaraña sobre la estufa de mi habitación. Yo revisé todas las habitaciones, pero en ninguna había una telaraña, sólo en la mía. Quise esperar a ver cuánto tiempo la dejaba allí para fastidiarme”.
Hans Fallada escribió El bebedor de manera compulsiva, en apenas quince días, cuando estuvo internado en un psiquiátrico carcelario, bajo la acusación de intento de homicidio contra su exmujer. Paralelamente a esta novela, Seix Barral ha publicado En mi país desconocido. Diario de la cárcel, 1944, que tiene también mucho de ajuste de cuentas consigo mismo y con el Tercer Reich, época en la que Fallada permaneció en Alemania, a diferencia de otros escritores que marcharon al exilio. Ambos textos, inéditos en España, los compuso a escondidas y en una especie de código secreto y letra microscópica que se tardó tiempo en descifrar después de la muerte de su autor. Afortunadamente, se logró. De Fallada muy recomendables son también las novelas Pequeño hombre ¿y ahora qué? y Solo en Berlín, publicadas hace unos años en nuestro país por Maeva.
Por Carmen R. Santos