Opinión

El Ejército y la Mezquita Coliden en Egipto

Víctor Morales Lezcano | Martes 19 de junio de 2012
En rigor, no hay desafío intelectual superior al que plantea un estado de cosas y una situación dada que se presienten efímeras; casi siempre debido al carácter evolutivo -o involutivo- que ofrece el panorama a la vista cuando éste invita a considerarlo con aprensión. Viene esta puntualizando a propósito de la inflexión observable durante las últimas semanas en el decurso de acontecimientos sociales y políticos que Túnez y Egipto experimentaron a lo largo de 2011.

El 18 de febrero de ese mismo año, el autor de esta columna se preguntaba si Mohamed Ghannouchi en Túnez y Ahmed Shafiq en Egipto acertarían a conducir felizmente la Transición egipcia y tunecina, como, por ejemplo, la que se logró realizar en España y Portugal hace treinta y cinco años. Si cito ahora la pregunta que trasladaba yo mismo entonces al lector de EL IMPARCIAL, es debido al cambio de horizonte inmediato que se ha podido contemplar estos días en las dos sociedades del norte de África que fueron precursoras de la “primavera árabe”. Un horizonte sobre el que planea la sospecha de una involución; o, por lo menos, la convicción de que la transición a la democracia va a ser en el norte de África más costosa de lo que se prefiguró en los medios periodísticos y mediáticos, en general, a lo largo del año pasado. La hora suena escéptica y las campanas doblan en alguna linotipia por el desfallecimiento parcial de las expectativas que abrieron en su momento Túnez y Egipto al Mundo Árabe.

No se trata de que en Túnez el proceso electoral no haya conseguido consolidar una troika institucional un tanto equilibrada. En puridad, Moncef Merzouki es un presidente de la República respetuoso con la democracia donde lo haya; como lo es también Hamadi Jebali, presidente del gobierno tunecino. Sin embargo, el clima público reinante en Túnez se ha ido viciando, aunque no haya llegado todavía a ser tumefacto: ajustes de cuentas, batallas verbales y mala fe gratuita están malogrando la alegría inicial de una transición bienquista por doquier (acordémonos de que se la llegó a bautizar con el epíteto de “revolución del jazmín”) -salvo, naturalmente, por sus enemigos hereditarios, favorables e incondicionales al espíritu de la contrarrevolución-. Es una pena que esto ocurra en la grata tierra de la milenaria Tunicia, llamada Ifriquiya (¿África?) a partir de su islamización en la segunda mitad del siglo VII. Muchos islamistas se extralimitan en sus reivindicaciones puristas, mientras que los sectores liberales temen lo peor.

El caso es, empero, que el no menos milenario País del Nilo ha sido conducido, por su parte, a una suerte de embudo en cuya angosta terminación se siente atrapado, ¡y de qué modo!. Recuérdese que la rebelión popular que se desató el 25 de enero de 2011 en la plaza de la Liberación cairota, no logró canalizar su impulso libertario hasta un año después, cuando la población de Egipto se decantó en el mes de enero de 2012 por una mayoría islamista, para constituir el nuevo Parlamento de la nación. Sin embargo, los entonces vencedores en las urnas se han embriagado gradualmente por el éxito obtenido en los comicios: 45 % de los votos emitidos fueron para los Hermanos Musulmanes, mientras que los ultraconservadores del partido salafí -con Hazem Abu Ismail a la cabeza- sorprendieron a no pocos observadores al copar el 25% de la población votante. Como suele ocurrir en democracias en estado de pubertad, los excesos demostrativos se repiten en demasía.

El hecho palpable, hoy, reside en la vuelta de tuerca sibilina que un tribunal constitucional, de inclinación mubaraquista comprobada, ha dado a las elecciones presidenciales que venían transcurriendo en Egipto desde hace un par de semanas. El Tribunal no sólo ha disuelto el Parlamento y anulado la comisión redactora de una Constitución vertebradora de la República, sino que ha facilitado al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas un protagonismo decisorio que, cierto es, había tenido en la sombra desde que el mariscal Tantawi asumió el control provisional de la transición egipcia a partir de febrero de 2011.

Dejando aparte el sesgo “golpista” que revela la sentencia de los magistrados del Tribunal Constitucional -dirigida a facilitar la anulación o, al menos, a contrarrestar la supremacía obtenida por el sector islámico egipcio en las urnas-, hay dos extremos subrayables aquí, que se desprenden de los acontecimientos que han pespunteado este dramático fin de semana en el País del Nilo. El primero de ellos concierne a las divisiones internas que minan las candidaturas antimubaraquistas, al modo “levantino” más puro: todos -islamistas, liberales, neutrales- contra todos. El resultado de estas fratrías en disenso no ha hecho sino trabajar a favor del candidato mubaraquista que es el general Ahmed Shafiq, de reconocidos servicios prestados al régimen anterior al 25 de enero de 2011; y en quien depositarán su confianza, muy probablemente, no pocos egipcios instalados en la máxima de que “prefieren la injusticia al desorden”. Mientras que Mohamed Morsi, un hijo del pueblo que fue ascendiendo socialmente tanto por su brillante currículo como por la cooptación que sus iguales le confirieron en el seno de la Cofradía de los Hermanos Musulmanes, puede salir dañado, en cuanto candidato del Islam político moderado (¿?), en la segunda vuelta de las elecciones que se acaban de celebrar en Egipto los días 16 y 17 del mes corriente. Puesto que el recuento de los resultados sólo se sabrá en el transcurso de la semana, habrá que esperar a entonces para conocer quién ostentará la presidencia de la segunda república de Egipto. No es un rasgo de esquizofrenia al uso, sospechar que, una vez encarados el Islam y el Ejército al llegar la prueba de la evidencia electoral, el orden mubaraquista haya optado por ejecutar un acto contrarrevolucionario antes de que el método de la democracia pueda hacer que el País del Nilo caiga en manos del Islam político que un maestro de escuela coránica, Hassan al-Banna, configuró hace ochenta y cuatro años en la ciudad de Ismailia.

La contrarrevolución en Egipto ha logrado defenestrar con informes adversos a los electos parlamentarios, sembrando la sombra de una duda sobre la idoneidad política de la Cofradía y allegados para desempeñar la tarea de gobernar el país-bisagra por antonomasia que conecta el Magreb con el Oriente -Próximo y Medio-.