Alicia Huerta | Miércoles 20 de junio de 2012
La política lleva siempre un componente de demagogia que apela a las pasiones que habitan en los extremos de todo ser humano, en unos más que en otros. Ocurre en cualquier lugar del mundo. Luego, basta añadirle la salsa típica de un país en concreto para que el citado ingrediente dé cómo resultado una política más o menos picante, más o menos empalagosa o, en definitiva, más o menos digerible. Y la política de un país refleja en gran medida a su sociedad. Es casi de Perogrullo porque los políticos son quienes nos representan, por mucho que ahora queramos gritar en las calles que no lo hacen, “que no nos representan, que no”. Sin embargo, son las reglas del juego, ese que llamamos democrático.
En España, la salsa que parece combinar mejor con la guarnición de demagogia - a veces plato principal o plato único - de la política, es, sin duda, la cocinada a base de extremismos. No es que sea una buena receta, pero a base de transmitirla de generación en generación parece que ya no sabemos trajinar en la cocina de otra forma. Puede que se trate de un rasgo genético que debería de ser tenido en cuenta como atenuante a la hora de juzgarnos a nosotros mismos, si alguna vez lo hiciéramos, pero al mismo tiempo parece lógico pensar que si somos capaces de identificar ese rasgo, podríamos también intentar hacer un pequeño esfuerzo para templarlo. O, en caso contrario, verlo como lo que es, un irracional agravante. Sin embargo, por lo general, no se ve. Por eso es más que bueno que llegue alguien con autoridad moral y no política para recordárnoslo, alguien a quien no avalan o, por el contrario, no lastran los votos, tantas veces depositados en las urnas en uno de esos arranques extremistas y fanáticos tan nuestros, sino que viene acompañado por unos incontestables hechos y sus resultados.
Vicente del Bosque daba el martes una rueda de prensa en la que sus palabras en clave deportiva, apelando al sentido común y a la templanza, daban de lleno en el clavo de cualquier filosofía de vida con anhelos de equilibrio existencial. La expresión del seleccionador nacional reflejaba, además, tanta pesadumbre que es de esperar que lo dicho calara en más de un aficionado de esos que, después de años de vivir en la pobreza absoluta de grandes títulos, ahora creen tener derecho divino a ellos. La Roja lleva ya varios años dando alegrías, también ejemplo de que un equipo siempre es mejor que una o dos rutilantes estrellas sueltas por el campo. Nos ha dado, sobre todo, un espectáculo de tanta belleza que, en ocasiones, parecen interpretar la coreografía más clásica de “El Lago de los Cisnes”. Pero queremos más, o quizá, es que lo queremos para siempre.
Nadie ignora, sin embargo, que cuanto más alto se llega, más dura será la caída y que esta, antes o después, acaba por llegar. Resulta difícil hacerse una idea de la presión con la que hemos cargado las piernas de los jugadores y las manos del portero. Y si hay algo que puede acabar con la autenticidad del juego de una selección a la que se adora no sólo en nuestro país, eso es el miedo. El miedo a defraudar, a no tener un buen día, o, simplemente, a que los otros sean mejores o, como diría otro deportista con gran sentido común, Fernando Alonso, tengan más suerte.
Del Bosque se quejaba de que sus chicos fueron los únicos que no celebraron con los correspondientes abrazos de alegría haber pasado a la siguiente fase. Y eso que al final lo hicieron a lo grande, marcando para pasar como primera de grupo. Que sufrimos y nos quedamos con las ganas de ver otro ballet torero como el que se marcaron en el partido contra Irlanda, pues sí, pero ¿acaso alguien ha creído por un momento que el pobre que se hace rico tiene garantizado que nunca más pasará hambre? ¿Que no tendrá que volver a batirse con quien anhela arrebatarle su riqueza? Precisamente en eso consiste la competición. Como bien dice el seleccionador, ya no valoramos lo que tenemos, es decir, una fantástica selección a la que desde aquí debería llegarle un único mensaje por parte de quienes nos deleitamos con su juego: que, ganen o pierdan contra Francia el próximo sábado, siguen siendo igual de buenos.
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