José Antonio Sentís | Miércoles 20 de junio de 2012
Coincide en el tiempo la agudización de dos noticias que, por otro lado, se pueden considerar ya permanentes: la crisis económica y el fútbol, esta vez en la Eurocopa. Aparentemente son dos campos distintos, y queda muy forzado hacer metáforas entre ellos. Pero en este minuto (y resultado), viene al caso.
Lo que es común a ambas es la forma de abordarlas por los españoles, singularmente en su traducción por una buena parte de los medios de comunicación. Para resumirlo, los análisis de esas situaciones expresan desconfianza, pesimismo, desprecio de lo propio, rencor por lo ajeno, profundización obsesiva en los errores y pusilanimidad ante los aciertos.
Se puede achacar esto a las tradiciones filosóficas o religiosas que nos impregnan, o a cualquier otro fenómeno histórico, psicológico o antropológico. Pero es realmente un escándalo observar a tantos y tantos comunicadores en el ejercicio de autoflagelación constante, arrojándose ceniza en la cabeza y, de paso, buscando algún culpable que echar a la hoguera, instrumento también de rancia tradición.
En esquema, la situación es la siguiente: si tenemos éxito en algo es por casualidad afortunada, o por logros individuales que podamos admirar, pero que son imposibles de compartir ya que pertenecen al ámbito de genios que nos quedan grandes. Póngase el caso de Nadal, o de Alonso.
Pero, si hay algo colectivo, en lo que los españoles se sientan concernidos en su conjunto (y eso es el fútbol), entonces “hemos ganado” o “hemos perdido” todos. Igual que en empresas como el progreso económico, donde ya no importa cómo nos va a cada uno en la feria, sino la sensación colectiva de que “estamos fatal”.
Como si no nos creyéramos nuestras posibilidades, que no nos las creemos, hemos apostado por la derrota anticipada, tal vez para que duela menos si se produce, o porque nos duele igual incluso sin haberse producido.
El éxito en España no es objetivo sino vértigo. El deseo de pausa en los tiempos de excelencia (véase la selección y su manera de administrar el balón) nos agita de impaciencia, incluso aunque logre su objetivo. La calma ante las adversidades se asocia a la abulia o a la cobardía y media España prefiere que se actúe ante los acontecimientos con la acción agitada de las antiguas cargas heroicas de caballería frente a la sensata ocupación del territorio de la infantería (y que no se ofenda mi admirada caballería, porque ahora sabe hacer estupendamente las dos cosas).
Nos agitan tanto las dudas que acrecentamos a los adversarios. Porque no hace falta leer el Financial Times para pensar que estamos en un pozo del que nunca saldremos, y somos tan menores de edad que necesitamos a unos señores que nos dicten los deberes. Es suficiente ver nuestra propia Prensa y sus propias reflexiones, a nuestros propios políticos y oír sus insidias, y a nuestros propios economistas y sus elegías a cada profeta del infierno que no se sabe si predice o desea la catástrofe española. Y, como el lector es inteligente, sabe que eso también está pasando en el fútbol, aunque sea éste trivial en comparación con lo otro, en lo que nos va la comida.
Decía el otro día el periódico antes citado que España debería aprender de su selección de fútbol, por su trabajo colectivo. Pero es que ni siquiera. España no quiere aprender ni de su selección, uno de los grupos humanos más exitosos en el deporte mundial del último lustro. Y como no quiere aprender, la critica hasta desestabilizarla, como se critica nuestro sistema financiero hasta fragilizarlo.
¿No sería lógico dejar ese trabajo sucio de minado de nuestros intereses a quienes ganen algo con ello, a las eximias agencias de calificación que generan la catástrofe que predicen, a los adversarios deportivos que, con toda lógica, quieren buscar la forma de ganar a unos campeones?
Con amigos como los españoles, a los españoles no les hacen falta enemigos. Y que no se piense que se trata de no hacer autocrítica, sino de tener un poco de conciencia realista de lo que es España y de lo que puede ser. Porque hay ciento ochenta de los ciento noventa y dos países del mundo que desearían estar en nuestra piel (y algunos más, si hablamos de deporte). Y es cierto que hemos hecho y hacemos cosas mal, y nos sobra déficit y nos falta gol, pero también lo es que hay una base sólida para permanecer en la elite, aunque no nos venga mal algo de ayuda arbitral, aunque sólo sea para que no nos piten en contra, que hay que ver las tarjetas que nos están sacando los mercados, algunas justas y otras desproporcionadas.
Estamos a punto los españoles de aceptar, de nuevo, otra leyenda negra, porque cualquier gesta ha sido discutida (por los enemigos) pero, lo que es peor, por los propios.
Es asombros que tengamos que esperar un anuncio de Coca Cola para que nos recuerde lo que España hace bien, lo que tiene, lo que ha logrado con mucho trabajo de muchas generaciones, y lo que se merece en el futuro. Y si las cosas vienen mal dadas, hagamos un círculo con las carretas, como gritaban en las películas los colonizadores del lejano oeste, y apretemos los dientes, pero no empecemos comiéndonos los caballos, adorando a Krugman y apaleando a Del Bosque, que ninguno se merece eso.
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