José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 22 de junio de 2012
Ha algún tiempo atrás, el articulista coincidió en el jurado de un reputado premio con dos o tres profesionales de las comisiones encargadas de elegir a los vencedores de concursos y premios muy afamados en el ancho terreno de las Humanidades. Su asombro fue grande al conocer, de antiguo, que los mencionados miembros, justamente enaltecidos en días ya algo lejanos por sus importantes trabajos en el campo de sus respectivas especialidades, habían interrumpido desde entonces todo comercio intelectual e investigador, salvo lecturas ocasionales y algún que otro escarceo en misceláneas y homenajes. Como tantas veces ocurre en la España actual, los jueces y evaluadores de estudios de notabilidad e incluso de excelencia en vista a distinciones o ayudas crematísticas considerables carecían de los conocimientos indicados para llevar a cabo su ardua labor con un mínimo de honestidad y rigor, mostrándose proclives, para ocultar su indigencia y satisfacer oscuros requerimientos o pulsiones, a escoger la mercancía menos solvente. El hecho, como se expone, no era, por lo demás, aislado o singular, por cuanto sus protagonistas eran casi consuetudinariamente integrantes de comités y jurados de la mayor trascendencia en orden al progreso de las disciplinas sociales en nuestro país.
Dada la tupida red de influencias imperante en el tejido cultural español y el control de sus mecanismos axiológicos, las secuelas de ejemplos como el mencionado suelen ser devastadoras para la salud del estado literario, artístico y científico de una sociedad como la hispana habituada a caminar más por los atajos que por el camino real del reconocimiento justo y el aplauso estimulante a tareas bien necesitadas de ello. Los mal elegidos suelen, llegada la ocasión, perpetuar el procedimiento, con la elección menos justipreciada y más desacertada.
Naturalmente, en ningún tiempo ni lugar están siempre los que son ni son siempre los que están, según el exacto diagnóstico del pueblo. Los métodos de selección son de sólito de extrema dificultad en cualquier corporación u oficio; y son numerosas las veces en que, por error comprensible a fuerza de humanos, los esfuerzos más aquilatados y pulcros naufragan en la torpeza o el fiasco. Pero cuando el fenómeno de la selección a la inversa –los peores por los mejores- se generaliza, cabe afirmar, sin demasiado riesgo a ser desmentido por la marcha de los acontecimientos, que la institución o la nación afectadas se encuentran a un paso del declive o adentradas ya en él. Sin elites legitimadas por su competencia y preciados servicios a la comunidad a que pertenecen y ha posibilitado su cursus honorum, no hay colectividad que funcione adecuadamente y se halle en condiciones de responder a los continuos desafíos que constituyen la trama de su existencia diaria.
Lograr las reglas y sistemas pertinentes en punto a la búsqueda de esas anchas minorías por la senda del éxito, se convierte así en un tema de interés nacional. Al contrario de lo difundido en amplios tramos de nuestro pasado más inmediato y del propio presente, la invidencia no ha sido el sino fatal que presidiera, monótona y pesarosamente, el proceso de formación de las elites. Época hubo en que se acercó, incluso, a la perfección.
Para no aludir a la de los Reyes Católicos y sus inmediatos sucesores, la de Carlos III ofrece un paradigma de rara superación a nivel patrio y mundial. Tiempo adelante, también existieron otras –de radio cronológico indudablemente harto más reducido- en que se puede constatar la misma y afortunada circunstancia. En su todavía exigua trayectoria, la democracia ofrece ejemplos de igual tenor. ¿Por qué no convertirlos en rutinarios, en lo habitual y cuotidiano y no en la excepción?