Antonio Domínguez Rey | Sábado 23 de junio de 2012
Tiene Ortega y Gasset dos afirmaciones rotundas sobre la crisis, inducidas de las tres más importantes de la civilización mediterránea: el siglo I de Roma, el Renacimiento y el Modernismo. A cada una de estas la precede una larga serie de acontecimientos seculares. Primera afirmación: “toda crisis se inicia con una etapa de cinismo”. Segunda, “todas las crisis históricas se producen al iniciarse una época de uniformismo, en que todo es un poco todo y nada es resueltamente y sólo algo determinado”. Parte el filósofo de la humillación de Galileo ante la Inquisición el año 1633. Achaca la humillación histórica, más que al entramado leguleyo de la Iglesia, que se usó, no obstante, para que Galileo, la ciencia moderna, abjurara de sus convicciones, a “menudas intrigas de grupos particulares”. Corrían en España los meses del año 1933, tres siglos después de aquel acontecimiento histórico.
Ante los problemas cruciales de la vida, el hombre busca y plantea soluciones. Se cifran estas en ideas claras, definidas. La generación siguiente las hereda, conforma. Son la cultura del momento. No las recrean, sin embargo, desde la necesidad que las motivó, su razón vital. Las amaneran. Se vuelven tópicos. Lo simple de origen se complica, abigarra, enturbia la mente y la conducta. La norma pierde vigor. Se adocena. La cultura que la fundamentó se burocratiza. La sociedad la inyecta a las masas mecánicamente. Pierde autenticidad. Y a este fenómeno lo denomina Ortega socialización, término subrayado, evidentemente: “el reino del lugar común que penetra en el pobre hombre y desaloja su yo auténtico”.
Estas y otras conclusiones históricas del filósofo madrileño lo apartaron de muchos lectores avezados. Su relectura setenta años después de escrito este análisis de la crisis, y sobre el texto entrañado de la que estamos sufriendo actualmente, sigue viva. La hago con el rescoldo de la voz que mi amigo Antonio Regalado, fallecido hace veinte días, prestaba a los textos lúcidos. Un pueblo entra en crisis cuando no lee a sus clásicos, como hacían Ortega y el español norteamericano de Harvard, Yale, la Columbia University, Nueva York y Madrid. Me honro, como otros colegas, de haber sido su amigo y de haberlo hecho compartiendo vivencias literarias, filosóficas, teológicas y, sobre todo, poéticas, fundacionales. Con él muere otro modo de vivir, entender y amar esta cultura denominada España.
Veía Antonio Regalado un fondo de onto-teo-logía cristiana y cartesiana en el filósofo Ortega: ser, la raíz temática, Dios, y pensar, Logos. Vida, fe y razón. Existencia, convicción y pensamiento fundado. En vez del “cogito sum”, “sum cogito” y “cogito quia vivo”. La vivencia pensante. Los intersticios, guiones, de aquellas tres raíces son los intervalos en que vivimos los españoles actualmente sin sobreponernos. Una transición tras otra encabalgando ecos, formulismos, sucedáneos. De espaldas a nosotros mismos.
El cinismo, primer rasgo de la crisis, es un hecho en el vivir español presente. La desnutrición de la cultura históricamente fundada, otra evidencia. Su complicación, patente en el orden institucional, jurídico, económico y educativo. Tópicos, incluido el de “socialización” no autentificada, por todas partes. Jirones de cultura, hilachas, en togas, birretes, estrados, tarimas, finanzas, voces del pueblo demagógicamente aforadas. Y entre líneas, ciudadanos sufridos, fieles, lectores anónimos que van comprendiendo, con el paro y el ajuste de la crisis, la religión de la cultura, su fermento. Minoría, en todo caso.
La conversión europea de España, que fue Euro-América en la transición del Renacimiento al Barroco, se produce coincidiendo con un desfondamiento soberano de la cultura, su transmisión académica, y cuando el trasfondo de la Unión Europea diluye, dice Antonio Regalado, su identidad histórica en el espejismo de la razón cibernética. El contenido de la modernidad europea -más democracia, tecnología, organización y cultura- “no sustituye o compensa el desarraigo de la propia tradición”.
Fenómenos aparentemente desconectados de esta enajenación como el conflicto actual entre el Derecho y la Constitución española, la Justicia que fundamenta y la Ley que se derivan, respectivamente, de la Razón y su decir público, el Parlamento, confirman la complicación mental y declive de autenticidad orgánica del Estado. La sumisión de la economía al fraude real sí bien engranado entre los intersticios e intervalos de normas, reglas, decretos, leyes nacionales y autonómicas, confirman el cinismo, la complejidad y cultura falsa en que nos movemos. Ocupan el espacio público economistas y registradores en vez de auténticos hombres de Estado.
Y menos mal que Europa y América revierten sobre esta punta del Atlántico con otro sentido de la historia y su futuro. Uno y otro continente han comprendido que aquí y allí se habla español, lengua de interés común por razones diversas. La petición de fondo económico realizada por España al resto de Europa tuvo y tiene, no nos engañemos, umbral norteamericano. Estados Unidos revierte sobre nosotros la cultura que, oblicuamente, han sembrado allá hombres como Santayana, Américo Castro, Pedro Salinas, Jorge Guillén y otros eminentes intelectuales españoles, como Antonio Regalado, discípulo de tales maestros.
El Laberinto de la Razón: Ortega y Heidegger, ensayo publicado en 1990 por este eslabón del exilio español en Estados Unidos, sintetiza muy bien la trama que nos envuelve. La ceguera ante el pasado vacía de contenido las formas actuales. Si alguna potencia tiene Europa, es la del pensamiento, más determinada aún, la de enseñarnos a pensar. Antonio Regalado supo extraer esta mayéutica de los clásicos. Su obsesión era el drama del poder, la justicia y el destino vital del hombre, Hamlet y Segismundo, Shakespeare y Calderón, precedidos y secundados por Cervantes, Gracián, Goethe, Galdós, Unamuno, Machado, Valle-Inclán, Baroja. Historia, Literatura, Filosofía…
La densidad del pensamiento ahonda la sustancia de la vida con formas sólidas. Solo con poses, gestos de tribuna, no se construye un futuro. España tiene ante sí una prueba histórica de fuego.