Víctor Morales Lezcano | Lunes 25 de junio de 2012
Aquella ambigua frase que circulaba por los salones del París de la Ilustración, hace tiempo que ha caído en el olvido, y con razón sobrada. Los tiempos que corren vienen siendo de previsión y prognosis indistintamente de que se articulen escenarios de paraíso o de aquelarre. Se juega al cálculo, aunque este pueda fallar al final.
En política internacional, también ocurre con frecuencia algo de todo esto, por lo que aquello de que “le monde…va de soi-même” no puede encontrar aceptación en los círculos de analistas y expertos en la materia. También aquí, se entiende por qué no prospera la resignación a no ver, analizar e interpretar. Procede hacerlo por profesión, o por presunción; pero se impone hacerlo.
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Vienen estas consideraciones a propósito del empeoramiento de la situación interna en Egipto desde que se han encadenado dos acontecimientos mayores en el intento del país por encauzar su destino dentro de parámetros de mayor libertad, representatividad y justicia. Las eclosiones de unos cuantos países árabes en 2011 son explicables en función de la obtención de esos ideales. Egipto, entre todos ellos, es el escenario más dramático de una situación encontrada entre los autodenominados “guardianes” del orden y la legalidad republicanos (Ejército) y una ciudadanía que ha despertado a su derecho a elegir sus opciones políticas predilectas.
La operación política y jurídica del ejército egipcio en vísperas de la celebración de la segunda vuelta para elegir entre dos candidatos a la presidencia -general Ahmed Shafiq, de una parte, y Mohamed Morsi, candidato de la Cofradía de los Hermanos Musulmanes, de otra-, ha venido a desmantelar ¿provisionalmente? el edificio institucional empezado a construir hace dieciocho meses tras la caída de Mubarak. Y no sólo se ha tratado de esto, sino además -y por si no bastara con la anterior proeza-, las fuerzas armadas vienen impidiendo la facilitación de los resultados definitivos de la segunda vuelta electoral: dando pie a que los ciudadanos afectos a la Cofradía de los Hermanos Musulmanes proclamen a los cuatros vientos que su candidato, Morsi, ha ganado por cerca de un millón de votos al general Shafiq. Éste último, con la cautela de un aspirante a la presidencia que conoce de cerca el entramado del poder en Egipto, reivindica también haber sido el candidato más votado; y -para no quedarse corto en la estimación- afirma que ha cosechado medio millón de votos más que su pío contrincante musulmán. El asunto, realmente, no pinta bien.
Mientras tanto, una muchedumbre cairota ha empezado a congregarse de nuevo en la Plaza de la Liberación, en señal de protesta airada, muy visible gráficamente. En puridad, las gentes allí reunidas desde hace una semana consideran:
1º.- que las fuerzas armadas están incumpliendo su promesa de retirada de la vida política de la nación al término de los procesos electorales que se han venido celebrando, con los altibajos habituales, entre noviembre de 2011 y junio de 2012;
2º- que resulta discutible la justificación legal a que ha recurrido el Tribunal Constitucional para disolver el Parlamento, anular la comisión redactora del nuevo cuerpo legislativo de la República, y, finalmente, plantear los términos de la cuestión presidencial, tal y como se encuentra Egipto en este delicado momento de marcha hacia su incorporación a la reducida familia de naciones musulmanas en las que, gobierne quien gobierne, se respete -aunque sea a regañadientes- el dictado de las urnas. Aquí, Turquía emerge en cuanto país musulmán de valor simbólico en la encrucijada en la que se encuentra involucrado el milenario país del Nilo. ¿Cederán los militares el poder a quien lo ha obtenido en buena liza -irregularidades propias de Egipto aparte-?.
No nos engañemos. Un portavoz militar autorizado ha venido a difundir, hace pocos días, un comentario que no se presta a equívocos: “las fuerzas armadas han puesto especial cuidado en autocontrolarse en prueba de respeto al estado revolucionario, para evitar pérdidas o daños que pudiera sufrir el pueblo en el ejercicio de su derecho a expresar sus opiniones”. Y a continuación, una advertencia cargada de amenaza oculta: “Todo el mundo ha de respetar los principios de legitimidad debido a los peligros dimanantes de su incumplimiento”. Es decir, en caso de que se agotara el caudal de paciencia, o la violencia estallara en cualquier momento, el ejército tendría que saltar el Rubicón, e intervendría militarmente.
Pero, de nuevo, no nos llamemos a engaño en lo concerniente al presunto triunfo electoral de Morsi: por millares se cuentan los ciudadanos más o menos secularizados (clases medias, cristianos coptos) que ven con desconfianza el futuro de un Egipto gobernado, por primera vez, por un presidente islamista; mientras que el general Shafiq -y ello no se debe ocultar- provoca no menos desconfianza en la gente del común, a causa de su filiación y conexiones mubaraquistas.
El órdago lanzado por el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (CSFA) al destino de Egipto, ha puesto al rojo vivo, sea cual sea el desenlace de la crítica coyuntura que sufre la transición egipcia en su conjunto y desde un principio. Si a ello sumamos la fractura interna que está quebrando Siria, las heridas no cicatrizadas por las que sangra el Iraq post-bellum, y el dilema que representa una Arabia saudí gerontócrata donde la haya, amén del “polvorín” fácilmente incendiable que tiene su epicentro en el contencioso palestino-israelí, no está el estado de Egipto y del Oriente musulmán inmediato en una situación que invite a disparar cohetes y hacer resonar tracas.
Eso sí, se trata de un escenario que no se puede -y no se debe- dejar a su suerte, por lo que Kofi Annan está propugnando una intervención bondadosa por parte de miembros de la ONU con vistas a que las conversaciones de paz tomen el relevo de la guerra civil larvada que se está gestando en Siria. En rigor, no es para menos, a la luz de un escenario internacional muy concreto, y cuyo cariz actual no puede ser más inquietante.