Opinión

Charles y Mary Lamb o la pasión por Shakespeare (I)

David Felipe Arranz | Lunes 25 de junio de 2012
Eduardo Gallardo Ruiz acaba de traducir exquisitamente los Tales from Shakespeare (1807), escritos al alimón por los hermanos Lamb, Charles y Mary; lo ha traducido intencionadamente con el título de Shakespeare en relatos para la editorial Pigmalión Edypro, es decir, el todo –el Bardo de Avon– vertido en el molde de veinte relatos que los hermanos trasladaron de la dramaturgia shakespeariana y adaptaron para las jovencitas inglesas, ya que el autor de Hamlet no se consideraba una lectura apta para chicas. “También hemos intentado escribir principalmente para las jovencitas; porque a los muchachos generalmente se les permite utilizar las bibliotecas de sus padres a una edad mucho más temprana que a las chicas, y frecuentemente saben de memoria las mejores escenas de Shakespeare antes de que a sus hermanas se les deje hojear ese libro para hombres”, escribe Mary Ann en el prólogo.

En el período romántico inglés emerge con fuerza un deseo de explorar los aspectos menos conscientes de los sentimientos a través de una atención más rigurosa hacia la experiencia y las etapas de la niñez. Coleridge, amigo desde la infancia de Charles Lamb y uno de los primeros teóricos de la literatura con su fascinante propuesta de la suspensión de la incredulidad, creía que la clave del conocimiento descansaba en la fusión de la sensualidad de la novedad con los objetos ya viejos y familiares. El ideal de vida que propugnaban los románticos europeos –recordemos que, al mismo tiempo, Novalis en Alemania escribió que “allí donde hay niños, existe la Edad de Oro”– no era otro que el de restaurar los sentimientos, tras la publicación en el ámbito anglosajón de las Canciones de inocencia y de experiencia de William Blake, para el que el niño era un ser humano en potencia, la posibilidad de realización de la persona... incluso un aspecto de ella que sólo unos pocos eran capaces de mantener en la edad adulta.

Coleridge había escrito “La rima del anciano marinero”, precedente de El viaje de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, y de Moby Dick, de Herman Melville, iniciando un imaginario viajero y marinero en la literatura europea que ya no desaparecería jamás. Lamb, como amigo de él, también recurrió a ese pasado mítico, al igual que al legado de otro de sus mejores amigos, Thomas de Quincey, quien publicó Las confesiones de un inglés comedor de opio (1820), relato autobiográfico que nos descubre la caída en la adicción de un muchacho que abandona sus estudios y termina sin recursos económicos, vagando por las calles de Londres. El opio conducía a su consumidor a una sensación de éxtasis que le abría la puerta de las ensoñaciones y de los placeres intelectuales. Uno debe leer ese relato junto con La diligencia inglesa, también de De Quincey, en el que los amantes, recién accidentados, experimentan todo tipo de sensaciones sobre el suelo, que es como un precedente romántico del Crash (1996), de David Cronenberg.

Charlas Lamb publicó los Essays of Elia (1823-33), con reminiscencias de lo aprendido en Joseph Addison y Richard Steele, progenitores de ese articulismo desgarrado y melancólico, de tumba y árbol seco a la luz de la luna, que tanto influyó en Cadalso y en Larra, aunque antes había dado a la imprenta un excepcional trabajo sobre los poetas ingleses, Specimens of English Dramatic Poets who lived about the Time of Shakespeare (1808), con el fin de recobrar el valor del drama isabelino que había sido injustamente subestimado desde John Dryden, que escribió An Essay of Dramatic Poesy (1668), en el que cuatro personajes –entre ellos el propio Dryden– discuten los méritos del teatro clásico, del inglés y del galo. Lamb recupera a Thomas Heywood, el autor de las tragedias domésticas de la clase media y “un Shakespeare en prosa”, conocido por A Woman Killed with Kindness (representada en 1603 e impresa en 1607), sobre una esposa adúltera “dulcemente asesinada”; The English Traveller y An Apology for Actors, una ilustrativa respuesta a los ataques puritanos al teatro, parecida al Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo lopesco. También dedicó unas páginas deliciosas a analizar el personaje de sir Epicure Mammon, uno de los protagonistas de El Alquimista (1610), de Ben Jonson, de la que Coleridge afirmó que tenía una de las tres tramas más perfectas de la literatura; sir Epicure, un sibarita y un hombre culto, que se mueve entre el mundo animal y el humano, pretende obtener la piedra filosofal.

Sin embargo, es un tanto exagerado afirmar que Charles Lamb fue el primero en conducir a la opinión pública hacia el gusto por el teatro clásico inglés; y, como toda buena propaganda, este punto de vista tiene su origen en su propio Autobiographical Sketch (1827), donde se adjudica el mérito de manera injustificada. Un siglo antes, gracias a las Select Collection of Old Plays (1744), de Robert Dodsley, se mantuvo el interés a lo largo de la Ilustración por el teatro isabelino; de hecho, los estudios de Lamb forman parte de una revisión gradual por el interés del pasado nacional.

De gran interés son sus cartas, inéditas aún en español, en las que se contienen interesantes pasajes de crítica literaria, como sucede con la carta 285, en la que se zambulle en la narrativa de Daniel Defoe y eleva el Robinson Crusoe (1719) a la categoría de obra maestra, influyendo así en la recepción que tuvo este clásico de la aventura a lo largo del siglo XX. Aunque este epistolario no alcanza la calidad de poetas como Keats, sí nos da una clara idea de quién era Charles Lamb, un hombre afable y amistoso, sin recovecos y sensible, amigo de sus amigos –Peacock, De Quincey y William Hazlitt, que a su vez dio a la imprenta los Characters of Shakespeare’s Plays, en el que considera la obra del bardo más como una experiencia que como una mera colección de personajes–, si bien la personalidad de Lamb y de su hermana estuvieron determinados por el abismo de la locura, como veremos más adelante.

¿Cómo dos hermanos que compartieron la terrible circunstancia de verse obligados a someterse largas temporadas a encierros en manicomios… pudieron dar a la imprenta una de las obras más influyentes y más leídas de toda la literatura universal?