Javier Zamora Bonilla | Martes 26 de junio de 2012
La Unión Europea es una algarabía de voces discordantes de jefes de estado y de gobierno, ministros, presidente de la Comisión, presidente del Consejo, presidente del Banco Central, presidente del Eurogrupo, comisarios... De vez en cuando se convoca una gran reunión para intentar buscar una cierta unidad en el mensaje, pero se echan en falta voces que expliquen con claridad el presente y prevean el futuro. La discordancia, la falta de acuerdos, los contrasentidos están generando una distorsión de la realidad que hace que la crisis económica, social, institucional y política que sufrimos se haga todavía más profunda y no se vea salida ni a corto, ni a medio ni a largo plazo. Lo que ayer se planteaba como solución (por ejemplo, el rescate a la banca española), hoy es visto como problema, en gran medida porque la política europea no está sabiendo contrarrestar la presión de los mercados. Es alarmante, después de varios años inmersos en la crisis, que la Unión Europea siga con su ritmo tardígrado de tortuga mientras los mercados se mueven en el tiempo real que permiten las nuevas tecnologías.
Da la impresión de que los actuales mandatarios europeos, tanto de las instituciones europeas como de las de los respectivos estados miembros, no están a la altura de las circunstancias y desconocen el sentido profundo que tiene la Unión Europea y la Unión Monetaria.
Desde el mismo momento de la constitución de las monarquías nacionales y de los imperios transnacionales a comienzos de la Edad Moderna, los estados europeos no han dejado de hacerse la guerra, repitiendo el modelo que durante la Edad Media se había seguido en la formación de dichas monarquías e imperios. Las guerras de religión tiñeron toda Europa de sangre durante dos siglos y las revoluciones –liberales, democráticas y socialistas– durante otros cuantos. Tras las dos Guerras Mundiales de ese siglo XX del que todavía no nos hemos hecho cargo, siglo que todavía tenemos que pensar como nos invita a hacer el gran historiador Tony Judt en su último libro póstumo, algunos mandatarios europeos como Winston Churchill, Jean Monet, Konrad Adenauer, Robert Schuman, Paul-Henri Spaak, Altiero Spinelli o Alice de Gasperi, por citar sólo algunos, pusieron en marcha el ideal de unión europea que entre las dos guerras mundiales habían pensado gentes como Aristide Briand, Julien Benda, José Ortega y Gasset o Coudenhove-Kalergi, por citar también sólo algunos. Un ideal que se presentaba con distintos perfiles, que se miraba desde distintas perspectivas, y que se fue construyendo muy despacio según permitían las circunstancias de la postguerra y de la guerra fría, pero que final y exitosamente se concretó en la Unión Europea y, después, en la Unión Monetaria, las cuales, a pesar de sus muchas disfuncionalidades, son el modelo contemporáneo más exitoso de integración de distintos estados en una organización confederal para superar las viejas políticas internacionales basadas en el enfrentamiento y la suspicacia y buscar la cooperación política y el desarrollo económico y social que aparten para siempre del panorama europeo una nueva guerra. El objetivo de la Unión Europea no es, claro está, sólo evitar una nueva guerra, sino trabajar por una mejora social y un crecimiento sostenido y sostenible, pero no deberíamos olvidar tan fácilmente cuál fue el sentido del proyecto europeo en sus orígenes.
Todo esto está en peligro si no surgen en Europa nuevas figuras capaces de representar ese ideal europeo con proyección de futuro y sin olvidar la historia. La canciller alemana Angela Merkel, que ha tenido más poder que nadie en Europa hasta la fecha –me atrevo a afirmar que incluso no es comparable al poder del Imperio español con Carlos V y Felipe II ni al momento álgido del Imperio napoleónico–, no ha sabido ejercer el liderazgo que era necesario y, por el contrario, ha preferido hacer el papel de cancerbero. El giro nacionalista que Merkel ha dado a la política alemana, después de que Alemania hubiese sido durante medio siglo uno de los pilares del europeísmo, es uno de los problemas principales con los que se enfrenta la Unión. El europeísmo alemán nunca fue plenamente sincero; había en él un fuerte sentimiento de la necesidad de purgar las culpas del nazismo. Merkel, que representa a una derecha que ya no se da golpes de pecho por su pasado, ha superado los complejos históricos, pero quiere imponer una Europa alemana que ningún otro país aceptará porque Europa es muy diversa y toda esa diversidad tiene que encontrar su acomodo en la forma política que la Unión se dé.
El futuro de Europa se juega en la cumbre de los días 28 y 29. Esperemos que algunos mandatarios se atrevan a dar un paso al frente y ejerzan el liderazgo que Europa necesita. La reunión del otro día en Roma –ciudad de resonancias tan significativas para la historia europea– entre Monti, Merkel, Hollande y Rajoy puede haber sido un primer paso hacia un liderazgo plural. Conviene también que el Reino Unido, aunque no forme parte de la Unión Monetaria, abandone de una vez su ambigüedad y se ponga también al frente de la Unión Europea.
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