Economía

La primavera que no llegó al verano

TRIBUNA

Miércoles 27 de junio de 2012
Después de dos primaveras, la situación política en Egipto sigue sin aclararse y las perspectivas no pueden ser menos optimistas. A finales de enero de 2011, cuando, siguiendo los pasos de Túnez, se inició en El Cairo la supuesta “primavera”, las Fuerzas Armadas que entonces fueron vistas como protectoras del movimiento revolucionario, son ahora, según todos los indicios, el principal obstáculo para que a Egipto llegue la libertad y un sistema más o menos democrático. Cuando en los orígenes del movimiento los militares se negaron a disparar contra los manifestantes concentrados en la plaza Tahrir y algunos generales llegaron a decir que su misión era apoyar “las legítimas demandas” del pueblo, en todo el mundo se pensó que el triunfo de las aspiraciones democráticas de los egipcios estaba garantizado. Parecía lógico e incluso esperanzador que los militares asumieran el papel de tutores de una transición, necesariamente compleja, e incluso que actuaran como elemento “modernizador”, como había ocurrido en otros países en vías de desarrollo.

Pero ya entonces el las Fuerzas Armadas había diferentes tendencias, como lo prueba que, en un esfuerzo por ganar tiempo frente a una situación que se le iba de las manos, Mubarak formó un nuevo gobierno al frente del cual puso a un general de su absoluta confianza, Ahmed Shafik, precisamente el mismo que, según todos los indicios, se va a alzar ahora con la presidencia, tras las polémicas elecciones cuya segunda vuelta se ha celebrado hace ya casi diez días. Nadie es igual a nadie pero, si se confirman estos augurios, el Mubarak que, según parece, está clínicamente muerto o al borde de la tumba, habría sido sucedido por “otro Mubarak”, en un dramático despliegue del mito del eterno retorno, que parece tener históricamente aherrojados a los pueblos árabes.

Pero volvamos a las primeras semanas de aquella mal llamada “primavera” que ocurría en pleno invierno, hace ya dieciocho meses. Los jóvenes rebeldes que empezaron pidiendo “pan, libertad y justicia social” pasaron pronto al “abajo Mubarak”, estimulados por cierto por el canal qatarí, Al Jazeera, que daba unas informaciones muy favorables para ellos. En Occidente se echaron las campanas al vuelo, se subrayó que los revolucionarios no pedían la implantación de la sharía sino libertad y democracia y precipitados analistas cantaron la virtudes liberalizadoras de Internet, sin caer en la cuenta de que la inmensa mayoría de aquellos jóvenes carecían de conexión con la red. El principal elemento electrónico que funcionó entonces como catalizador de la protesta fueron los móviles, las imágenes de televisión y el clásico boca a boca. Todo ello en un ambiente propicio a la revuelta contra la prolongada represión.

Pero el llamado “último faraón egipcio” (ya veremos si no llega otro faraón, aunque sea de diferente dinastía) no estaba dispuesto ni a marcharse ni a aceptar las supuestas reivindicaciones de los jóvenes rebeldes y los reprimió salvajemente haciendo uso de la policía y de las milicias armadas de su partido, ya que sus militares, como hemos recordado se habían puesto, aunque no todos, de parte del pueblo. Esos efectivos “mubarakistas” el 2 de febrero atacaron brutalmente a cuantos ocupaban la plaza Tahrir —convertida ya en símbolo de la libertad- causando una sangrienta matanza. Pero esa violenta reacción selló el destino de Mubarak que el 11 de febrero se veía obligado a abandonar el poder. En menos de veinte días se había conseguido el objetivo más importante: La caída del dictador que, además, ya había preparado su propia sucesión a favor de su hijo Gamal. Un descarado nepotismo que está en la raíz del despego de los militares hacia su antiguo patrón.

A partir de ahí el proceso se aceleró. El propio Mubarak, sus dos hijos, el anterior ministro del Interior y los presidentes de las dos Cámaras “parlamentarias” fueron detenidos y procesados, acusados de haber ordenado disparar contra los manifestantes, de haberse enriquecido ilegalmente, de blanqueo de capitales y de abuso de poder. El partido de Mubarak —que se denominaba nada menos que Partido Nacional Democrático- fue disuelto por un tribunal, se confiscaron sus bienes y se devolvieron al Estado. A los miembros de ese partido se les limitaron sus derechos y, en concreto, se les prohibió formar otros partidos políticos, presentarse a las elecciones y votar durante un periodo de cinco años. Como queda bien a la vista esas prohibiciones no han contado para Ahmed Shafik, que puede ser el próximo presidente de Egipto. Aunque sus adversarios políticos han recurrido ante los tribunales ante lo que es una flagrante violación de normas aprobadas el año pasado.

Pero pronto empezaron a surgir síntomas preocupantes. Los cristianos coptos —que forman el diez por ciento de la población- empezaron a ser atacados por los radicales islamistas y cuatro iglesias coptas fueron incendiadas. Se limitaron sus derechos de participación política y perdieron el régimen de tolerancia que hasta entonces les había beneficiado. Algunos empezaron a temer del autoritarismo de Mubarak se pasara un régimen islamista que les hiciera añorar la dictadura… Porque en tiempos de Mubarak se permitía el culto cristiano —con algunas restricciones- y no se incendiaban las iglesias.

Estos temores se confirmaron cuando celebradas elecciones para un nuevo Parlamento, el setenta por ciento de los escaños fueron para el partido de la Libertad y la Justicia (con el que se presentaba la Hermandad Musulmana) y para los Salafistas, islamistas aún más radicales que los “hermanos”, decididos a crear una sociedad musulmana con la sharía como código fundamental. Pero este Parlamento duró poco porque los militares, siempre al mando, lo disolvieron, como paso previo antes de que se celebraran las elecciones presidenciales, cuyos resultados oficiales seguimos sin conocer cuando se escribe esta columna.

En la primera vuelta de estas elecciones presidenciales quedaron eliminados los candidatos más “liberales” y más próximos a los criterios y valores democráticos. En la segunda han quedado frente a frente el ya citado Ahmed Shafiq -que ha hecho una campaña populista y suscita muchos recelos porque, como ya hemos señalado, parece la continuación pura y simple del antiguo régimen mubarakista, con todas sus represiones- y el candidato de la Hermandad Musulmana, Muhamad Morsi, que se presenta como un islamista moderado que habla de los derechos de las mujeres, de tolerancia con los cristianos y hasta de permitir los bikinis en las playas turísticas. Pero Morsi no da la impresión de ser un hombre fuerte y se teme que pueda ser manejado por los más radicales.

De momento habrá que esperar. En Argelia el rechazo de los islamistas, que habían ganado las elecciones, provocó una cruenta y larga guerra civil. En Túnez, en Marruecos y, mucho antes, en Turquía están gobernando islamistas moderados y no hay excesivos motivos de alarma, al menos por ahora. Se trata de regímenes que han hecho un compromiso claro contra el terrorismo de Al Qaida y similares y eso es una baza importante. Si hacen suyo el respeto a los derechos humanos y respetan también los derechos de las minorías —muy especialmente de los cristianos- se puede llegar a un buen entendimiento con ellos. Aunque nunca vayan a ser una copia de nuestros sistemas de gobierno que tienen otra historia u otras tradiciones.

El modelo que se propone es del Turquía, integrada en la OTAN y aspirante a entrar en la UE, en contra de la opinión de bastantes. Con Erdogan se ha establecido allí un islamismo moderado que es ahora el espejo en que se miran otros países musulmanes. Lo que queda claro es que fue prematuro hablar de “primavera”. No me extrañó que el último Foro Transatlántico celebrado en Washington hace unos pocos meses, los experts allí congregados evitaran hablar de “primavera” y prefirieran referirse a “los levantamientos árabes”. Porque, a saber en qué va a quedar todo esto.

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