Enrique Arnaldo | Jueves 28 de junio de 2012
El Primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, que atiende por Joaquín Forn, ha denegado la instalación de pantallas gigantes, en la antes conocida como Ciudad Condal, para ver a la selección española de fútbol. El tal Forn, con el dedo índice de la mano derecha extendido por encima del resto (de los dedos), aseguró que a él le gusta ver a la selección catalana y que el que quiera ver a la española que lo haga en su casa. Así pues, en Barcelona, si usted quiere seguir los partidos de la selección española debe ir a su casa (no a la de ningún vecino o amigo), bajar las persianas, encender la televisión, bajar el sonido (o mejor, quitarlo) y evitar cualesquiera emociones con los goles de Xavi, Iniesta, Piqué, Busquets o Pedro, para lo que se le aconseja taparse la boca con un esparadrapo. A ser posible si comete el pecado de ver el partido, procure no comentarlo con nadie, no sea que la quiten el certificado de catalán ejerciente. Procure, en fin, no vestirse de rojo y menos de combinar dicho color con el amarillo (antes gualda), aun a pesar de la coincidencia con la bandera de Cataluña. Hable mal de Casillas, Xabi, Alonso, Arbeloa o David Silva. Sea políticamente correcto.
El Sr. Forn, a quien no tengo el gusto de conocer, debería ponerse como castigo escribir doscientos millones de veces la frase: “Es mejor tener la boca cerrada para evitar que entren moscas”. Estoy seguro que el Sr. Forn se sabe de memoria la alineación de la selección española y hasta (muy en su fuero interno) es admirador de Casillas, pero se siente en la obligación de ser de puertas para afuera un nacionalista de pies a cabeza que abomina de lo español. Así hace méritos ante sus jefes que comprueban que el cachorro promete.
Desde hace muchísimo tiempo la tontuna nos invade y nos encontramos a diario con decisiones memas, con afirmaciones lelas y con manifestaciones de expresión de la imbecilidad mayestática. Quizás debería alguien recuperar aquella sección de La Codorniz que se llamaba “La cárcel de papel” y que se dictaran sentencias in voce de condena a callar durante tres semanas, para las infracciones leves, a seis meses, para las muy graves. Durante el período de condena, el silente debería llevar en la solapa un micrófono tachado con un aspa para que, al verlo, cualquier periodista huyera espantado. Sobran portavoces por todas partes, y, entre ellos, el Sr. Forn.
¡Cuánto sufriría el miércoles el Sr. Forn viendo miles de banderas españolas, miles de caras pintadas con sus colores, un movimiento apasionado en favor de la selección española! Ya recuerdan la canción del sufrimiento de los Hombres G (¿verdad?). Es posible que, como dice mi amigo Manolo, al Sr. Forn le ocurra lo mismo que a un próspero empresario de Silicon Valley, que había hecho una enorme fortuna con los ordenadores y a quien ofrecieron una pasta gansa por invertir en telefonía móvil. Se negó con el siguiente comentario: “A quién puede interesar hacer una llamada desde una esquina, en el autobús o en un bar… pudiendo hacerlo cómodamente sentado desde el fijo de su casa?”. Al Sr. Forn le viene grande…
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