Jueves 28 de junio de 2012
La cumbre del Consejo Europeo que comenzó ayer en Bruselas ha puesto sobre el tapete cuestiones cruciales para el funcionamiento económico de la Unión cuya resolución –si llega- será trascendental para la supervivencia del propio euro. No es de extrañar la gran expectativa con que todos los países europeos examinarán estos días los avances, retrocesos, o estancamiento, que traigan consigo las deliberaciones del Consejo y sus conclusiones finales. Por lo pronto, en clave nacional de la política interna española, su inicio se ha saldado con síntomas positivos. Antes de viajar a Bruselas, el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, obtuvo, en sede parlamentaria, el apoyo explícito del líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, tras los similares respaldos que durante los últimos días han ido concediendo tanto CiU como el PNV a la estrategia europea del Presidente.
Esta es una señal que la ciudadanía venía aguardando desde hace mucho tiempo. El Ejecutivo español llega a esta cumbre europea con una cohesión política muy superior a los demás países de la zona euro, especialmente los más afectados por la crisis económica, por lo general enzarzados en radicales e insensatas confrontaciones internas que los debilitan al mismo tiempo que exasperan a la población de sus propios países. El líder del PSOE no solo ofreció una coordinación con los planteamientos del Gobierno en Europa, sino que prometió defender también esas propuestas en el seno del partido socialista europeo, de tal modo que España logre expresarse con la fortaleza de una voz única ante Europa. Esta es, sin duda, a escala de política interna, una buena noticia y un augurio beneficioso que indica el rumbo que se debería seguir a partir de este instante: abandonar, o al menos aparcar temporalmente, las perpetuas confrontaciones en una encrucijada donde nos jugamos nuestro futuro.
La duda ahora es saber si estamos ante un acuerdo efímero o ante la primera señal de un auténtico giro. El presidente del Gobierno debe tomar conciencia de que las reformas realizadas hasta el momento son insuficientes y que transformaciones de más envergadura no se pueden afrontar solo con una mayoría absoluta parlamentaria. Del mismo modo, el líder de la oposición ha de interiorizar que el duro revés electoral que le ha conducido a una modesta representación en el Parlamento no le permite imponer rígidas condiciones ni trazar altisonantes líneas rojas. Los ciudadanos españoles esperan que ambos grupos políticos asuman esa circunstancia y lideren una coordinación en los asuntos capitales que devuelva el espíritu de consenso tan disparatadamente desterrado en la era Zapatero. En caso contrario, la población española deslegitimará a la clase política –situada ya en un profundo descrédito- con consecuencias sociales incluso más demoledoras que la crisis económica que hoy se sufre.
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