Opinión

Los homosexuales y la Iglesia

José María Herrera | Sábado 30 de junio de 2012
La Academia acaba de añadir a la versión digital de su diccionario una nueva acepción de la voz “matrimonio” para recoger la unión entre homosexuales. Muchas personas protestan por esta decisión. Creen que con ello se está respaldando una medida política inaceptable. Por lo visto desconocen que la tarea de la institución es estrictamente notarial; no legislar o juzgar, sino dar fe de cómo se emplean las palabras. Dado que la ley, en España u otros países, admite el casamiento entre personas del mismo sexo y lo denomina así, “matrimonio”, la obligación de la Academia es refrendarlo. Que se utilice un concepto que contiene en su raíz la idea de maternidad para describir un tipo de unión que no cuenta con ella quizá sea un error, pero una vez que el uso lo consolida las discusiones huelgan. Igual de impugnable es la incorporación de la voz “canalillo”, con la que se designa ahora cierto relieve de la orografía femenina que nada tiene que ver con los cauces artificiales por donde discurren las aguas, y sin embargo nadie se solivianta por ello. Naturalmente, es comprensible la renuencia de algunas personas a aceptar ampliaciones semánticas contrarias a su forma de concebir las cosas, pero su caso no es muy diferente al del rey frisón que renunció al bautismo cuando el cura que le estaba enseñando los dogmas de la fe le aseguró que todos sus antepasados ardían en el infierno. Se trata, en definitiva, de una posición muy incómoda.

No quisiera emular a aquel predicador que soñaba con explicar las Escrituras a Cristo, pero me temo que la Iglesia, bastión de la lucha contra el matrimonio homosexual, se excede en sus competencias al satanizar una ley que se limita a regular ciertas situaciones a las que no cabe dar la espalda. Que el matrimonio sea para los cristianos un sacramento, no impide que sea también para la legislación civil un contrato, y puesto que nadie tiene el monopolio de las palabras ni el derecho a prescribir eternamente la naturaleza de las relaciones entre los seres humanos, la pretensión de que aquellas se usen de una manera y no de otra es sencillamente absurda. Cualquier persona familiarizada con los principios del cristianismo sabe de las graves dificultades de la Iglesia para asumir el fenómeno de la homosexualidad, pero cualquiera que conozca su historia no puede olvidar tampoco que la posición de esta ha cambiado a lo largo del tiempo muchas más veces de lo que se dice, afortunadamente por cierto. De no haberlo hecho todavía estaríamos obligados a considerar a la mujer amancebada una simple concubina merecedora de reprobación social o a aceptar que destripar de un tajo a un sarraceno no es pecado.

Yo tengo la impresión de que la actitud de los cristianos frente a la homosexualidad es bastante más tolerante que la de la jerarquía y que esta, tan transigente cuando se trata de la pedofilia, el vicio sacerdotal contemporáneo, pierde farisaicamente el tiempo intentando que el Estado no legalice lo que ella no puede consagrar. En todo caso, me gustaría hacerles una recomendación turística para concluir el artículo y confirmar de paso, aunque indirectamente, dicha impresión. Supongo que la mayoría de los lectores conocerán o habrán oído hablar de Ronda, una ciudad andaluza que puede presumir con razón de ser una de las más hermosas de España. Entre sus monumentos destaca la colegiata de Santa María, templo renacentista que se construyó con pretensiones catedralicias sobre una vieja mezquita. En uno de los laterales del coro, junto a otras cuatro pinturas de Raymon de Pagégie –artista de la que lo único que puedo decirles es que donó estas obras a la iglesia rondeña en la década de los ochenta-, se puede ver una santa cena en la que los doce apóstoles son… ¡mujeres! Se trata, desde luego, de algo insólito, que algunos interpretan en claves feministas e incluso lésbicas, y que, como todo, también tiene sus precedentes (estoy pensando en el cuadro que pintó Jean Deville en 1898 titulado “La escuela de Platón”, y en el que Platón no es Platón, sino Jesucristo; ni sus alumnos aprendices de filósofo, sino los doce apóstoles, bien que en poses ostentosamente homosexuales). Desconozco con qué intención crearon estas obras sus autores ni que airadas reacciones provocaron en su momento, pero cuando uno ha visto, como he visto yo, a una viejecita santiguarse con fervor ante estos apóstoles equívocos de Raymon de Pagégie, cuesta no pensar que, a la hora de la verdad, ciertas controversias pesan muy poco.

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