Opinión

Nuevos equilibrios europeos

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 02 de julio de 2012
La UE se jugaba mucho en el Consejo Europeo de los pasados 28 y 29 de junio y ha salido airosa del empeño. Como se ha señalado en todos los comentarios, lo más sobresaliente ha sido el éxito del tándem Rajoy-Monti, que ha conseguido que Alemania y los demás países del norte se hayan dado cuenta, por fin, de que la actitud de desprecio y despego hacia los países del sur –“si tenéis problemas es porque vosotros os los habéis buscado. Apañaros como podáis”- ya no es válida porque si las cosas van mal para España o Italia irán mal para todos y para la moneda común que, oficialmente, es el objeto de los desvelos de todos.

El diagnóstico es muy sencillo y se sintetiza en la conocida y repetida frase: “O nos salvamos todos juntos o nos hundimos todos juntos también”. El argumento básico hispano-italiano era de la máxima contundencia: No podemos seguir endeudándonos a tipos próximos al 7 por ciento, como esta ocurriendo en estas últimas semanas. Y si no podemos endeudarnos más de esta manera, todo el discurso oficial, de la austeridad al crecimiento, se convierte en una pura monserga sin sentido. Practicaremos la austeridad, sí, hasta que muramos de inanición y, cuando eso ocurra, no nos llevarán solos al cementerio. Todos ustedes formarán parte del cortejo fúnebre, y no como séquito sino como difuntos. Con este panorama hablar de crecimiento es una broma macabra porque, que se sepa, los zombis solo se mueven en las películas o en el famoso video de Michael Jackson.

La canciller Merkel, que venía a ser como una infranqueable muralla china, ha matizado su posición, aunque haya vuelto a su país diciendo que no ha habido ninguna cesión y que “toda prestación irá acompañada de una contraprestación”. Es una postura lógica pero lo más importante es que ha logrado convencer al ala más resistente de su partido, como se ha mostrado en la votación celebrada en el Bundestag, que ha ganado por una amplia mayoría. Los alemanes se han dado cuenta de que su suerte está ligada a la de sus socios del sur y no solo por las angélicas exigencias de la solidaridad y demás bellas palabras que se usan en estos casos, sino por propio interés. No se trata de devolver favores, pero se ha recordado, por algunos, que la UE se volcó con Alemania cuando, tras la unificación, casi se la indigestó la integración de la antigua Alemania del este.

Pero, historias del pasado aparte, la economía alemana vive, ahora, sobre todo, de la exportación que, en su mayor parte, va a los países de la UE y si dos países como España e Italia, que representan aproximadamente la cuarta parte del PIB de la zona euro entran en “default” o se acercan a ese hoyo, las exportaciones alemanas sufrirán un rudo golpe. A partir de ahí la canciller alemana ha flexibilizado su actitud y es todo un éxito para Rajoy que se pueda canalizar directamente a los bancos españoles la solicitada ayuda europea, lo que impide cargar aún más la deuda soberana española. Una deuda, no lo olvidemos, que aun cuando siga creciendo no ha llegado todavía al 80 por ciento sobre el PIB, mientras que la de Francia anda en el 90 por ciento y la de Italia está ya en más del 120 por ciento.

Ciertamente, eso no quiere decir que el Gobierno español se pueda ya lavar las manos como si toda la tarea estuviera ya hecha. Es imprescindible continuar con las reformas, como lo es que los órganos reguladores cumplan con sus obligaciones e impidan las alegrías a las que por aquí se lanzaron determinadas entidades financieras. Pero el éxito de Rajoy es indudable y el Financial Times, tan poco propicio a piropear a España, le ha considerado the real winner, “el auténtico ganador”. Rajoy no ha dicho en Bruselas “el euro soy yo”, pero podría haberlo dicho porque ha convencido a Merkel y compañía de que la suerte de la moneda única está indefectiblemente unida a la de España. En suma, una victoria en Bruselas, anticipo de esa otra bella victoria de la selección española en la Eurocopa, tan distinta, pero que ha llenado de gozo a millones de españoles. Con una paradoja: En Bruselas, España fue mano a mano con Italia; en Kiev tuvimos enfrente, como dignos rivales, a nuestros hermanos italianos (ellos y nosotros somos hijos de la madre Roma).

El resultado de fondo más notable de esta cumbre europea es que en la UE se diseña un nuevo equilibrio de fuerzas. En adelante ya no va a girar todo en torno al famoso eje franco-alemán porque alrededor de la mesa donde se toman la decisiones importantes se sentarán al menos los cuatro representantes de los cuatro países punteros de la zona euro por sus dimensiones macroeconómicas: Alemania, Francia, Italia y España. Y es que, según decía Giscard, todos los ciudadanos europeos son, ciertamente, iguales, pero los países no lo son. Con todos los respetos, no se pueden comparar Malta o Chipre con Alemania o el Reino Unido.

Como es natural, Merkel seguirá pensando en su compleja y difícil opinión pública, que no quiere pagar lo que considera alegrías injustificadas de los mediterráneos, pero, al mismo tiempo, tendrá que tener en cuenta lo que piensan y dicen sus colegas del sur. Un “eje Mariano-Mario”, apoyado por un Hollande que todavía no ha encontrado su sitio en el tablero europeo, puede ser un factor fundamental en los nuevos equilibrios europeos. Por la dimensión económica del país, es necesario reconocer que Alemania es un primus inter pares, pero se va a ver obligada a contar, más que nunca, con sus tres socios latinos.

En 2001-2002 ya se diseñó un nuevo equilibrio de fuerzas en la UE comandado por Aznar y Blair. Fue cuando se hablaba de la U que formaban los países marítimos de la UE - Dinamarca, Reino Unido, Países Bajos, España, Portugal, Italia que subía hasta la entonces candidata Polonia- para contrapesar el eje continental que formaban la Francia de Chirac y la Alemania de Schröder. Aquello dio juego durante algunos meses, pero la crisis de Irak echó todo por tierra e, insólitamente, Chirac y Schröder prefirieron acercarse a Rusia y China. Lo cierto es que se inició un nuevo periodo de euroestancamiento –no era el primero- esmaltado por el fracaso de la mal planteada –imposible, más bien- Constitución europea, periodo del que solo se salió con la aprobación, ya en el 2009, del Tratado de Lisboa. Un texto que no había previsto la hondura de la crisis económica ni sus efectos sobre el euro. Aquella fue una ocasión perdida para haber profundizado en la gobernanza económica de la Unión, por la vía de adoptar políticas comunes en los ámbitos fiscal y financiero, así como para avanzar hacia esa unión bancaria de la que ahora se habla como una necesidad imperiosa.

Este nuevo equilibrio se ha impuesto por las exigencias de la situación –una situación que amenazaba el naufragio del euro- pero se ha facilitado por los cambios en el liderazgo en algunos de los países más importantes de la UE. La desaparición de Zapatero, Berlusconi y Sarkozy se puede considerar como muy positiva, pues los tres oscilaban entre el sometimiento ciego a las exigencias alemanas o la resistencia a las mismas pero sin plantear alternativas. El llamado eje Merkozy ha sido un fracaso espectacular que ha hecho perder mucho tiempo a la UE y que, en consecuencia, ha profundizado en la crisis. Hollande busca su sitio, en medio de crecientes problemas internos y preso del soberanismo gaullista, tan reticente respecto de Europa, que comparte toda la clase política francesa. Pero se puede asegurar que no habrá un eje Merkhollande, sino que, como hemos avanzado, la mesa directiva de la UE será un cuadrilátero. Hollande hizo unas promesas electorales en el ámbito económico que no va a poder cumplir y así se explica que en solo un mes su cota de popularidad haya bajado siete puntos. Y es que para una crisis como esta no valen las clásicas recetas socialdemócratas ni las fórmulas keynesianas.

Frente a lo que alguien ha llamado “países satélites de Alemania” –Finlandia, Austria, Países Bajos, Eslovenia- todos ellos pequeños países por sus dimensiones macroeconómicas, los grandes países del sur tienen que hacer pesar sus intereses. La contrapartida obligada es el rigor y la seriedad en el manejo de las cuentas, que tanto faltaron en sus anteriores dirigentes pero que los nuevos han asumido como un obligado compromiso.

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