David Ortega Gutiérrez | Martes 03 de julio de 2012
No deja de resultar curioso que mientras España lleva más de un lustro mostrándose como una verdadera potencia deportiva a nivel mundial, en el terreno de lo político nuestra imagen no sea, ni de lejos, nada parecida. Sería bueno reflexionar sobre ello y ver qué se puede aprender de dos mundos, en apariencia, tan distintos. Es cierto que deporte a nivel competitivo y política, tienen el mismo origen: la Grecia clásica.
El espíritu agonal es algo característico de la cultura griega. Este consiste en saber quién es el mejor a través de la libre e igualitaria competición. Es una manera de entender la vida, de superarte en la noble confrontación frente a los otros, de crecer y mejorar, de gozar del reconocimiento público. Los juegos olímpicos nacen en Olimpia en el 776 a.C. en honor a Zeus, hay otros juegos deportivos como los Píticos, que se hacen en Delfos en honor a Apolo. Las competiciones en Grecia no eran solo a nivel deportivo, también se daban a nivel literario, pues el teatro, como el deporte, es algo esencial en la vida pública, en la vida de la polis. También competían pues para saber quién era el mejor cómico o trágico.
En la Atenas del siglo V y IV a.C. había una verdadera exaltación y gusto del ciudadano por el conocimiento, por el saber, por mejorar la vida de la polis. Eran unos verdaderos apasionados de la política, como del deporte o de la cultura en general. La arete, la virtud, se trasladaba a diferentes dimensiones de la vida individual, que cobraba verdadero sentido en lo público, en la res publica, la cosa pública. Los ilotes -idotas- eran los que sólo se dedicaban a la vida privada, a los asuntos particulares.
¿Cómo se puede deportivizar -si se me permite verbalizar el nombre- nuestra vida política? De entrada con algo también muy relevante en la Grecia clásica, el valor del ejemplo y del modelo a seguir. En la paideia, la educación griega, la fuerza del ejemplo era muy importante. Los valores públicos configuraban la vida de la ciudad, la admiración surgía por el trabajo a favor del bien público, del interés general, esto es, de la polis, la ciudad-Estado. Mucho dice de una sociedad los modelos que le sirven de referencia, especialmente a la juventud.
Muchos son los valores que los deportistas españoles nos están trasladando a la sociedad española y que poco a poco debieran de ir impregnando nuestra vida pública y, cómo no, también nuestra vida política. De entrada, eso, tener valores. Esto es clave, y nuestros deportistas están demostrando unos valores importantes en cuanto a sensatez, humildad, trabajo bien hecho, planificación, consecución de objetivos, aguantar la presión, brillar en los momentos importantes, saber hacer grupo, asumir cada cual el papel que le toca, la generosidad en la consecución del objetivo común por encima de lucimientos individuales, respetar la autoridad del que más sabe y mejor preparado, quitarse complejos de inferioridad, saber sufrir, ser buenos profesionales, asumir el éxito con prudencia, saberse preparar y…, un largo etcétera.
Sé que no es fácil trasladar el mundo de lo deportivo al mundo de lo político. Pero sí me resulta curioso ese gran desfase dentro de la misma sociedad: la española. Éxito en lo deportivo y fracaso en lo político. Creo que nuestra vida política también debiera de aprender más fair play o juego limpio, saber ceder los intereses particulares o locales a favor del interés general o común, ser humildes y no perder la vocación de servicio que siempre debe acompañar a la política, tratar de seleccionar a los mejores en el sentido más amplio del término, para ello es importante tener un buen abanico donde elegir, cuánto más amplio y plural mejor, tratar de ser objetivos, de reconocer los aciertos y errores propios y del otro, de racionalizar la política evitando bajar al terreno de las emociones o de los sentimientos, siempre más fáciles de manipular y manejar. Hay que saberse poner objetivos y lograrlos, como en el deporte. Tenemos que mejorar el nivel de nuestra vida política, crear un clima mayor de diálogo y de trabajo en pos del bien común, aprender de los errores con inteligencia y humildad, huir de demasiada soberbia que se da en la política y no olvidar que la democracia -griega, por cierto- exige siempre un alto nivel de preparación y trabajo constante, junto con una profunda carga valorativa que la vio nacer.