Opinión

Un gobierno a la medida del personaje

Enrique Arnaldo | Jueves 17 de abril de 2008
Uno tras otro, los Presidentes del Gobierno, sean del color político que sean, al definir la estructura ministerial que les va a acompañar, se mueven por varios impulsos fundamentales. Hasta la fecha eran desconocidos, pero ha llegado a nuestras manos una libreta de hoja cuadriculada de la que extraeremos un pequeño resumen:

Primero. El Presidente, y éste es el primer mandamiento, debe dejar su marca personal. Lo que ha hecho el anterior (aunque sea el mismo en la legislatura anterior) ni puede ni debe mantenerse. Siempre hay que cambiar algo, aunque sólo la denominación de algunos Ministerios, añadiendo más sustantivos o buscando pretendidas expresiones felices de impacto mediático. Las imprentas se sienten encantadas porque son millones de folios, tarjetas, cuartillas y sobres timbrados los que van a la papelera y otros tantos los que se han de editar.

Segundo. Siempre se han quedado cortos en la legislatura anterior y es imprescindible crear algún Ministerio más. Con la estructura vigente es imposible llevar a cabo todas las actuaciones que se pretenden. Es indiferente que el Estado tengo menos competencias que antes del comienzo del proceso descentralizador. Da lo mismo. Donde había 17 sillas hay que poner 18 y si había 21 hay que poner 22. Todavía no se ha llegado al récord de Kenia, con 40 Ministerios, pero con un poquito de esfuerzo no nos quedaremos lejos. Así hay más que repartir y más gente que se puede colocar.

Tercero. Dado que está demostrado que los votos emitidos por los ciudadanos los ha conseguido el Presidente y no la marca (el partido) por el que presentaron su candidatura, deben independizarse del partido (y del grupo parlamentario) para designar como Ministros a quienes considera de su estricta confianza y sumisión incondicional. El Presidente, no faltaba más, nombra a quien le viene en gana. Nadie se atreve a toserle. ¡Todo el poder para el Káiser! La función del resto del partido, y de las bases conducidas en autobuses para mover banderolas en los polideportivos, es aplaudir y con entusiasmo al gran jefe. Los Ministros del Gobierno son “sus Ministros”, sujetos a su exclusiva potestad de mando, que todo se lo deben a él y que, deslumbrados por su altura, proclaman que “su” Presidente es “el mejor de la democracia” y un “líder mundial” que todo lo que hace lo borda a la perfección.

Cuarto. El Presidente, líder carismático, subido al podio de los millones de votos que considera de su propiedad, se siente parte de la historia. La escribe. No se ve en el pie de página sino ocupando varias páginas y en negrilla. Es muy difícil mantener el equilibrio y no perder el sentido de la realidad (por más que fotografías como la de Bucarest, concentrado en el plano de la ciudad mientras el resto de los gobernantes departían, sean una cura de humildad). Está rodeado de súbditos que le encumbran. Son entrenadores personales de la alabanza. En estas circunstancias ¡qué menos que darse un capricho! ¡qué menos que dar rienda suelta a su poder de ocurrencia! ¡qué menos que tener el gustazo de nombrar como Ministro al caballo de Calígula o al perrito de Marilyn!

Quinto. El Presidente siente un último placer inmenso. Le vuelve loco nombrar Ministros que se lleven mal entre sí, que debatan abruptamente, que se peleen, que se zancadilleen, que se contradigan en las declaraciones públicas. Así se siente más fuerte por cuanto además se convierte en árbitro, en hacedor y alfarero. Les deja que se calienten, que sus equipos intercambien notas de prensa y busquen, con nocturnidad, titulares afines. El Presidente disfruta, se ríe a mandíbula batiente. Les deja que se devoren, y él se reserva para el momento final, el oportuno: el oráculo dixit y la discusión se cierra.


P.D.: En la fotografía del nuevo Gobierno en el Palacio de la Zarzuela a una Ministra no se la ve. Debe estar tapada, pues no salen las cuentas. Habrían de repetir la foto y subir un poco la altura de la tarima.

TEMAS RELACIONADOS: