Opinión

Cristina Kirchner: Psiquis y política

Enrique Aguilar | Miércoles 04 de julio de 2012
Quien haya venido escuchando los casi diarios discursos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner emitidos por cadena nacional y con motivo de cuanta inauguración, acto conmemorativo o anuncio la tenga por exclusiva protagonista (esta semana hasta se permitió presentarnos a “Cristinita”, una muñeca de trapo que la personifica), habrá advertido seguramente una paulatina involución en su tonalidad y su coherencia interna, que los vuelve cada vez más desordenados e irascibles.

En un comienzo, en sus tiempos de senadora nacional y aun en calidad de primera dama, Cristina parecía más calculadora y racional. Siempre segura de sí, nada componedora y renuente al reconocimiento de cualquier error como no sea atribuible a terceros, difícilmente hubiera dado la impresión de fragilidad que hoy ofrece, envuelta en el ropaje de todopoderosa que su investidura, su fortuna personal y la sumisión que provoca entre sus colaboradores la mueven a exhibir.

Es cierto: Cristina humilla en público hasta a sus propios ministros y secretarios; reparte culpas por doquier (trátese del mundo, las corporaciones o el periodismo no oficialista); dicta cátedra sobre una variedad enorme de temas (desde economía o innovación tecnológica hasta decoración de ambientes o propiedades de la carne porcina); relata en detalle sus exitosa misión comercial a Angola, y se regodea a gusto cada vez que puede fotografiarse junto a sus pares del G 8. Sin embargo, por debajo de todo ello, algunos creemos percibir, insisto, una imagen de debilidad: la de una mujer superada por los acontecimientos, que aparenta dominar, cuando todo induce a pensar que, en realidad, se le han ido de las manos.
Como todavía quedan tres años y medio de su mandato, lo mejor que podría pasarnos es que el diagnóstico que acabo de sugerir sea en un todo equivocado. Cuando menos, sería deseable que no fuera compartido a estas horas por un creciente número de argentinos.

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